viernes, 31 de julio de 2009

EL CARIZ DE LAS COSAS


No sé, ésta semana, cuál será la jerarquía de preocupaciones de la ciudadanía española. Supongo -el verbo es más humilde que "deduzco"- que en el primer lugar estará el desempleo y en segundo lugar (por lo reciente en la memoria) el terrorismo.
No son, desde luego, asuntos desdeñables. Acuciantes por terribles ambos copan nuestros insomnios. Cada día vemos cómo a los dos se les suman víctimas y cada día vemos cómo ninguno de los dos se resuelve ni siquiera por aproximación.
La "clase política" española goza de una incapacidad proverbial, secular. No la actual: examinemos cualquier período y obtendremos unos resultados demoledores. Los políticos españoles -salvo excepciones- a lo largo de nuestra Historia siempre han sido una recua de ignorantes ineptos y ventajistas dedicados a su pro. Pocas veces España ha tenido un auténtico estadista con visión y criterio, con buena capacidad de análisis y con empuje. Y cuando lo ha tenido, el resto de la clase se ha ocupado muy mucho de zancadillearle, deponerle o algo peor.
Con los absolutismos y tiranías el pueblo no podía ejercer sus derechos más innegables y estimulantes; pero, con los resortes democráticos tampoco puede ejercer muchos más que se diga. En plena democracia no podemos defenestrar gobiernos que nos hunden en la miseria y hemos de limitarnos a soportar estoicamente los chanchullos con los que unos y otros, conchavados y en comandita, nos sujetan. En plena democracia, la democracia no tiene instrumentos ni mecanismos para expulsar a quienes gestionan mal lo que es de todos: hay que esperar... siempre esperar. Y esperando, casi dos millones de familias (se dice pronto) carecen de ingresos o reciben subvenciones ínfimas mientras los bancos son ayudados con el dinero de todos y encima obtienen beneficios. Se manipulan los datos reales generando estadísticas convenientes (todos sabemos cómo se hace) y las administraciones dilatan hasta la extenuación su inoperancia y su número de empleados que, en gran parte, no saben absolutamente nada de su trabajo... Por poner algunos ejemplos.
Pero, ¿de quién es la culpa de que todo lo que está pasando esté pasando sin que nadie se responsabilice de nada? Pues de la estática ciudadanía, del conformismo ancestral que llevamos inculcado en el tuétano, de la convicción íntima de que con pan y toros basta y sobra. Llevamos inoculada una apatía fiera, la desunión, la bronca permanente de bar y los lances chulescos de gallito arrabalero que, a la hora de la verdad, se quedan en vacuos ladridos a la luna de Valencia.
Es natural que cada prójimo vea el mundo como le convenga o le apetezca. Sin embargo, por mucho que le demos vueltas a la cosa, lo blanco es blanco aunque el tonto diga que no se pueden juntar peras con peras.

jueves, 30 de julio de 2009

Un pacharán al coleto.

No me extrañaría nada que esos subnormales de E.T.A. estuvieran ahora brindando con licor de endrinas y haciendo el chiste fácil para arrancar a sus lameruzos una estúpida sonrisa: "¡no pacharán!"
Ellos, y algunas de las que los malparieron, estarán tan orgullosos de su valerosa hazaña que no cabrán en sí de gozo; de gozo en sí cabrón.
Ahora ellos, cuando el cuerpo de los dos ausentes está aún caliente, estarán eufóricos y más cuando empiecen a ver pasar, frente al dolor de los familiares conmocionados, a la cofradía de políticos mal compungidos que llevan siglos sin resolver lo que debería estar resuelto. Dice el Presi-coleguita Zetapé que terminarán en la trena. Yo, escéptico, respondo mentalmente: o no. Pero, bueno; intención, lo que se dice intención, no le falta. En Rajuá, ni me paro.
Es verdad que se ha conseguido mucho; es cierto que se han "desarticulado" muchos comandos y todo eso. Pero, "esos chicos de E.T.A." siguen matando. La cuestión, pues, no es que terminen encarcelados o que dejen de matar; la cuestión es que no puedan volver a matar.
De poco sirven nuestras manos blancas, nuestras manifas, nuestros denuestos y nuestros lazos negros; de poco sirven el dolor y las lágrimas, los vacíos de las ausencias. De nada sirve clamar justicia o venganza por los seres a quienes se les amputó la vida.
La solución empieza por tomar dos medidas elementales. La primera es cortar el suministro a E.T.A. Y eso se hace no talando las ramas: eso no es eficaz. El árbol se tala por los pies, se le impide el alimento para que se seque y muera, se le extrae por la raíz. La segunda empieza por aislar en todos los sentidos y aspectos a esos sinvergüenzas y aledaños "pacíficos" que en esa incierta sombra los arropan: P.N.V. y demás.
Para hacer todo eso se precisa cierta astucia, cierta sagacidad, y pedirle (por ejemplo) a nuestro "servicio secreto" que se ponga a currar para aquello que le pagamos y descubra las fuentes de armamento, de financiación, etc... Porque lo cierto es que salvo cuando tenemos ayuda de otros países, aquí pasan las moscas y nadie echa fufú.

El tabaco y E.T.A. perjudican seriamente su salud.

A estas alturas uno ya no sabe ni cómo reaccionar ante otro atentado, ante cada nuevo asesinato de esa cuadrilla de cafres hijos de puta. A las personas "normales" -es comprensible- se nos hincha la vena por la cobardía que usan y porque la justificación empleada por esos súbditos del "vascalismo" no encaja en los conceptos cabales. Yo no sé; pero, sospecho que sus mismos argumentos pueden ser expuestos por el resto de los españoles y preparar un guirigay entre todos de muy señor mío. No va a pasar; lo saben y por eso hacen lo que hacen. Saben que pondremos nuestros crespones en lugar visible, aventaremos nuestra santa indignación y mañana será otro día... tan triste como el de hoy.
Ignoro si el "Estado de Derecho" ha usado de todas sus prerrogativas para enfrentar y finiquitar este problema. De lo que no me cabe de las dudas la menor es que si lo ha hecho, ha sido insuficiente.
Sobre todo porque la cuestión hay que zanjarla de raíz. Y la raíz es el "nacionalismo" y sus razonamientos que consentimos tácitamente sin que nadie, por temor a ser etiquetado de fascista o similar, sea capaz de rebatir con la llaneza contundente del sentido común.
Tienen derecho a la segregación, a la independencia. Pero, ¿porque lo dice quién? ¿Tres "ideólogos" de enceFALOgrama plano? Y si esos mismos tres alhelíes deciden que el cacareado pueblo vasco tiene derecho a la inmolación masiva, guste o no guste, porque hay una mayoría -teórica- que está de acuerdo y los apoya, ¿también hay que someterse a su voluntad? ¿Hasta dónde llega el sentido administrativo-legal de la posesión y pertenencia a un terruño? ¿Un bilbotarra tiene más o menos derecho a estar en Pasajes que un paisano natural del propio pueblo? Estiremos el ejemplo y la famosa regla de tres.
¿Quienes se escudan y excusan en la "lucha armada" para conseguir sus objetivos independentistas han pensado que, en rigor, nosotros podemos argüir lo mismo para preservar nuestro derecho a la VIDA?
Uno, con la vena hinchada, está ya hasta los cojones de tanta patraña y de tanta estupidez, de tanta historia legendaria y de tanta fábula insolvente. Que inventen lo que quieran; pero el que no esté a gusto en España, que se vaya. Porque el País Vasco, al menos por el momento, es España.

miércoles, 22 de julio de 2009

Princess facing Saudi death penalty given secret UK asylum

Este titular de The Independent no es sólo la exposición de un hecho dramático. No es únicamente la cuestión singular, precisa, de una joven condenada a muerte por lapidación tras quedarse embarazada de su amante. No, no es el adulterio pecaminoso que precisa de un castigo ejemplar aplicando el santo verbo coránico. Este titular habla de una tolerancia que los fanáticos y prosélitos musulmanes exigen al resto del mundo y que ellos no practican; habla de una reciprocidad inexistente.
No me importa si la infidelidad debe o no ser punida o perdonada. Lo que me importa es lo excesivo, por excesivo en correspondencia y por cruel, del castigo impuesto: la lapidación. Ninguna cultura, pueblo o "civilización" -puesto ahora de moda, mal puesto, gracias a la ignorancia de mesié le presidén- que la practique, que la sustente, que la aliente, merece el respeto humano.
De la única lapidación que guardo buen recuerdo es la de "La vida de Brian", con su humor, con su mordacidad, con su crítica. El resto, las reales, las de verdad, son, simplemente, acontecimientos salvajes, reflejos de la esencia más aterradora que el ser humano lleva dentro: la sangre de Caín.

Los musulmanes, cuando se instalan en otro país, reciben las prerrogativas del resto de los ciudadanos que lo habitan. Más, las exigen, se les conceden y, además, imponen el respeto a su "cultura" en tanto ellos son incapaces de respetar los derechos fundamentales: los derechos humanos: exigen los beneficios, no las obligaciones. Eso es jugar con ventaja.
Pero, no toda la culpa es suya. Grande parte de la culpa pertenece a cuantos jalean la necesaria igualdad y trato deferente, la integración y todo eso sin pedir a cambio el respeto a las normas establecidas que conforman la naturaleza de un país. La culpa la tienen aquellos que se inventan una alianza desde la que derivar fondos sin exigir el cese de las humillaciones y de los atropellos y sin pedir el cumplimiento riguroso del respeto a las personas.

Me gustaría que todos esos que salen en procesión exigiendo mezquitas, horarios especiales, privilegios, etc..., dejaran su hipócrita visión del mundo y se fueran a esos países a frenar con sus pancartas las lapidaciones, a edificar templos budistas y evitar que sus imágenes se dinamiten, a erigir iglesias cristianas. Me gustaría que fueran a pedir que cayera el velo de las mujeres y que éstas pudieran pasear en vaqueros o no les practicaran a las niñas la ablación clitórica.
En fin, a implantar un modelo de plena libertad en el que impere la ley y no la religión. Me gustaría que les dijeran que tan lícito es insultar a un dios como a otro sin que nadie sufra persecución y sentencia de muerte; que regalaran ejemplares de "Los versos satánicos" sin que les quemaran vivos.
Hay imbéciles que leyendo este texto lo tacharán de racista; bueno, que lo hagan: nunca me ha preocupado la opinión de los gilipollas. Pero, de todas formas, que practiquen con el ejemplo y que hagan lo que les sugiero. Luego, si vuelven, hablamos.

martes, 21 de julio de 2009

De la Tierra a la Luna... y volver.

Aún queda algún reducto, residuo de incredulidad recalcitrante, que niega la autenticidad del hombre en la Luna. "Men walk on Moon", el sencillo titular de The New York Times, es para ese grupo de seres escépticos un montaje, una compleja urdimbre tramada para engañar a la humanidad con quién sabe qué propósito malvado. Para soportar su teoría, la ilustran con infinidad de insolventes conjeturas: que si la bandera ondea sospechosamente en gravedad cero; que si las sombras son contradictorias; que si el polvo lunar a la sombra de los pinos; que si el reflejo de la celada especular no se corresponde con... Cualquier enigma o misterio, supuestos, que sirvan para que Iker Jiménez tenga unas horas más de programa y de superego es bueno para alimentar la necedad de la especie. A éstos podemos añadir a aquellos que deploran el acontecimiento por el derroche de recursos naturales para llevar a cabo la misión (esa y siguientes) y la inutilidad de tamaña empresa que, en principio, no ha reportado nada bueno a la humanidad. A los primeros poco hay que decirles salvo que no han sido dos los hombres que han hollado la superficie lunar: fueron dos en la primera misión Apollo; pero, después hubo más, bastantes más. A los segundos -que son esos que niegan el progreso por sistema mientras consumen su porción de caucho, de policloruro de vinilo, de cobre o de fibra óptica, etc...- poco hay que exponerles salvo que gracias al empeño lunático tenemos microondas, neopreno, y muchas más cosas de las que creemos y que ya son parte del uso diario, cotidiano.
Hoy se cumple la cuarentena y, es de suponer, que la década también tropiece con su crisis.
Sin embargo, la Luna para el hombre es mucho más que eso. No es la visión, la precisa y sorprendente, de Verne -detallada con estremecedora exactitud científica-; es la Selene de los griegos o el Aninga perseguidor de los escandinavos: es mitología; es la referencia poética de los enamorados o el temible influjo que nos convierte en lobishomes; es la estupidez del poeta absurdo que pretende comprarla; es la hermosura de un paisaje, el tiempo que transcurre, la pleamar. La Luna es la inspiración, el regalo perfecto y más precioso; es la distancia de un cariño: hasta la luna y volver. Es el misterio y la esperanza, el "ente" al que se le piden deseos imposibles.
Comprendo que toda esta panoplia -y más- de maravillas haya que defenderla frente a la vulgaridad de un tipo pisoteándola. Pero, la realidad se impone y una cosa no quita la otra; sobre todo si tenemos en cuenta que, quien más quien menos, todos alguna vez hemos estado allí.

sábado, 18 de julio de 2009

Matar un ruiseñor.

¡Qué fácil es desprenderse de un pequeño indefenso! ¡Y qué barato! Basta con alegar un olvido en el coche, a cuarenta grados, las ventanillas cerradas porque, claro, cualquier precaución es poca: no vaya a ser que alguien se lo lleve o que el niño, anclado en su silla, se desabroche y decida salir de paseo. Basta con dejar que el intenso calor deshidrate el cuerpecillo, que el golpe severo vaya agotando su respiración y su alma hasta que su último aliento sea una débil vaharada de auxilio impotente que nadie oirá. ¿Y sus padres amantísimos? Estarán, a buen seguro, ocupados en decidir qué juguete le compran, cuál se ajusta más y mejor a su tierna edad. No les importa el precio: para el nene nada es suficientemente bueno.
Ayer, quizás anteayer, unos padres compungidos lamentaban el descuido que llevó a la otra orilla a su infante. ¡Qué Dios más injusto y cruel!, parecía imprecar el padre mientras presa de un intenso dolor apoyaba su frente desolada en una pared. ¡Blasfema, que tienes razón!, le decía yo en la sovoz de mis pensamientos. ¡Cómo pudo permitir eso un Dios que se dice justo! ¡Cómo no cuidó de tu vástago inerme mientras tú estabas...¿dónde?! ¿Qué podía ser tan importante, tan inmediato, que requiriera a los padres y a lo que el bebé no podía asistir? ¿Qué urgencia inexorable podía precisar la presencia de los progenitores malditos, de los dos a la vez, y que les obligara a abandonar a una suerte infausta al pequeño?
No me lo creo. Ya son muchos, demasiados. No me lo creo. Me huele más a excusa injustificable, a abandono premeditado, a cuchillo sin filo. Me huele a muerte intencionada porque no hay, cuando se tienen hijos, ningún asunto demasiado urgente ni demasiado importante que no sea lo que a ellos atañe. Me huele a muerte intencionada porque ningún padre en sus cabales deja a un pequeño encerrado en el coche, al sol, y se va. No creo en el dolor y la angustia que ahora supuran; no creo en sus caras de buenas personas ni en la buena opinión de sus convecinos. Y no me creo que uno de los dos, papá o mamá, no pudiera haberse quedado con el niño para hacer lo que hacemos los padres normales: vigilar hasta límites de sobreprotección.
Y así lo escribo, sin conocer apenas los detalles; unos detalles que no me interesan porque un accidente es imprevisible. Un abandono en esas condiciones, no.

viernes, 17 de julio de 2009

Y, ahora, ¿qué?

Sólo señalaré dos titulares de la prensa de hoy: "La enfermera del caso Rayan ingresada en un centro psiquiátrico" y "Enfermeras del Marañón denunciaron problemas en Neonatología hace un año". No quiero hacer más sangre: ya expuse mi opinión y mi conjetura de los acontecimientos unos días atrás. Tampoco extenderé la cuestión interpolando aquí las cuatro páginas de que consta el documento denunciante. Pero, no puedo sustraerme a la tentación de culpar, una vez más, a alguien a quien no conozco y que es el verdadero responsable -no importa por que motivo- de que estas cosas pasen. No, pasen, no: de que estas cosas sigan pasando. Hay, un análisis somero basta, dos elementos simples: A) Se produjo una confusión que afectó dramáticamente a una familia y estremeció las carnes de la ciudadanía. Conclusión: no hay controles de seguridad ni verificación en un proceso delicado y en el que las consecuencias de un fallo son irreversibles y/o irreparables. Deducción: A nadie de los responsables verdaderos le preocupa un ápice lo que pase en ese centro puesto que, además, ya estaban advertidos. B) La ley de la gravedad en este país se cumple rigurosamente: los trabajadores pagan sus errores y los que provocan la indolencia, la incompetencia o la estulticia de sus superiores.

Lamento la muerte del niño, la de su madre; la de casi todas las personas que mueren. Pero lamento mucho más la vida de la enfermera... Lo que le quede de vida.


Conocí a un hombre -de esos que todo lo saben- que no dejaba nunca hablar a nadie. En cierta ocasión, tuvo una duda y preguntó; pero, no le respondieron.

miércoles, 15 de julio de 2009



Con la excusa de proponer un libro -que recomiendo encarecidamente- fuera de su "sección", rescato un artículo del filósofo Javier Sádaba. Con dicho artículo se podrá estar de acuerdo o en completo desacuerdo; pero, a nadie -y de eso estoy absolutamente seguro- le dejará el regusto de la indiferencia. Además, sin que necesariamente se compartan todos los aspectos de su criterio ni todos sus argumentos, me parece un escrito inteligente y bastante acertado.




VOTAR. NO VOTAR.

Javier Sádaba


Yo no invitaría a votar a nadie; mejor sería quedarse en casa el día de la votación y que el resto del tiempo nos dediquemos a cambiar cotidianamente el barrio o la ciudad. Ocasiones no faltan. De ahí lo deseable de un compromiso más propio de animales políticos y no una pseudogestión política vacía y sometida; y llena de mala esgrima. Es curioso, y son ejemplos cercanos, cómo se puede vivir de criticar, destrozar o minimizar al contrario; naturalmente a bajo costo y sin gran esfuerzo intelectual. Es el caso de los que agotan sus energías metiéndose, como si del único problema se tratara, con el PP. Al grito de que viene la derecha, todo vale. Habría que defender a la izquierda, nos dicen, por muchos que fueran sus defectos. Por cierto, me imagino que cuando hablan de izquierda lo harán de broma. Y más por cierto aún, los que se ponen la medalla izquierdista rara vez les encuentra uno allí en donde quema el ser de izquierdas de verdad y no de etiqueta. Serán monárquicos por ser republicanos, defenderán la autodeterminación del país más lejano, pero no se mojarán una uña por lo que pidan, es otro ejemplo, en Euskadi. Gritarán a favor de la escuela pública, pero mandarán a sus hijos a la privada. Estarán dispuestos a condenar, cosa que me parece muy bien, a Aznar por habernos engañado con el truco de las armas de destrucción masiva, pero no se fijarán en Solana o en tantos más de la misma banda. Y ni una palabra, claro está, sobre la barbarie de Afganistán. Los casos son tantos que da pereza seguir con ellos. Los argumentos, además, los convierten en chantaje. Y es que no se debería votar a X porque viene el lobo si antes no nos aseguramos de que X es otra especie de lobo o que, a la larga, el lobo que venga será más feroz. Y, encima, sus argumentos son falaces. Como nos enseñó un renombrado filósofo, aunque el razonamiento es de sentido común, yo no soy bueno porque el otro es malo. Se trata de una forma mezquina de ser bueno. Al final, en este juego en el que cada uno sirve a su tribu, lo que desaparece es el intento por embarcarse en la noria que deja todo igual, mientras los partidos se reparten el poder. La visión alternativa, crítica y autocrítica, que ponga patas arriba el engaño que proviene de un mundo dominado por el rostro del dinero, se desvanece. Un último pseudoargumento suele ser que siempre hay diferencias entre los grupos políticos o que la equidistancia es un error, si no un pecado. A lo primero, habría que responder, independientemente de que todos los partidos se encuadren en textos legales, llenos de agujeros y que no son la mano de Dios, que los que así opinan deben tener un microscopio excelente para detectar tantas diferencias cuando todos beben del mismo sistema. Las diferencias son mínimas y en modo alguno suficientes como para trazar una línea tajante entre los contendientes. Por otra parte, los errores de la llamada izquierda pueden ser más perniciosos puesto que ahogan las reivindicaciones realmente alternativas. Y la equidistancia que tendríamos que evitar es la que pueda darse entre la verdad y la falsedad, la justicia y la injusticia, la mentira y la sinceridad, o la inteligencia y la necedad.

Las votaciones, lo he sugerido, se han convertido en ritos que perpetúan el poder, dan un cheque en blanco, no favorecen la participación en la vida común y, al final, hacen que siga la noria dando vueltas sin que nada realmente cambie. Pero de ahí no se sigue que me puedan quitar mi derecho a votar. Viene esto a cuento por las detenciones que se han dado en Euskadi y los esfuerzos estatales para prohibir que una parte del pueblo vasco acuda a las urnas. A los primeros se dice que se les ha metido en la cárcel porque, según unas supuestas pruebas, obedecerían a Batasuna y, desde ahí, a ETA. Todo está traído por los pelos. Las sospechas respecto a la falta de independencia de la justicia son tan monumentales que se truecan en argumentos. Es lo que cualquiera diría en voz baja aunque sostenga lo contrario en voz alta. No quieren, en suma, que un determinado grupo de personas se presente a las elecciones y se arbitran las medidas más disparatadas para imponer la voluntad del Estado. Bonito ejemplo de democracia. Lo más dramático es que lo que uno oye o lee sobre el tema se reduce a contarnos las diferencias entre la vía penal y la contencioso-administrativa, los desvelos de Garzón o los de Pumpido, la aplicación de la Ley de Partidos y unas cuantas monsergas más. Raro es que se entre en las entrañas del asunto. Al final aparece la fuerza de Humpty-Dumpty: el que puede, puede. Y hace lo que le parece oportuno con las palabras y con las leyes. Curiosamente en estos casos los que suelen acusar a los que ellos llaman equidistantes hacen alardes de una equidistancia deplorable: llamándose demócratas, miran para otro lado cuando la radicalidad democrática exige protestar contra todo lo que la pisotee. Pero la noria sigue dando vueltas, las tribus sacan partido de los partidos y tan contentos. No veo utilidad alguna al voto. Pero que no me lo quiten ni a mí ni a nadie. Lo guardo o lo regalo. Es cosa mía. Y de unos cuantos más.

13/02/2009

...la cebada al rabo.

Todos los días, todos, asistimos a dramas conmovedores que nos hacen contener el aliento antes de retomar, apresuradamente, la comida. Todos y cada uno de nuestros días están jalonados por informaciones que, como arpones irreductibles, parecen hincarse en nuestras carnes devastadas; pero, la mella que hacen, la muesca en las cachas de sus revólveres, es pura ficción. Ninguna tragedia humana en esta divina comedia es suficientemente recia como para que, salvo unas lágrimas en el mejor de los casos, nos haga mantener la conmoción.
La desgracia de una familia -la del niño Rayan- copa todas las primeras planas, columnas y destacados de la prensa desde hace días. Y es terrible, sí; pero, no la única. Los factores y elementos que concurren en estos acontecimientos, infaustamente concatenados, la
convierten en una noticia atractiva para los medios que ven en ella una magnífica oportunidad de llenar espacios y de captar lectores ávidos de morbo y ansiosos por lamentarse y escupir exabruptos contra algo o contra alguien; más cuando del sistema sanitario español se trata.
"Errare humanum est". Este latinajo contiene en su esencia algo más que la verdad evidente "cualquiera se equivoca"; nos indica que desde siempre se han cometido errores y seguirán, indefectiblemente, cometiéndose.
No obstante, es posible que no sea el periodismo (lo
dejo sin apoyo calificativo) el culpable del vértigo social que, en este caso, está provocando un hecho tan luctuoso. Es posible que la hermandad política en su celo por salir indemne del asunto, de este y de todos los demás, y en su proverbial incompetencia (sólo prestan atención al nepotismo -sea en la Junta de Andalucía-, al recibo de sus peculiares diezmos y primicias hechas trajes, o coches, o lo que sea...) sea la responsable genuina del mal.
La portada más señalada de esta jornada de luto es que el hospital -¡qué casualidad!- iba a instalar hoy un dispositivo de alarma para evitar -¡qué casualidad!- fallos como el que ha llevado al pequeño Rayan a reunirse con su madre, víctima también de otra cadena de lamentables equivocaciones o quién sabe si de negligentes incompetencias.


La pregunta cardinal es: ¿por qué, precisamente hoy, iban a instalar el dispositivo de alerta? ¿Por qué no lo tenían "de antes"?
No es, desde luego, la única inquisición crucial. A bote pronto se me ocurren algunas más como, por ejemplo: ¿Por qué no tenían ese sistema "de antes"? ¿Qué procedimiento se sigue y quién verifica que cada proceso se cumpla con rigor? ¿Por qué la pobre desgraciada que inyectó la muerte en el niño no se aseguró de qué tenía entre manos y por dónde lo iba a suministrar? Si era su primer día, ¿por qué nadie la "tutorizaba"? ¿Por qué en otros centros hospitalarios tienen un dispositivo -que el diario El Mundo califica de rudimentario; pero, que al parecer, es eficaz- tan simple como el tener distintos calibres en las sondas para aplicarlos a distintas funciones y este centro no?
En este país, hay profesionales muy buenos, buenos, mediocres y muy malos, como en todas partes y en todos los campos. Los errores los puede cometer, ya lo dice el refrán, el mejor escribano y yo dudo mucho que en la voluntad de la enfermera, o lo que fuese, hubiera ni un ápice de mala intención; dudo mucho que el fatal descuido sea exclusivamente responsabilidad de la enfermera que administra "ad nutum" un medicamento o un nutriente y dudo mucho que los sanitarios que hurtaron de la muerte primera al pequeño sacándolo del vientre materno y mimándolo hasta la extenuación (estoy seguro) haya un mínimo residuo de negligencia.
Me inclino más a culpar a quienes han de dotar de medios y recursos, de vigilar que los trabajadores no tengan que sobreesforzarse por los colapsos que se producen; me inclino más a culpar a quienes gestionan los fondos públicos -mal por lo común- primando estupideces en vez de dar preferencia a instituciones tan necesarias como la sanidad. Y culpo, por supuesto y sin inclinación ni doblez, a quienes se apresuran a expedientar y pedir investigaciones y explicaciones con extraordinaria contundencia a quienes intentan cumplir con su obligación mientras que ellos mismos son incapaces de seguir un código ético elemental ni, desde luego, aprobar por decreto sanciones y expulsiones ejemplares para los que perteneciendo a esa privilegiada calaña se equivocan constantemente y malversan lo que es propiedad de todos los ciudadanos.

domingo, 12 de julio de 2009

Actividades infantiles.

video


LA NIÑA CHICA

Me resisto a cerrar la brecha que he abierto.


L
a niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo mimosa: -¡Platero, Platerillo!-, el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba igual que un niño y rebuznaba loco.

Ella, en una confianza ciega, pasaba una y otra vez bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre: ¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete!



En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba triste: ¡Platerillo!... Desde la casa oscura y llena de suspiros se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo. ¡Oh, estío melancólico!

¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro, declinaba. Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a llorar con Platero.



¡Olé!








sábado, 11 de julio de 2009

Always Look on the Bright Side of Life...

... Turu turutu ru ru ru.
La mayoría de la gente soporta la vida porque no la piensa. ¿Cuántas personas se plantean, siquiera alguna vez en sus mediocres existencias, qué sentido tiene lo que hacen? O para qué sirve...
Cada uno tendrá su propia opinión sobre la trascendencia de nuestros actos, de nuestras "almas", de nuestras relaciones... Cada uno tendrá su propio criterio -está asignación de inteligencia es notablemente generosa-; pero, en realidad, los únicos atributos comunes, detectables, son nuestras angustias, nuestras contradicciones.
Quizás de ahí la necesidad de la esperanza, de recurrir inconscientemente a las insustanciales promesas de otras vidas "mejores". Es ilustrativo eso de "a una vida MEJOR".
Nos limitamos a "ocupar el tiempo". Para no pensar, para embutirnos en la falsa, engañosa, creencia de que así nuestra presencia en la Tierra tiene sentido y hacérnosla creíble, justificarla ante nosotros mismos.
Avanzamos, sí. La humanidad progresa (relativamente: fanatismos envolventes, ideologías absorbentes, teorías manipuladas, ...). La ciencia adelanta que es una barbaridad; pero, seguimos sin comprender el cómo y el por qué. Si pudieramos responder a esas dos cuestiones, desaparaceríamos.

viernes, 10 de julio de 2009

LAS RATAS

El libro, en su triste encuadernación inglesa, tan pobre, tan insegura, se deshace entre los dedos como un resto de osario. Está desvencijado, por el uso, por el abuso; pero, en su creciente aniquilación mantiene impoluta su esencia, la dignidad textual que le hizo único.
He vuelto a abrirlo, delicadamente, conteniendo el aliento, como si recibiera una frágil e insustituible reliquia. He vuelto a abrirlo sólo para buscar su página ciento cuarenta y ocho y leer de nuevo uno de los pasajes más estremecedores y tiernos, más geniales de la literatura universal. Sólo -quizás la pasión me hará exagerar y plantear una reclamación excesiva- por esos tres párrafos hubiese merecido un galardón que nunca le llegará. No lo espera, quizás nunca lo ha esperado: hay personas que no esperan esas cosas como las hay que no esperan nada de la vida.
Otras sí esperan, sí están esperanzadas, impacientes, inquietas, como las de los párrafos que digo. Miguel, don Miguel, las puso en ese trance demoledor de la incertidumbre y el anhelo. Quizás estuvo allí, lo presenció en un completo y tenso mutismo para luego escribir:

"Todo aconteció de repente. Primero fue un soplo tenue, sutil, que acarició las espigas; después, el viento tomó voz y empezó a descender de los cerros ásperamente, desmelenado, combando las cañas, haciendo ondular como un mar las parcelas de cereales. A poco, fue un bramido racheado el que sacudió los campos con furia y las espigas empezaron a pendulear, aligerándose de escarcha, irguiéndose progresivamente a la dorada luz del amanecer. Los hombres, cara al viento, sonreían imperceptiblemente, como hipnotizados, sin atreverse a mover un solo músculo por temor a contrarrestar los elementos favorables. Fue Rosalino, el Encargado, quien primero recuperó la voz y volviéndose a ellos dijo:
- ¡El viento! ¿Es que no le oís? ¡Es el viento!
Y el viento tomó sus palabras y las arrastró hasta el pueblo, y entonces, como si fuera un eco, la campana de la parroquia empezó a repicar alegremente y, a sus tañidos, el grupo entero pareció despertar y prorrumpió en exclamaciones incoherentes y Mamés, el Mudo, babeaba e iba de un lado a otro sonriendo y decía: ''Je, je''. Y el Antoliano y el Virgilio izaron al Nini por encima de sus cabezas y voceaban:
- ¡Él lo dijo! ¡El Nini lo dijo!
Y el Pruden, con la Sabina sollozando a su cuello, se arrodilló en el sembrado y se frotó una y otra vez la cara con las espigas, que se desgranaban entre sus dedos, sin cesar de reír alocadamente."


Las ratas. Miguel Delibes. Capítulo 15 - final.

La belleza... interior


El ser humano, también llamado "persona humana", es un conglomerado de incoherencias y un foco sorprendente de contradicciones.
En la "persona humana" -que puede ser macho o macha, hembra o hembro y, en algunos casos "epicena"- uno de los rasgos inherentes a su esencia más profunda es la admirable laxitud mental de que, con frecuencia, alardea. Está científicamente comprobado que el cociente intelectual de la mayoría de la población está un poco por debajo del de los adoquines; esto se manifiesta sobre todo en verano cuando los cuerpos -o bodys- se ponen estupendos para atraer la atención de otros seres. Forma parte de un ancestral ritual de cortejo y seducción, más intencionado que instintivo, cuyo fin último es que el ser captado se fije en la belleza interior que destila el cuerpo cimbel.
Lo importante, sí, es la belleza interior. No las vísceras y todo eso, no. La belleza interior de verdad, la auténtica, la del alma y precisamente por eso, cuando llega la temporada del destape, el ser humano acude en tropel a los santuarios gimnásticos a bajar panza y tonificar la fofa musculatura que queda tras la hibernación y a los sacros centros cosméticos para eliminar (cuanto más mejor) vellos, depurar grasas, purificar pieles y retocar (ahora se dice tunear) todo lo que sea menester de jeta para abajo.
Y todo ese ímprobo sacrificio no es más que para que los cuerpos -o bodys- sean un fiel reflejo de la belleza interior. No es el esfuerzo para que las potenciales parejas, candidatos y candidatas a retozos eroticoestivales, se fijen en una forma y figura despampanantes; es para que caigan rendidos y prendados de la simpatía, de la bondad y todas esas zarandajas. Evidentemente.
Quien afirma que sentirse bien por fuera es estar bien por dentro...
-Digresión: !Leyre está hipnotizando a Assur! "Tienes mucho sueeeeeño"-
Si eso es así, significa que el bienestar somático va de afuera a adentro. Significa que los gordos son infelices, que los feos están siempre malhumorados, que los tarados no ligan... Bueno, eso, ya lo sé, es una exageración y, además, es mentira porque todos sabemos que en lo primero que nos fijamos las "personas humanas" es en las cualidades de las otras "personas humanas".
Y yo, como todos, llegado el estío, acudo al "gym" porque lo que quiero es que todas las mozas posibles se fijen en mi belleza interior aunque después me vuelva solo a la habitación del hotel a hacer solitarios.

jueves, 9 de julio de 2009

El traje nuevo del emperador


Uno de los pocos cuentos infantiles que recuerdo, medianamente bien, es éste: el de "El traje nuevo del emperador". Y lo recuerdo no por una cuestión de alarde memorístico, sino porque es difícil olvidar la imagen de un soberano desnudo recorriendo las calles, humillado ante su pueblo por su propia vanidad. Fue un niño quien puso el grito en el cielo -como lo podría haber hecho un borracho o, tal vez, un juez-, el que descubrió el pastel con su inocente sinceridad: "Pero, ¡si está desnudo!" Entonces, el pueblo que estuvo hasta ese momento en su adujado silencio adocenado prorrumpe a gritar lo evidente; o la parte de la evidencia que más le interesaba gritar, la parte que le permitía el desahogo y la mezquina venganza.
Me ayuda a recordarlo con esa cierta precisión el que la edición estuviera ilustrada con unos espléndidos dibujos. En el momento crítico se veía a un rey gordinflón, opulento y arrogante, amparado bajo una sombrilla que portaba uno de sus lacayos, avanzando ventripotente, barbilla alta, chulesca, entre dos flancos abarrotados de súbditos miserables. De uno de ellos sobresalía el niño, brazo en ristre, dedo índice dispuesto a dispararse.
La moraleja del cuentecillo, lógicamente, se centra en la banal soberbia del monarca y en él se ceba para procurar un paradigma eficiente.
Y está bien. Y así debe ser. O debería ser porque, en la actualidad, tal mentalidad sería discutida hasta la extenuación; más si tenemos en cuenta que vivimos en la sociedad de la imagen, en todos los niveles. Proclamar austeridad, humildad, sencillez es inútil porque cada quisque "tiene derecho a optar por lo que más le guste" sin que nadie le juzgue ni le critique por eso.
No obstante, admitamos que es una lección merecida la que recibe el emperador (ojalá todos los reyezuelos y demás coronillas recibieran lo suyo después de tanto expolio secular); admitamos que es justo que alguien como él vea cómo le llega su sanmartín y cómo el ofendido pueblo se saca su espina: se ha hecho justicia.
El cuento, me parece, termina ahí o por ahí. Pero, yo estoy convencido de que sigue y que el autor, por no imagino qué razón, omite el verdadero final, el desenlace definitivo.
Doy por sentado que el rey volvió (avergonzado, sí; pero volvió) a su palacio. No es una conjetura descabellada ni una hipótesis obtusa: el rey, por lógica elemental, hubo de volver.
Doy también por sentado que en su cabeza llevaría una idea pertinaz. Capturar a los estafadores (porque delincuentes eran) y hacer caer sobre ellos el imperio de la ley, de su ley, se habría convertido desde el dedo apuñalador del infante en el objetivo primordial e inmediato de su existencia contrariada.
La comidilla popular, la filatería de comadres y alcahuetas, los rumores de vecindad, tenderían a extender la especie del merecido castigo recibido por su vanidad y, a la par, a exonerar a los pillos que fraguaron el engaño, desvaneciendo en sus fueros una parte fundamental del análisis y la justa visión de los acontecimientos: el rey, independientemente de la legitimidad de su poder, estaba en su derecho de mandarse hacer el traje que le saliera de los compañoñes; mientras que los zánganos canallas son -por muy amigos del Dioni que fueran- delicuentes indiscutibles. Por ello son quienes merecen un castigo ejemplar: por el engaño, por el fraude.
El autor, por lo que sea, omite esta parte. Quizás alentado sólo por la noble intención robinjudesca de hacer justicia y devolver al pueblo sometido parte, siquiera en dignidad, de lo que le han robado los poderosos desde hace centurias, casi milenios sin el casi.
Desde esta perspectiva las cosas cobran un matiz diferente y dan un giro que, probablemente, muy pocos se han planteado. En fin, que el rey es un cenutrio de tomo y lomo está claro; pero que quienes se han aprovechado con mentiras y trampas son los sastres, también. Y quienes deberían ser perseguidos por el Consejo de Jueces del Reino -o lo que judicialmente rija allí-, del reino de ese monarca (bueno, es emperador: que no es lo mismo), son los jetas que le sacan los cuartos por nada.
Cada súbdito seguirá aportando, con mayor o menor tino, su opinión en el asunto del traje que conmovió un imperio; pero, argumento arriba, argumento abajo, lo que es, es... Por definición.


Declaración de un hombre indefenso

Con frecuencia me pregunto qué habrá tras la propuesta de un político, qué aviesa o nepótica intención le empujará. Cuando se anuncia un reforma, de algo -lo que sea-, busco qué interés persigue, a quiénes beneficia.
Por ejemplo, de repente a alguien se le ocurre que hay que señalizar todas las carreteras con un voluminoso y bien visible cartelón que anuncie "Gracias por su conducción responsable". A nadie se le escapa la estupidez; pero, como ha sido aprobado por el Consejo de Ministros y convenientemente publicado pues, nos la envainamos sin darle más a la mollera. En cada materia gris cabal quedará el poso de la innecesaria gratitud y del gasto, oneroso, que supone no para quienes administran el dinero de todos y no el suyo propio que quedará, como siempre, salvaguardado.
Entonces viene la pregunta: ¿no será el tío que fabrica los cartelitos primo -o similar- de alguno de estos mequetrefes?
Y, hombre, porque no nos vamos a poner a buscar una relación parental o amistosa a estas alturas... Pero, huele que apesta.
En fin, todo esto para llegar a una clara conclusión: cada norma, cada ley elaborada por nuestros políticos tiene un trasfondo concreto y bien perfilado desde el que se beneficia a alguien próximo de alguna manera y esto es así porque la realidad de nuestros gobernantes difiere mucho de la que sufrimos a diario el resto de los súbditos mortales de este puto reino.
Y esa sólo es la punta del iceberg...

La edad y la nostalgia

De repente uno siente la necesidad de recordar los nombres que compartieron su infancia y su adolescencia. Nombres que creyó "amigos" y que el tiempo y la distancia -el olvido- han revelado como meros acontecimientos comunes. Surgen rostros antiguos y la imaginación trata de aventurar cómo serán ahora. ¿De aquellos afectos exaltados que queda? Ahora uno piensa que nunca fueron, que existieron porque la percepción del momento obligaba a sentirse arropado por una pequeña farsa sin más sentido que el de sentirse parte de un algo incomprensible. Entonces, uno, se percata del paso inexorable del tiempo y de que la vida es un enorme e intenso vacío que tratamos de llenar de la mejor manera posible para sentirnos vivos. Se hace balance procurando, para evitar la frustración, que sea positivo aunque en el fuero interno, palpitando brutalmente, cabalga la terrible intuición de que nada ha sido como queríamos, de que hemos pasado por aquí sin pena y sin gloria.
Ese debe ser uno de los síntomas, quizás el primero y más devastador, de que nos hacemos mayores, viejos, y de que lamentarse ya no tiene sentido porque la edad nos ha vencido irremediablemente.
Luego viene el buscar fotos, el evocar anécdotas. Se miran con intensa curiosidad mientras se desea que todo sea irreal, un sueño; se rememoran con el anhelo de que no hayan pasado para que vuelvan, mañana, a pasar y recuperar así un tiempo desvanecido.
Lo he hecho esta mañana y he comprendido que todo es absurdo y que el hombre, en la medida de sus posibilidades, se limita a intentar no pensar en ello, en la nada, en el vacío que merodea y al que estamos destinados: acabo de hacerme viejo.

miércoles, 8 de julio de 2009

¡Uzté ez idiota!

Se hacen lenguas de que en una famosa tertulia vespertina, andábale don Ramón dando vueltas a cierto asunto de interés patrio, en su vertiente consular, cuando animado por su imaginación desbordante vino a ponerse estupendo:
- Eztaba yo cazando leonez en la India...
- En la India no hay leones- le interrumpió uno que estaba de oyente.
- ¡Uzté ez idiota!- proclamó Valle irritado por la intromisión y por la corrección.
- ¡Oiga -se revolvió el ofendido-, que yo a usted no le he insultado!
- Ni yo a uzté -respondió don Ramón-: le he definido.

A día de hoy esta ingeniosa y lacónica anécdota no sólo sería impensable, sino que todo el caudal de inteligencia que encierra sería imposible.
Para excusar la falta de "culturilla general" (no ya de CULTURA) culpamos a las "nuevas tecnologías", nos escudamos en lo apremiante de las situaciones o lo imputamos a una natural economía lingüística que es, a todas luces, ajena a la realidad del problema. Porque el problema, escúdese quien quiera tras de lo que quiera, es que los pilares de aprendizaje de la lengua fallan. Ni los "maestros" de hogaño están tan cualificados -a todos los niveles- como aquellos maestros de antaño, magister ludi, cuyo saber rayaba lo enciclopédico, ni los baluartes que fijan, limpian y deberían dar esplendor están por la labor más ocupados ellos en obtener fondos con que mantener la Real Academia Española (no de la Lengua, como dice alguno de sus "ilustres miembros") que en velar y actuar con medidas efectivas dirigidas a frenar el incremento de la estupidez. Aliados con un periodismo carente del más elemental buen uso de su herramienta de trabajo por naturaleza, han condescendido a admitir una sarta de sandeces sólo por el hecho de que se usan. "Lo dice la mayoría", afirman. Y, ¿cómo lo saben? ¿Nos han preguntado a todos? Evidentemente, no; pero, como nadie lo va a poner en tela de juicio...
El caso es que entre la indolecnia de unos y la estulticia con que nos lapidan diariamente los otros, cada día hablamos peor y lo que es peor, lo asumimos.
Hablar bien -sin necesidad de ser hablista- y escribir correctamente parecen dos actividades proscritas, dos cosas de las que avergonzarse. Es mejor no ser tildado de "culto" o "pedante" o "petulante" (la mayoría de la gente no sabe qué significan esos términos) y pasar inadvertido, confundido por igualdad de ras con el resto. Sí, desde luego es mejor eso. Eso y decir que un deplorable atentado, un atentado abominable, es "deleznable"; es mejor soltar en la crónica que los "convoys avanzaron hasta..."; es mejor preguntar "¿quién estaban reunidos?" y todas esas maravillosas creaturas fruto del amor a la ignarocracia. Y así llegamos al cénit cuando el presentador del telediario -antes llamado "locutor", y del "boletín informativo"- nos comunica tácitamente que el verbo abolir se conjuga como cualquier otro de la tercera: "El gobierno abole..."
Y, claro, así día tras día, indefensos y bombardaedos de continuo, es razonable que terminemos todos siendo parte activa de la Nueva Babel. ¡Y sin necesidad de liarse con la "res hembrista"!

La muerte de los ídolos


Ahora será rey y reinará en su ruín Olimpo del "pop". Ahora será un genio excéntrico, un ser extravagante, el creador que hizo época, que marcó un hito, que creó escuela, que innovó. Será el Único, incontestable, el hombre tocado por la gracia y cuya estela, idolatrada por millones de energúmenos, será la referencia universal sin la cual ningún terrícola podrá respirar, amar, trabajar, dormir.
Ha muerto, en olor de multitud, éso. Sí, éso. Ha muerto la incertidumbre del color, la adolescencia perenne, la materia gris desarbolada por un conflicto patético y obtuso: ha muerto Peter Pan de oro. ¡Loado sea aquel que pronuncie mil veces su nombre! ¡Denostado y maldito sea aquel que no oiga sus canciones, no vea sus "videoclips", no remede sus formas!
Ha muerto, sí. Pobre hombre: ¡que el mundo restalle en un unánime trallazo de lástima! ¡Nadie como él! ¡Que nadie pronuncie su nombre en vano! ¡Condoleos porque ha muerto él!
Así lo haré yo también. Me conmueve la despedida que ha tenido, merecida. El mundo, de polo a polo, de este a aquel, llora su ausencia: ¡nos ha dejado huérfanos!
No importa aquel hombre justo que murió en el mismo instante solo, sin quejas, sin amigos que plañieran su pérdida. No importa ninguno de los que generosamente entregaron lo que tenían a los hombres que, tras ellos, recogían las hierbas que arrojaban.
¿Cuántos -con lo buenos que son estos tipos y familiares- hubieran comido con lo que ha costado su entierro y toda la "parafernalia", toda la pompa, que le ha acompañado?
Mundo hipócrita y absurdo: ¿de qué nos quejamos?

Tahures chengos

En política, al menos en la española, uno cree haberlo visto y oído todo. En política, al menos en la española, uno termina claudicando ante la evidencia y fraguando ese escepticismo deplorable que induce, irredcutible, a la estupidez prójima y la desazón propia: "yo de política no entiendo"; "yo en política no me meto". Porque nos hemos acostumbrado a ser comparsas de un género, de una ralea canalla, cuyo único y cardinal interés es llegar a un puesto de cierta relevancia y mantenerlo a toda costa como los piratas defienden un botín, ilícito, pero goloso. Si a esta farsa terrible a la que asistimos mudos, o idiotizados (la mayoría), por la carencia absoluta de criticismo, de capacidad de análisis y de razonamiento elementales, le añadimos la estolidez de un juez que no se resigna a permanecer en el anonimato laborioso de su despacho y sale a la palestra en busca de una venganza inexplicable, pues cerramos: el cuadro está completo.
Sin embargo, no es eso -desde mi punto de vista- lo preocupante. Lo que me da verdadero terror pánico es que todos los puestos donde la independecia y la imparcialidad deberían estar aseguradas están copados por "afines" a un partido político concreto con lo que ni imparcialidad, ni independencia, ni legalidad, claro.
Si en este escenario esperpéntico ponemos a la diva Pajín y sus coristas, a la momia de la vega y algún blanco de alma negra como la pez... ¡Menudo panorama!

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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