sábado, 18 de julio de 2009

Matar un ruiseñor.

¡Qué fácil es desprenderse de un pequeño indefenso! ¡Y qué barato! Basta con alegar un olvido en el coche, a cuarenta grados, las ventanillas cerradas porque, claro, cualquier precaución es poca: no vaya a ser que alguien se lo lleve o que el niño, anclado en su silla, se desabroche y decida salir de paseo. Basta con dejar que el intenso calor deshidrate el cuerpecillo, que el golpe severo vaya agotando su respiración y su alma hasta que su último aliento sea una débil vaharada de auxilio impotente que nadie oirá. ¿Y sus padres amantísimos? Estarán, a buen seguro, ocupados en decidir qué juguete le compran, cuál se ajusta más y mejor a su tierna edad. No les importa el precio: para el nene nada es suficientemente bueno.
Ayer, quizás anteayer, unos padres compungidos lamentaban el descuido que llevó a la otra orilla a su infante. ¡Qué Dios más injusto y cruel!, parecía imprecar el padre mientras presa de un intenso dolor apoyaba su frente desolada en una pared. ¡Blasfema, que tienes razón!, le decía yo en la sovoz de mis pensamientos. ¡Cómo pudo permitir eso un Dios que se dice justo! ¡Cómo no cuidó de tu vástago inerme mientras tú estabas...¿dónde?! ¿Qué podía ser tan importante, tan inmediato, que requiriera a los padres y a lo que el bebé no podía asistir? ¿Qué urgencia inexorable podía precisar la presencia de los progenitores malditos, de los dos a la vez, y que les obligara a abandonar a una suerte infausta al pequeño?
No me lo creo. Ya son muchos, demasiados. No me lo creo. Me huele más a excusa injustificable, a abandono premeditado, a cuchillo sin filo. Me huele a muerte intencionada porque no hay, cuando se tienen hijos, ningún asunto demasiado urgente ni demasiado importante que no sea lo que a ellos atañe. Me huele a muerte intencionada porque ningún padre en sus cabales deja a un pequeño encerrado en el coche, al sol, y se va. No creo en el dolor y la angustia que ahora supuran; no creo en sus caras de buenas personas ni en la buena opinión de sus convecinos. Y no me creo que uno de los dos, papá o mamá, no pudiera haberse quedado con el niño para hacer lo que hacemos los padres normales: vigilar hasta límites de sobreprotección.
Y así lo escribo, sin conocer apenas los detalles; unos detalles que no me interesan porque un accidente es imprevisible. Un abandono en esas condiciones, no.

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