viernes, 21 de agosto de 2009

EL DOLOR

Con frecuencia el ser humano compara todo menos el dolor. A pesar de la miseria que nos circunda, de ver a diario seres en situaciones y condiciones más precarias que las nuestras, la magnitud del dolor propio, su intensidad angustiosa y devastadora, siempre es mayor. Es lógico: el dolor de los demás nos conmueve; pero, por amargo que resulte, no lo sufrimos.
Si lo comparásemos, es posible que cayéramos en la horra tentación de paliar nuestro sufrimiento a través del olvido o de la resignación. Si lo comparásemos, es posible que incurriéramos en el absurdo afán de minimizar nuestro padecer sepultándolo con gruesas paladas de conmiseración. Y tal vez resultara; aunque sólo momentáneamente.
Si alguna cualidad específica, si alguna característica o propiedad distintiva tiene el dolor humano es que conlleva dolores adjuntos que nos infligimos por el sólo hecho de tener o padecer un dolor.
Hablo de los dolores físicos -somáticos- y de los anímicos porque tanto montan como montan tanto. Los unos tienen su reflejo y repercusión en los otros y cada uno de ellos tiene afluentes que derivan de él y que en él desembocan siniestros y demoledores.
Para estos tormentos, los de verdad, no hay consuelo, no hay placebo engañador ni píldora sacrosanta y analgésica que los aplaque. No tienen posibilidad de inyectar un antídoto eficaz que los resuelva.
Sin embargo, ni siquiera lo peor del dolor es el dolor en sí mismo. Su mayor crueldad radica en su prolongación temporal, en su permanencia cotidiana que nos obliga a padecerlo día a día, hora a hora, conscientes de que un único segundo de vida puede contener todo el apabullante dolor del mundo.
Es entonces cuando observamos, el alma hecha jirones, cómo envejecemos prematuramente, y cómo vamos muriendo dejando nuestro vigor en los esfuerzos inútiles por sobrevivir, por mantenernos aferrados a una triste tabla que se deshace inexorablemente.
Hay, bien es verdad, quien gracias a un audaz esfuerzo titánico, consigue sobreponerse al martirio y encallecer su corazón, impermeabilizarlo, inmunizarlo frente a otros dolores previsibles y futuros; no es menos verdad que para conseguirlo, por lo común, el tributo pagado es alto y, a veces, irrevocable o irreversible y que la muesca que deja el dolor extirpado se convierte en un agujero negro lleno de insensibilidad.
Sin duda debe ser una compensación natural igual que la vida, dicen, recompensa las buenas acciones y castiga las malas.
Pero, sigue sin ser un alivio el entrar en una espiral de desconfianza, de decepción del género humano; el arrastrar de por vida el ceño fruncido y el gesto severo que impiden disfrutar de las pocas cosas buenas que somos capaces de apreciar o de obtener. El dolor, duele y la coraza pesa. Es harto difícil soportar la dolencia y sonreír como si nada ocurriera; es difícil volver a vivir cuando has muerto en vida. Lo sé. No obstante, si tengo que elegir, opto por la coraza y que los demás choquen contra ella.
El Demiurgo que nos manufacturó no corrigió los defectos de su vulnerable producto: habría que haberle dado un par de consejos prácticos. No se puede ir por la vida con el alma rota.




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