lunes, 31 de agosto de 2009

Veo veo...


Mi planteamiento es sencillo:
a) Si el destino no está "escrito", es imposible conocerlo con anticipación: es impredecible.
b) Si el destino está "escrito", se puede predecir; pero, por ende, es invariable: se ejecutará inevitablemente.

La necesidad humana de acudir a un oráculo, a un augur, para conocer su futuro no es nueva. Delfos y Casandra, las vísceras de la aves y las entrañas de los toros, las runas, la corneja a diestra o a siniestra, las nubes o el I Ching (por citar algunas supersticiones de índole adivinatoria o agorera) y, más recientemente, la cartomancia, la quiromancia, los posos del té o la copromancia -ya puestos-, denuncian el temor humano ante lo desconocido que se le viene encima, su inquietud por anticipar un resultado y, sobre todo, su inseguridad en estas agitadas aguas que navegamos hasta desembocar en la mar que es el morir.
Es, la de conocer el porvenir, una curiosidad innata que, en sí misma, ni es buena ni es mala: está ahí. Tanto es así que el hombre está inventando constantemente nuevas supersticiones y sus correspondientes talismanes sin que tengan mayor importancia ni repercusión en su vida... hasta que entran en baza los charlatanes, los avispados sin escrúpulos que aprovechan las ignorancias elementales para sacarles los cuartos a los incautos que no se resignan a soportar el presente que les h
a tocado en suerte. Gentes que no se conforman con su "destino" y que no se plantean, cuando llaman a un número de valor añadido o cuando entran en un "gabinete" adivinatorio, por qué todos esos despabilados viven de sajarles las perras y ninguno de la lotería o de los cupones de la O.N.C.E. Y lo peor es que la mayoría de los usuarios de estos timadores son reincidentes y tampoco se interrogan el porqué de su retorno: es evidente que si vuelven es porque la vez anterior los vaticinadores no acertaron sus pronósticos, así que para qué volver; o si atinaron -lo cual es harto improbable-, es porque lo que va a pasar es inexorable y sólo estarán prevenidos cuando el propio destino (o quien mueva sus filos) así lo decida.
Pero los humanos somos así, de naturaleza tropezona. No paramos hasta que alguien nos embauca con la patraña de que vamos a ser altos, guapos y ricos. Pasan los años; seguimos hundidos en la miseria diaria y, aún así, mantenemos intactas las esperanzas de que a la mañana siguiente, de camino a la obra, a la fábrica, al comercio, al desagradable tajo, nos llueva del cielo inclemente ese golpe de suerte que nos cambie la vida. En fin...



"ésta no adivinó su próximo lugar de residencia"

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