martes, 8 de septiembre de 2009

Ni a todos, ni todo el tiempo


La vida es un fraude: no cumple nuestras expectativas. Las personas decepcionan. Hemos asumido como algo natural el engaño y la mentira y, por lo común, los excusamos con esa estúpida premisa de "hay que aceptar a cada uno como es". Hemos asolado cualquier asomo de sentido ético o, para quienes lo prefieran, de honor para limitarnos -sin réplica- a convivir con esos impostores.
Es un juego desequilibrado porque quienes se enfrentan a la vida y a los demás desde la honestidad y la sinceridad, están en desigualdad de condiciones. El resultado de esto es que llega un momento en que todo humano, por honrado que sea, se plantea la necesidad imperiosa de entrar en el círculo vicioso para sobrevivir: cuestión de selección natural.
Dependiendo del criterio filosófico-religioso que cada uno lleve puesto, la percepción de cómo actuar varía. Para un católico -uno de verdad- en su bonhomía, lo preferente es perdonar y esperar a que el cielo, o Dios, o el tiempo, juzguen. Para un estoico, qué le vamos a hacer: el simple planteamiento de la duda significa que es inevitable.
Sin embargo, en este remolino feroz, hay quienes sin ser de arriba o de abajo, sin ser de allí o de aquí, tenemos que sopesar muchos elementos y factores, muchas interrelaciones y vínculos, muchas implicaciones antes de tomar una determinación cuyos resultados pueden afectar a segundos y terceros a los que queremos preservar de todo daño "colateral".
Es entonces, en el análisis, en la búsqueda de la solución, cuando aparecen la angustia y la desesperación; es entonces cuando la cabeza se nos pierde por angostos vericuetos copados por una bruma viscosa y obscena. Suele quedarnos la esperanza de la "justicia poética"; la esperanza de un golpe de viento que hunda las naos enemigas y dé aliento a las nuestras cambiando barloventos y sotaventos. Todo, en tanto pensamos una jugada maestra de ataque definitivo que nos procure la posibilidad de salvar los muebles... y la dignidad.
Porque llega un momento en que todo se paraliza. Yo no creo en eso de "siéntate en el umbral de tu puerta y verás el cadáver de tu enemigo pasar". Sí, muy bonito y siempre suponiendo que vivas más que tu enemigo y sí, muy bonito, pero no aporta ningún consuelo.
¿Acción o inacción? Terrible dilema el que nos asalta como un bandolero en mitad de un camino legendario.
Pero, tampoco tengo muy claro que el camino correcto sea el de la anhelada venganza.
La disyuntiva es demoledora. El tiempo apremia y la vida se escapa a marchas forzadas diciendo: ahora o nunca.
No tengo la respuesta: tengo mi respuesta.
El dolor es inevitable. Sabiendo esto, tratemos de hacer un poco mejor el mundo, expulsemos a los mendaces y zascandiles; cerrémosles en un aprisco lejano, en un tinao inaccesible en lo más alto de la más alta montaña imposible y luego, que el tiempo arregle lo que pueda o esperemos consuelo, quizás, en la confianza y seguridad de haber hecho lo justo: seamos más cínicos.
Hagámoslo en todos los ámbitos: en lo político, en lo amistoso, en lo cultural, en lo social, en lo académico, en lo afectivo...

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