martes, 17 de noviembre de 2009

Con diez cañones por banda... o doce.


Me ha estremecido la simpática crónica, chorreante de ternura, de la pizpireta bizca Carmela Ríos sobre el pirata Abu Willy en CNN+. “Se ha adaptado muy bien a la vida en nuestro país –dice la periodista-; incluso se le ha visto con una camiseta de la selección nacional”.

Lo primero que me ha sugerido es un “pero... ¡tú eres gilipollas!”. Lo segundo, me lo callo por ese extraño pudor que nos impide a veces, a los humanos con dos dedos de frente, decir lo que pensamos.

¿Se ha adaptado bien a la vida en nuestro país? Pues que buena vida, regalada, lleva el hijo de puta. Porque, por si a alguno se le ha olvidado, es menor, sí, casi un niño; pero, un niño pirata. Un niño que no habrá dudado en apretar el gatillo de su AK o similar contra alguien que no le ha hecho nada.

Hay piratas y piratas, vale. Sin embargo, ninguno de estos hijos de puta es aquel romántico a quien nadie impuso leyes y que deja que ciegos reyes muevan feroz guerra por un palmo más de tierra.

Estos piratas piden plata y reparten plomo. No son robinjudes cuyos botines son ecualizados entre los pobres de su terruño. Con esa pasta se rearman y viven entregados a su oficio de mafia y de trata.

Y si alguno quiere discutirlo, lo discutimos.

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