jueves, 10 de diciembre de 2009

Trampero desconnecticut

Hay que reconocer que Wyoming, the great Wyoming, es un fenómeno. Tras ese aspecto adoñarrogeliado, de muñeco pasmado y pánfilo que habla al dictado de un gran ventrílocuo omnisciente, hay un genio de la comunicación, un ser dotado de una notable capacidad para la crítica mordaz e inteligente -no hay más que oírle sus hilarantes comentarios- y para el humor brillante. ¡Qué digo brillante, deslumbrante!
Wyoming, the great Wyoming, amasa con primor las nueces secas de nuestros cerebros con habilidad demiúrgica, nos eleva al rango de hombres, nos alecciona con infalible pedagogía y nos hace ver (nunca se lo agradeceremos lo suficiente) cómo es el mundo de verdad, cómo es la realidad.

Este ser incontingente, imprescindible, de probada virtud, es un ejemplo para todos nosotros. Él, en sus supremas ínfulas, nos reconoce con deferencia infinita e infinita clemencia como iguales y nos muestra cuál es el camino de la humildad, de la renuncia absoluta al dinero, a la vanidad.
Él es la senda, el camino hacia nuestra libertad sin dogmas ni doctrinas porque él, a pesar de los reveses, nunca se ha sometido a amo alguno; jamás alabó a Personas, Seres O Entes de dudosa catadura ética: es el único dios verdadero porque sólo su palabra es la verdad.
Admiro su aplomo, su gesto fiero; admiro su apostura y su talento. Admiro su figura arrobadora, su naso ínclito, naso tan siervo, que de la cara anal, lleva el aliento.

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El universo cuántico

Demasiados secretos

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