viernes, 26 de marzo de 2010

El buen castellano


-"Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos: escoja el que fuere buen castellano lo que más le estuviere."
Cuando Pizarro trazó sobre la suave arena la raya decisoria, sabía que el ánimo de aquellos recios soldados, avezados al esfuerzo y al dolor, al honor y a la miseria injusta, no cedería un ápice.
No mucho más tarde, Quevedo ya se quejaría amargamente de la vida muelle, complaciente y conformista, a que los españoles nos acostumbramos.
En esa indolencia espiritual perdimos el valor y los valores. Ya no somos esos seres indómitos, montaraces, que proclamaron una tierra de "todos iguales" y que se enfrentaban sin punto de espera a las veleidades de su propio rey si era menester.
De aquel linaje levantisto, de austera y sufrida hidalguía, hoy no queda rastro.
Hace tiempo que la manada de lobos se convirtió a la fe del rebaño y, así, con una docilidad rayana en lo obsceno, nos dejamos guiar y apalear por la inclemente zurriaga de cualquier pastor.
Como mucho, un balido suelto, ralo, que se extingue apenas nacido.
Nos dejamos engañar y someter con una facilidad pasmosa y cada protesta se queda en éso, en la deleznable (frágil) manifestación de nuestra presencia dulce y conmovible.
Empachados de complejos acusatorios, somos incapaces de rebatir siquiera la estulticia entrañada en cualquiera argumento más próximo al sofisma que a la verdad desnuda. Nos escondemos de nosotros mismos avergonzados de lo que fuimos y, seguramente, de lo que somos.
Una llamada a la rebelión. ¡Qué escándalo! ¡Qué antidemocrático! ¿Sí? ¿Por qué? ¿Quién dice que rebelarse contra la injusticia, contra la manipulación, contra la sandez y la mentira, contra el latrocinio constante y el abuso es escandaloso y antidemocrático? ¿Lo democrático es, entonces, callar y soportar que nuestra dignidad se machaque? ¿Lo democrático es condescender con quienes nos ultrajan y nos arruinan mientras nos mienten para mantenerse en el poder y siguen engordando su ya muy repicante bolsa?
Sin rebelión no caen los tiranos y hace tiempo que deberíamos haber trazado -en vez de escribir sobre el agua- una honda línea en la arena y haber gritado clamorosamente: ¡hasta aquí!
Y si aquellos que viven conchavados con estos gobernantes despreciables en su adúltera connivencia -sindicatos, afiliados y simpatizantes- no quieren el enfrentamiento (no escribo violencia ni guerra), que depongan la venda que cubre sus ojos, que hagan acto de fe y de honor y, renunciando a sus privilegios bien cubiertos, pasen a este lado de la raya.

viernes, 19 de marzo de 2010

La Hidra de Lerna


Hércules (Heracles) tuvo que pedir ayuda a Yolao. El remedio era peor que la enfermedad pues por cada cabeza que segaba a la terrible Hidra, a ésta le surgían espontáneamente otras dos en dramática progresión. Así, entre los dos, sumando los esfuerzos del héroe amputando testas y del subalterno cauterizando los cortes para que no brotaran más cápitas, consiguieron abatir al monstruo, anularlo para siempre.
No sé si la serpiente del anagrama etarra tiene una segunda interpretación cargada de intención -"dónde una cabeza se cierra otra se abre"- o se limita al significado elemental del "bietan jarrai" (algo así como "adelante con los dos", con el sigilo y el secreto y el zarpazo letal).
En todo caso es ilustrativo. Tanto la elección del símbolo de los asesinos como la lección, la moraleja, que del trabajo mitológico de Hércules se puede depurar: no basta con cercenar la cúpula; además hay que impedir que surja una nueva.
No seré yo quién ponga en duda la voluntad de los políticos españoles para acabar con la delincuencia vascongada.
Sin embargo, la historia y los acontecimientos nos dicen que la actuación policial no es suficiente porque siempre hay otro imbécil dispuesto a recoger el sangriento testigo de los que son "abatidos".
No basta, pues, el esfuerzo hercúleo de siega.
Es necesario reforzarlo con una actuación contundente que impida la regeneración del mal y su expansión.
Yolao, en este caso, somos todos; pero, mucho más los son aquellos a los que el Estado ha investido de poder.
No es suficiente el peligroso, arriesgado, esfuerzo y la voluntad valiente de miles de vascos que cada día se enfrentan al vascalismo etarra. Esto hay que complementarlo con medidas enérgicas y definitivas que afiancen la seguridad de que ninguna preñez de odio o de estupidez va a poder escalar a la peana de la violencia.
Esas medidas, lógicamente, incluyen el asalto político-diplomático a cualquier santuario en el que a los asesinos se les dé cuartel.
Porque el hecho de que a un tipo lo elijan en las urnas no significa ni que sea honrado ni que no sea un hijo de la gran puta. Si es un tirano, con más motivo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Esto me han vuolto mios enemigos malos...


Pidió Yahvé que le mostraran diez hombres justos. Como no los encontraron ni en Sodoma, ni en Gomorra, ni en la Audiencia Nacional y no digamos en el Congreso de los Diputados, decidió tirar un pepinazo -nuclear dicen algunos malpensados- y devastó la zona: suburbios y arrabales incluidos.
La medida fue desmedida, exagerada. Si lo "normal" es la injusticia, o trinca a todos y renueva la población terrícola con mejoras de serie, o se aguanta, acepta la condición humana y asume que cada uno arrime el ascua a su sardina como mejor le venga o pueda.
A mi me ha costado -años- comprender que el mundo y sus entresijos son así, que las personas y sus entretelas son (somos) así.
Cada uno, en atribución de sus projimidades, ayuda a su señor porque prevalecen los intereses emocionales sobre los éticos.
Y debió ver Dios que no era malo puesto que lo consiente: es una regla más del juego áspero que es la vida.
Cada uno defiende lo suyo y lo de sus afines. La generosidad, el altruismo, la bonhomía, la caridad..., están -siempre- socorridas por un egoísmo razonable que se comporta -o suplanta eficaz- como la necesaria paridad de armas o la también necesaria perpetuación del clan, su supervivencia.
Algunos seres, a lo largo y ancho (ya más ancho, en la cintura, que largo) de nuestras vidas nos hemos conducido casi siempre concediendo el beneficio de la duda, implantando por sistema el "a ver si cambia" y similares. Ha sido inútil porque, por lo común, los humanos no sólo no cambiamos sino que solemos enconarnos, más, en nuestros viciados comportamientos.
Cuando caemos en la cuenta de la inutilidad de mantener cierto nivel ético, entonces, nos sumamos al grueso de "injustos". Nos defendemos de ellos usando sus mismos criterios y -aunque con leves sacudidas de remordimiento- entramos en el juego.
Suele causar en los demás asombro y perplejidad la transformación. Sobre todo cuando en la lid ven mermadas sus facultades o su poder frente al rebelde que decide, lógicamente, sacudirse el yugo al que estaba uncido.
De esa sorpresa emergen calificativos de toda índole que se aventan a voleo sin percatarse de que suele ser cierto aquello de "cree el ladrón..." Pero, nadie puede estar sometido a perpetuidad.
Cuando las quejas por la nueva actitud se hacen notar, pocas excusas son necesarias. En realidad la opción defensiva -la del mejor ataque- viene justificada en sí misma.
No es la pretensión vengativa de devolver daño por daño; es la de no ser de nuevo vapuleado por sistema. No, al menos, sin dejarse la piel y el alma en la pelea.
Así, cuando la extrañeza y la sorpresa hacen arquear las cejas y surgen remilgados ayes y lamentos, manos a la cabeza y golpes de pecho, basta con afirmar (para dejar constancia testimonial y exonerarnos de toda culpa) que nuestros actos ulteriores son causados por la injusticia sufrida, por el aprovechamiento ilícito y arbitrario que se ha hecho de nosotros. Que si hemos cambiado y de corderos hemos metamorfoseado en lobos -homo homini lupus- ha sido por estricta exigencia natural. Basta, para abogar por nuestra transformación, el alegato elemental de que el cambio no es caprichoso; de que ahí es donde nos han puesto nuestros enemigos y su maldad.
A partir de ese punto, que gane el más fuerte o el que menos escrúpulos tenga: o sea, el más cabrón.

viernes, 12 de marzo de 2010

La sombra del ciprés


Quizás, no lo sé, el Nini se asomará a la boca de la cueva y pensará: "es la ley". La ley de la vida y de la muerte. Se asomará y comprenderá que el ciprés se yergue como una proeza señalando el destino anhelado por los hombres.
Con don Miguel aprendí cómo es el viento que bate, apoteósico, las espigas despojándolas de la mortal escarcha; lo que es la soledad orgullosa; el dolor, la compasión, la miseria, la ternura impecable de la gente sencilla, la resignación ante la adversidad poderosa e inevitable, ante el ciclo inexorable e inclemente de la vida.
Con sus palabras se crispó indignado mi espíritu reventado por la injusticia de los caciques y los señoritingos, por la frivolidad, por ver la humildad sometida a voluntades y vanidades insoportables.
Descubrí palabras sencillas, nombres, lugares impensables: cotarraDonalcio, Pezón de Torrecillórigo, Azarías, Mamés, Quirce, Régula, Columba, Cayo...
El tiempo lo midió en cinco horas, en el santoral, en la mirada tensa a la luna y a la nube cerrada y opulenta que se acerca por un horizonte impreciso...
A su través vi la vida de los desgraciados, de los miserables humillados y vi cómo la dignidad y el afán de sobrevivir empujan a resistir estoicamente.
Aprendí cómo las palabras son capaces de estremecer y emocionar. No las palabras: sus palabras.
Las escritas, porque en las volanderas se prodigaba poco.
Afirmó el periodista:
-Don Miguel, es usted muy lacónico.
-Sí- respondió Delibes.

viernes, 5 de marzo de 2010

Garzón, Garzón: no pierdas el son...


Aunque parece que hace tiempo que no sólo has perdido el son, sino el rumbo y así, desnortado, avanzas sin reconocer los tumbos de tu arrogancia en decadencia, de tu estrella estrellada.
¡Ya está bien, Garzón, ya está bien!
Demasiados juicios y el tuyo perdido por un empeño rencoroso que traspasa las estelas del sentido común.
Tu razón siempre es la Razón; tu verdad, la Verdad. En el olimpo mediocre de nuestros seres estupendos, tiene tu sombra un altar.
¿Tú eres aquel adalid de la justicia que veía amanecer? ¿Aquel hombre "excepcional" y altruista perseguidor enérgico incansable de los malos?
Ahora sabemos que tú eras uno de ellos.
¿Que vas a recusar a quién? ¿Por qué? ¿Porque es amigo de algún político del P.P? ¿Porque ideológicamente se inclina a un partido que no es el tuyo, Garzón?
¿Tú te eriges en paladín magistral de la independencia y la imparcialidad? ¿Tú, el de los amigos poderosos en medios de comunicación afines? ¿Tú, Garzoncillo, el de las calzas verdes y las cazas negras? ¿Tú, el de las medidas opacas y decisiones ilegales? ¿Tú, cacho Garzón, con todo éso y más tienes todavía los santos cojones y la chulería de ir por ahí amenazando impunemente? ¿Cuál es tu omnipotencia para que hasta los más altos cargos tiemblen ante el timbre atiplado de tu soprana voz?
¡Ya está bien, Garzón, ya está bien! Baja de tu peana y barre el suelo como todo el mundo; deja ya tu falsa apostura, tu atildado aspecto de dandy palurdo y baja, humilla un poco, hombre, humilla un poco.
Aunque si he de ser sincero, creo que hay una celda con tu nombre y que antes o después, la frecuentarás. Al tiempo.

jueves, 4 de marzo de 2010

Le deserteur


Monsieur le Président, je vous fais une lettre, que vous lirez, peut-être, si vous avez le temps...
Yo no me haré desertor, aunque debería. Deberíamos todos desertar de este país que le cobija y que domina a golpes de ignorancia y de subvención. Yo sólo escribo estas breves líneas a sabiendas de que no las leerá y con la esperanza de que alguien lo haga por usted y se las transmita. Unas líneas que ya no pretenden ni siquiera la crítica amarga; que se condensan en una idea simple que incluso usted, señor Presidente, es capaz de comprender: La situación que estamos atravesando no necesita líderes mediáticos, sino gobernantes. Usted, monsieur le Président, ya ha demostrado con creces su incapacidad gestora, su catadura ética y sus "cualidades" políticas. Ya sabemos que usted es el más listo, el más guapo y el más alto; pero, como no es el más apto, hágase y háganos el mayúsculo favor de evaporarse antes de que a este país, a esta nación, no le reconozca ni la madre que lo parió.
Sin otro particular, se despide...

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