viernes, 28 de mayo de 2010

La guerra de Murphy


Durante la Segunda Guerra Mundial un submarino alemán torpedea el barco mercante de Murphy (Peter O'Toole sobrio) en el delta del Orinoco. El sanguinario Lauchs, capitán del submarino, lejos de compadecerse de los tripulantes náufragos, ordena ametrallarlos. Todos mueren excepto Murphy y el piloto de reconocimiento. Murphy logra llegar a la costa...
La precisión de los detalles es aleatoria y suficiente. Sólo la vi una vez: la compré, la vi, la presté, la perdí: no volvió. No la olvidé.
A Murphy el azar le depara una isla, un submarino alemán y un torpedo intacto con el que procurarse venganza.
No sé muy bien si a la historia se le puede inocular un aspecto metafórico, o de fábula, y condensar su interpretación en el empeño por cumplir a toda costa con un sagrado deber o en la obsesión denodada de un hombre por destruir a su enemigo. Quizás sean la misma cosa propuesta desde divergentes puntos de vista, aunque con un origen común.
El caso es que, sea deber o sea obsesión, Murphy termina hundiendo el dichoso submarino y lo paga con una muerte horrible.
Extrapolando términos, casi podríamos comparar esa película con la situación actual de nuestro señor Presidente y su submarino "Crisis" desde el que, no conforme con hundir cuanto queda a su alcance torpedero, además, despliega su sadismo absolutista rematando a quienes tratan de sobrevivir aferrados a una deleznable tabla. Su tenacidad irreductible -fruto de su fanatismo radical- de culpar a todos y a todo menos a sí mismo y la pertinacia con que en su alocado afán nos está depauperando ha llegado a ese extremo abominable.
El héroe destinado a enmendar el desaguisado, ya sabe lo que le espera.

sábado, 22 de mayo de 2010

La recortada y el atraco


Hasta que el Gobierno no ha tocado al funcionariado -grupo incomprensiblemente privilegiado- la voz sindical no se ha oído. No sólo no se ha oído, sino que por los cinco millones de desempleados (y aumentando) sigue sin hablar. Su mutismo se debe, dicen algunas lenguas, a la ingente cantidad de dinero que desde hace un tiempo reciben injustificadamente de un poder ejecutivo cuyo interés mayor es mantenerlos en la beatitud de su particular égloga.
A diestra y siniestra asoman soluciones y atajos dirigidos, afirman, a solventar esta irreductible crisis en la que nos ha sumido la falta de criterio y la sinrazón de la arrogancia y la permanencia a toda costa en el adujamiento confortable de los sillones gubernamentales.
Llevo semanas, por no aludir a meses, oyendo disparates cuyo calibre resulta estremecedor. Ideas descabelladas, algunas, bajo las que late una clara intención de lucro personal. Pero, eso es otro capítulo. Ahora, el epicentro está enclavado en la necesidad imperiosa de resolver un problema. Así, quien más, quien menos, aporta su aliento impetuoso sin pensar en qué repercusiones tendría su propuesta en caso de ser adoptada. Hablar por hablar.
Una de estas últimas barbaridades es la de "eliminar" las Autonomías. El proceso autonómico es irreversible, al menos a corto plazo. Varias razones me inducen a sostenerlo. La primera es que ningún partido nacional renunciará al gobierno de sus "feudos"; los partidos nacionalistas no digamos. En segundo lugar hay que tener en cuenta que para suprimir el sistema autonómico, antes hay que reformar la estructura administrativa y aquí la bifurcación: si se mantiene el estatus de los funcionarios, ¿dónde y cómo se les reubica? Si se les desvincula -deduzco que muy generosamente con dinero público- de sus puestos, se enrolarán en el I.N.E.M. aumentando el problema.
Durante el "boom" de la construcción el excesivo enriquecimiento ha sido algo sólito. La cantidad de dinero negro que generó es, posiblemente, inimaginable. Intuyo que en las tácitas "recomendaciones" de la U.E. una es la de buscar ese dinero y sacarlo a superficie. Todos sabemos que no es tan difícil encontrarlo... aunque esté envuelto en papel de periódico como un buen bocata de sardinas. Dinero negro cuyo rastro también puede ser seguido en una buena parte de los "autónomos" que han conseguido, milagrosamente, un patrimonio sospechoso. ¿O hay alguien que aún no sepa lo que pasa cuando se avería la lavadora o se rompe una tubería? ¿Quién no conoce a un fontanero con chalet, cochazo, ..? No digo que sean todos: afirmo que hay muchos que durante años han defraudado, mentido a Hacienda, con una contabilidad falsa que les ha reportado beneficios notables. De algunos comerciantes que hicieron su "agosto" en la bonanza, ni qué hablar aunque ahora perjuren que están en la ruina.
Pero, claro, lo cómodo es centrar la vigilancia en aquellos que están "fichados", en pensionistas, parados con prestaciones, etc... Lo otro implica moverse, trabajar, y eso es duro.
La cuestión de las entidades financieras, mejor ni tocarla, no sea que en las próximas elecciones no les concedan los créditos que necesitan para las campañas; créditos que luego se pagan con fondos públicos dependiendo de la representación conseguida. Los bancos y cajas que sigan obteniendo beneficios y practicando la usura que, además, se les "ayudará" con dinero de todos. Y aquellos que han gestionado mal poniendo en un brete a los pobres clientes, que se vayan de rositas mientras siguen ejecutando hipotecas e iniciando procedimientos por dos letras impagadas.
Entre tanto, nosotros, en casita estamos mejor viendo lo bien que baila la gilipollas de la Esteban y ensalzando su ordinariez en la que, parece ser, nos vemos reflejados y de ahí la empatía.

domingo, 9 de mayo de 2010

El velo que va delante es el que alumbra


En España todo se legisla -otra cosa es que luego ese exceso de legislación sirva para algo que no sea malinterpretar la ley, manipularla o colapsar los juzgados con estupideces- y ahora, tras una polémica inútil y cargada de intenciones ocultas, se pretende legislar sobre el uso del velo musulmán.
El uso del velo no encierra peligro en sí mismo. Lo que entraña es un reto, un desafío descarado y el interés por hacer prevalecer un criterio sobre la costumbre o la propia norma.
El velo no se está usando como objeto testimonial de una fe, sino como arma. Imponer el velo no es imponer un derecho a una sociedad que garantiza y respeta los derechos, sino imponer una voluntad incisiva basada -fomentada- en el imperativo expansivo de una religión que desdeña las normas y el poder civiles sobre la religión.
El velo, como manifestación orgullosa y visible, como símbolo enardecido de pertenencia a una doctrina, no tiene más trascendencia que la cruz lucida en el pecho, el tatuaje en el antebrazo o el lunar en la frente. Pero, como aliento teocrático es, sin duda, un ultraje.
Un ultraje por contradictorio: no se puede exigir el derecho a llevar libremente el velo cuando lo que con ese velo se proclama es la supresión del derecho que permite llevar el velo.
El debate, pues, en mi modesta opinión, no es "velo sí o velo no." La cuestión, creo yo, estriba en "religión, ¿hasta dónde?" y, desde luego, nunca por encima de la norma política, de la norma civil.
Del burka y otros peligrosos embozos... hablaremos otro día. ¡Si Esquilache levantara la cabeza!

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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