28/05/2010

La guerra de Murphy


Durante la Segunda Guerra Mundial un submarino alemán torpedea el barco mercante de Murphy (Peter O'Toole sobrio) en el delta del Orinoco. El sanguinario Lauchs, capitán del submarino, lejos de compadecerse de los tripulantes náufragos, ordena ametrallarlos. Todos mueren excepto Murphy y el piloto de reconocimiento. Murphy logra llegar a la costa...
La precisión de los detalles es aleatoria y suficiente. Sólo la vi una vez: la compré, la vi, la presté, la perdí: no volvió. No la olvidé.
A Murphy el azar le depara una isla, un submarino alemán y un torpedo intacto con el que procurarse venganza.
No sé muy bien si a la historia se le puede inocular un aspecto metafórico, o de fábula, y condensar su interpretación en el empeño por cumplir a toda costa con un sagrado deber o en la obsesión denodada de un hombre por destruir a su enemigo. Quizás sean la misma cosa propuesta desde divergentes puntos de vista, aunque con un origen común.
El caso es que, sea deber o sea obsesión, Murphy termina hundiendo el dichoso submarino y lo paga con una muerte horrible.
Extrapolando términos, casi podríamos comparar esa película con la situación actual de nuestro señor Presidente y su submarino "Crisis" desde el que, no conforme con hundir cuanto queda a su alcance torpedero, además, despliega su sadismo absolutista rematando a quienes tratan de sobrevivir aferrados a una deleznable tabla. Su tenacidad irreductible -fruto de su fanatismo radical- de culpar a todos y a todo menos a sí mismo y la pertinacia con que en su alocado afán nos está depauperando ha llegado a ese extremo abominable.
El héroe destinado a enmendar el desaguisado, ya sabe lo que le espera.