viernes, 12 de marzo de 2010

La sombra del ciprés


Quizás, no lo sé, el Nini se asomará a la boca de la cueva y pensará: "es la ley". La ley de la vida y de la muerte. Se asomará y comprenderá que el ciprés se yergue como una proeza señalando el destino anhelado por los hombres.
Con don Miguel aprendí cómo es el viento que bate, apoteósico, las espigas despojándolas de la mortal escarcha; lo que es la soledad orgullosa; el dolor, la compasión, la miseria, la ternura impecable de la gente sencilla, la resignación ante la adversidad poderosa e inevitable, ante el ciclo inexorable e inclemente de la vida.
Con sus palabras se crispó indignado mi espíritu reventado por la injusticia de los caciques y los señoritingos, por la frivolidad, por ver la humildad sometida a voluntades y vanidades insoportables.
Descubrí palabras sencillas, nombres, lugares impensables: cotarraDonalcio, Pezón de Torrecillórigo, Azarías, Mamés, Quirce, Régula, Columba, Cayo...
El tiempo lo midió en cinco horas, en el santoral, en la mirada tensa a la luna y a la nube cerrada y opulenta que se acerca por un horizonte impreciso...
A su través vi la vida de los desgraciados, de los miserables humillados y vi cómo la dignidad y el afán de sobrevivir empujan a resistir estoicamente.
Aprendí cómo las palabras son capaces de estremecer y emocionar. No las palabras: sus palabras.
Las escritas, porque en las volanderas se prodigaba poco.
Afirmó el periodista:
-Don Miguel, es usted muy lacónico.
-Sí- respondió Delibes.

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