viernes, 18 de junio de 2010

Copago, factura y gasto

Informar de lo que cuestan una operación, un tratamiento o un medicamento no los convierte en evitables. La emisión de una factura tampoco significa que quien la reciba vaya a tomar conciencia y, estando enfermo o no, renuncie a ir al médico para amortiguar el gasto sanitario.
El copago -aunque con reservas: hay tantos argumentos válidos a favor como en contra- puede estar bien como ingreso extraordinario, como fondo de ayuda al sostenimiento de la sanidad pública. Pero, más allá de esto, sea el copago útil o no, sea bueno o no, lo cierto es que la emisión de facturas es, sencillamente, un gasto superfluo más. Un gasto que, por poco que sea -que no lo será-, es perfectamente prescindible y que ahora mismo carece de sentido y de necesidad.
Desconozco los datos actuales del número de usuarios que acuden a los servicios sanitarios así que, como cifra ejemplar, haré una cuenta ficticia y, espero, ilustrativa a la vez.
Supongamos que a diario se entregan -entre unas cosas y otras- 1.000.000 (un millón) de papelitos con el importe de lo que el servicio usado cuesta. Supongamos, también, que cada una de esas esquelillas inútiles soporta un valor de 1 (uno) euro -papel, tinta, consumo eléctrico de la impresora, etcétera...- La cantidad de gasto diaria en esa simple tontería es, pues, de un millón de euros. Bien. Cójase ahora la calculadora y multiplíquese ese millón por 365 que son los días -en general- de un año. 365 millones de euros, comparados con la inmensidad del mar, pueden parecer una bagatela, una nadería; pero, no lo son. No lo son porque, entre otras cosas, ese dinero puede aplicarse a que durante un año 30.417 familias reciban una renta de 1.000 euros al mes, por ejemplo.
Cuando la economía va mal, cualquier familia lo sabe, lo primero que se hace es hurtar los gastos superfluos que, en su pequeñez, minan la renta. El problema, quizás, radique en que ninguno de estos encapullados que nos gobiernan, y que en su mayor parte proceden de una burguesía consolidada -aunque tengan que amputarse la memoria y apelar a abolengos de dudosa catadura y veracidad-, ha subsistido nunca con una renta equivalente a mil euros; no digamos ya con una de 440.
Europa pide. Que pida. Hagan recortes; pero, hagánlos con cabeza y, por supuesto, empezando por los derroches políticos y su comandita.
No copien a otros países porque las situaciones son distintas. Hagan un esfuerzo de inteligencia y piensen, busquen soluciones nuevas. Y si son incapaces, déjenlo. No gasten más en estupideces, no gasten en un papel que terminará, irremediablemente, en la papelera más próxima al hospital o al centro de salud.

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