lunes, 27 de septiembre de 2010

YO TAMBIÉN CORRÍ DELANTE DE LOS "GRISES"

Ayer vi un reportaje (una redifusión) en la que maricas, maricones, homosexulaes, "gays" (cómo odio esa palabreja), transexuales, travestidos, travestidas, bebidas con gas y carracas de portalillo pedían -como no puede ser de otra forma- la recuperación de su dignidad, el reconocimiento de su entidad y, de paso, la reparación de los duelos y quebrantos sufridos durante la dictadura a base de fresca moneda.
En España, la restauración del honor y la devolución a la vida activa del orgullo y el crédito, el pago a las vejaciones sufridas siempre pasa por la liquidación del finiquito en caja.
Cada colectivo afectado tiene derecho -nobleza obliga- a ver reconstruida esa parte de su natural derribada por la intolerancia. Cada ser víctima de los rigurosos desmanes del franquismo (o de los otros, que también las liaban pardas) tiene derecho a ser satisfecha por todo lo que se le negó o usurpó. Sin embargo, creo que el medio de restituir lo expoliado no ha de pasar necesariamente por recibir pastizarra -que siempre viene bien-.
Aquí, salvo los afectos al régimen, excepto los franquistas de pro (o sea: los papases y mamasas de grande parte de los gobernantes actuales, Zetapé incluido) todo el personal las pasó entre canutas y las de Caín.
Olvidamos con frecuencia que la represión fue para casi todos y que se ejercía de muchas y variadas maneras. Olvidamos, por ejemplo, cómo hijos de republicanos ajenos a toda actividad política y sólo por el hecho de ser eso, familiares, sufrían visitas habitualmente, una vigilancia exhaustiva e intolerables represalias sin motivo alguno. Casi nadie estaba a salvo. Según la lógica (harto demagógica de estos zotes que nos gobiernan porque nosotros el pueblo, más agilipollado que soberano, así lo hemos decidido) de estos mancebos de triste putanar arrabalero, toda esta gente debería recibir idéntica percepción.
La tarea más ímproba y ardua sería, claro, demostrar aquellos abusos. Más cuando en este país, tras la muerte del infausto dictador, al parecer, todos hubieron corrido en los perversos sanfermines grises.
Yo también corrí. ¡Ya lo creo que corrí! Pero tuve la fortuna de hacerlo más que la pareja persecutoria. No obstante, no pediré indemnización. Primero porque escapé y segundo porque no vaya a ser que a cuenta de la única piedra que tiro contra el reverbero de una farola y atino, lo que me dieran me lo quitaran, luego, para pagar los daños causados al mobiliario urbano.
Recuerdo, no sé si con precisión, unos versos del Calderón:
Al rey la bolsa y la vida
se han de dar;
pero, el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios.
Y es que quien quiera dinero para reparar su honor mancillado, poco honor tiene. Más cuando, como en el reportaje en cuestión, hay algunos que flamean el derecho a resarcimiento falsamente ya que, por edad, no pudieron haber vivido los horrores del torvo Paco.

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