viernes, 1 de octubre de 2010

Entre la blanca y la roja, su majestad escoja...

Francisco Quevedo
Si algo bueno tienen las épocas de censura y de mordaza es que obligan a desarrollar el ingenio. Fintar el rigor de los tarados que detentan el poder, que lo sustentan gracias a la demagogia o que lo ostentan por mor de siniestros poderes silenciosos, se convierte en un arte necesario.
Esquivar a los intocables de invertida fortuna, o a los de áurea coronilla y cianosis sanguínea, o a los perversos impostores de enjundia puñetera, o a los rebaños de pares y lamentos, puede ser una hazaña de mérito notable y con derecho a quedar registrada si no en sus anales, sí en los de la Historia.
Y lo importante es eso; lo emocionante -por excitante y arriesgado- es perder el miedo (no la precaución)  y  con dulces palabras afiladas, si es posible, hacer que depongan incluso el poder.
Que una vicepresidenta, por ejemplo, más que hablar escupe y más que escupir esputa : leña. Que el presidente no es un Pericles admirable y carismático adonis trigueño sino un machaca  broncíneo del jefe del infierno: leña. Que si, mío, colorado tira, no afloja y miente más que parla vacía: leña. Y así, uno por uno, sucesivamente.
Soy consciente de que para eludir sus tentáculos censorios hay que tener talento. Yo no lo tengo. Mi ingenio, bastante primario, carece de las cualidades precisas. Pero, animo a todos aquellos que tengan la capacidad a que lo hagan porque, por lo menos, así puede ser posible que todos desarrollemos un poco más nuestras precarias inteligencias y visitemos menos a la Esteban y más a Quevedo.

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