miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ocaso

Renuncio. Me ha vencido la vida. Estoy demasiado cansado para seguir participando en este absurdo tinglado. Renuncio.
Seguiré escribiendo; a tramos. No sé qué, no se cómo, de cuando en cuando. Lo seguiré haciendo porque aún me fascinan las palabras. Pero, ya no será lo mismo. Ya no hay espíritu que las respalde; ninguna pasión que las impulse: serán palabras hueras.
He perdido. Aposté contra el tiempo, contra Dios, y he perdido. Me duelen los dedos, los ojos, cada articulación, cada músculo, cada falsa sonrisa que he lucido para ocultar la insolente verdad que me acuciaba, el alma.
Ya no me queda nada salvo un aljibe de lágrimas pugnando por salir y el tormento incesante que arrastro desde mi primer vagido.
Si pedí clemencia, renuncio. Si pedí perdón, sin absolverme, renuncio. Si pedí un favor, lo siento. Si pedí socorro, lo retiro; renuncio.
Desde hoy vagaré por donde no pasan los hombres; me zambulliré en el silencio severo, en la oscuridad austera, dura, implacable. Ni volveré al amor ni volveré al miedo. Los dardos quedarán como recuerdos perennes de mi suerte adversa. Vagaré entre árboles infaustos sometidos al cruel viento. Iré, descuidado, por esa senda abominable que desfigura el rostro y calcina el corazón hasta convertirlo en un pedazo de duro y negro carbón.
A esos que me llamaron amigo, mi gratitud. A quienes no, mi desprecio. A cuantos dejo atrás, ya no os espero.
Y si alguien se cruza en mi camino, y me reconoce... que no me salude, que no me pare, que no espere de mi la triste compasión de un abrazo ni el consuelo elemental de un saludo; que me deje marchar y vea mi espalda lacerada y cómo mis pies se hunden, deshechos, destrozados, en el barro voraz de una vida que se extingue.
Nadie diga, desde hoy, de mi que oyó un nuevo lamento. Que nadie me pronuncie; de nadie en el recuerdo. No quiero lastres, no quiero premios. Quiero mi olvido y el vuestro y quiero dormir, sosegar mi cuerpo torturado y lo que lleva dentro.
No os digo ni adiós porque ni siquiera el adiós, ni siquiera a Dios, ya espero.

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