jueves, 24 de marzo de 2011

Listas abiertas, tontos cerrados

Apenas he abierto los párpados (una greguería: la persiana es el párpado de la ventana) me ha venido a la testa la frase de González Pons rechazando con un argumento del calibre 7'63 estúpido las listas abiertas.
Para este fulano, y por ende para su partido, las listas abiertas no son solución de nada. Para los políticos, evidentemente, no son convenientes. Pero, que a ellos no les convengan no significa que no sean posibles y efectivas.

Lo cierto es que tal y como está montado el tinglado político, a casi ningún partido le interesa modificar el sistema e implantar las listas abiertas para la elección de representantes. Huelga explicar el porqué.

 No obstante, uno de los razonamientos esgrimidos por el señor González es que dicho sistema ya está establecido para el Senado y "la verdad es que la gente no las utiliza" (sic).

Este elemento no quiere tener en cuenta -y mucho menos proclamar- que el Senado español es una rémora, una institución carente de contenido e inservible: nuestro Senado es una simple excusa para que un montón de ñores y ñoras vivan del cuento y lo hagan más que bien. Nuestro Senado es inútil y costoso, carece de prestigio y de sentido.

Una de las explicaciones, la más lógica por simple, sería que la gente no "usa", aquí, las listas abiertas porque al estar viciado el Senado en su propia esencia es absurdo ejercer una facultad cuyos resultados son intranscendentes por:
A) Los senadores votan en función del imperativo impuesto por sus respectivos partidos y no por el interés de los territorios menores que representan.
B) No tiene potestad legislativa real con lo que, como mucho, pueden perder meses mareando una perdiz.
Ante esta perspectiva, ¿para qué utilizar las listas abiertas?


Las listas abiertas, señor González, tienen sentido y validez para la elección de "congresistas" (aquí son diputados) porque -y usted lo sabe- no sólo la ciudadanía mantendría en tensión, en vilo, el futuro y permanencia de cada representante electo, sino que en sí mismas se comportarían como un factor depurativo en los propios partidos.

Eso, claro, a ustedes, en el cotarro elitista que tienen montado, les pone un poco nerviosos. Como ustedes no quieren pregonarlo, lo haré yo.

Resulta que en las listas cerradas los candidatos se colocan ordenada y jerárquicamente de forma y manera que se asegure la elección de aquellos que dominan los partidos y sus estructuras. Así, Rajuá y Zetapetero (o quién sea) no se presentarán como cabezas de lista por Argamasilla arriesgándose a quedarse en el banquillo, sino que lo harán por un lugar que les confirme los votos y el escaño. No sé si me explico. Y así sucesivamente.

Con las listas abiertas esta seguridad se elide porque da igual la circunscripción por la que se presenten; el ciudadano puede prescindir de los primeros de la clase y votar masivamente a quienes ocupan los puestos trigésimo segundo, vigésimo cuarto, decimonono o quincuagésimo octavo y dar al traste con el tenderete: los jefes quedarían fuera del juego y en el Congreso el candidato a presidente del gobierno sería Juan Cordero, agricultor de Galbarros, o Martín Entrevero de Cacabelos y no los próceres de cada "formación política". No sé si me explico.

Para evitar esto tendrían a mano una solución arriesgada no por atrevida, sino por desesperada: reducir al número "justo" los incluidos en cada lista (como para el Senado); pero, esto, también acarrearía graves inconvenientes. Uno de ellos, que se quedaran en el lance (sin extremar mucho la cosa) sin representación. No sé si me explico.

Pero, además, las listas abiertas son un peligro -aunque no lo parezca- para otros estamentos que se tambalearían con los cambios estructurales y conceptuales que se operarían con dicho sistema. 
Por eso, señor González Pons, no las quieren, interesadamente, ni ustedes ni ninguno de los políticos que ahora gozan de una seguridad que de otra forma...

viernes, 18 de marzo de 2011

Tornadizos

Negar, con la cantidad de evidencias que jalonan nuestra vida cotidiana, la corrupción política es un ejercicio de cinismo en el sentido más peyorativo del término. Ninguna defensa es posible, ninguna explicación plausible, cuando el grumo de pruebas es tan demoledor y sólo la arbitrariedad sectaria es capaz de ver honradez donde una contundente demostración indica vileza aplicada a granel, al por mayor.
Los dos raseros, las dos varas de medir, forman parte de la esencia humana, de la simpatía y afinidad o de la antipatía que destilemos por algo; pero, también, forma parte de la estupidez.
El juego político, no obstante, tiene estas peculiaridades magnificadas además por cada recurso artero usado en la partida. Ahí jugamos todos: desde el político "profesional" hasta los políticos de salón y barra fija, los mindundis que polemizamos en el bar o en el descansillo de la escalera. Nuestra inclinación, nada ecuánime, al "y tú más" es proverbial. En nuestra idiotez consumada, creemos que ese "y tú más", ese "y tú, ¿qué?", justifica cualquiera canallada practicada por "los nuestros" cuando en realidad lo que confirma es que tanto en el ánodo como en el cátodo la suciedad campa por sus fueros.
La corrupción en política es un hecho habitual; forma parte de su naturaleza. Todos sabemos que está ahí desde siempre pero la hemos pasado por alto porque, en principio, no nos afectaba lo suficiente y porque somos conformistas y cobardes. La hemos admitido (no sólo soportado) como algo consustancial e inevitable, hemos incluso acuñado frases escandalosas y reveladoras de nuestra estolidez intrínseca; frases que, analizadas siquiera someramente, deberían ponernos los pelos como escarpias por lo que revelan de nosotros mismos: "Para que roben éstos, que roben los míos". ¡Que roben los míos! Asumimos con naturalidad, no con resignación, que no queremos desprendernos del yunque que nos hunde en el abismo. Claro que "sarna con gusto...".
De la pléyade de políticos que conozco personalmente, sólo hay uno por el que me rompería el alma defendiendo su honestidad y lo mejor de todo es que ni siquiera es de "mi" partido. Del resto, presumo de antemano que el status los va a corromper si es que no están ya adulterados por la vanidad, la arrogancia paleta y el dinero fácil.
Pero, lo que son las cosas.
Anoche oí a un político asumir una crítica y reconocer que su calaña es uno de los graves problemas que tenemos en España. Afirmó que, en efecto, nuestro país precisa una urgente "regeneración" (yo creo que es "instauración": no se puede regenerar lo que, previamente, no ha sido generado) de los valores políticos, como si estos fueran diferentes a los valores en general resumidos en uno: la Ética.


Pues decía, digo, este tipo que tenían que hacer poco menos que examen de conciencia y propósito de enmienda y recuperar la confianza de la sociedad. Aquí es donde maliciosamente sonreí. Hasta ese punto nos consideran gilipollas. ¿Ellos, los mismos que están ahora sembrando de miseria y vapuleando en buen nombre de la Soberanía, residente en el Pueblo, tienen que hacer algo para cambiar el estado de las cosas? Ellos son el problema, ¡ellos! Las personas con nombre y apellidos que están actualmente gozando de las prerrogativas que nosotros, bobaliconamente, les cedemos. En ningún momento se le ocurrió (o tal vez sí) que la solución pasaba por que todos los están ahora se apeen del carro y dejen paso a otros. ¡No, eso no! Los mismos que están ahora y que han tenido años y años para desmontar su "legendaria" caradura, ¿son los que van a reponer la confianza, a cambiar? Evidentemente no. No se les ocurre renunciar. Saben que el problema, el impedimento, son ellos pero se niegan a dejar de concursar. Así, la única posibilidad de remoción de esta gentuza es la facultad del ciudadano aplicada con todo rigor y contundencia, el uso de la potestad más sagrada en democracia: el voto.
Mantener a esta grey de truhanes no sólo es un error sino que quien los renueve con su voto será cómplice de sus desmanes. Eso es tan claro como el agua de manantial. Y empezamos a combatirlos ahora, o adiós a la democracia.

jueves, 17 de marzo de 2011

Pagar por lo que no se tiene

Si algo bueno ha tenido esta crisis demoledora es que ha generalizado, también, términos y conceptos que antes pasaban de largo y, de alguna manera, ha removido algunas conciencias y ha modificado algunos criterios. Nos ha enseñado que el más tramposo no es el ciudadano que, víctima oportuna y sin derechos, no puede cumplir con sus compromisos de pago, sino quienes emitieron dinero que no era dinero y sin respaldo alguno y reciben, además de ayudas, dinero de verdad en un perfecto timo de la estampita: entidades financieras y gobierno.
Pero, tanto "gobierno" como "entidades financieras" son entes -lamento la redundancia- abstractos carentes de responsabilidad. Por eso la responsabilidad recae, íntegra y contundente, sobre el ciudadano que sin catarlo se ve de repente abocado a satisfacer y enmendar los fraudes de otros.
Acudir a la "justicia" para remediar el asunto es de ilusos. El ciudadano carece de recursos para combatir. Ni siquiera puede acudir con garantias a las asociaciones de consumidores porque todas, TODAS, visble o invisiblemente, dependen de algún partido político, de alguna gran empresa o están influidas por alguna estructura poderosa que las financia y las cobija. Es como acudir al Defensor del Cliente de un banco a sabiendas de que dicho "defensor" está en la nómina de la casa. ¿A qué cliente va a defender?
No estoy en eso, sin embargo.
He titulado la entrada "Pagar por lo que no se tiene". Me refiero a las viviendas, a las hipotecas ejecutadas en donde con peculiar criterio, el hipotecado pierde su casa y aún así debe seguir pagando al banco. Sobre el asunto he oído argumentos de lo más peregrinos para justificar el robo (a mi me parece que media una cierta violencia).
No voy a pormenorizar cada una de las estupideces que se argumentan (y que los jueces admiten como válidas) por los bancos para recuperar "su" dinero porque sería largo y tedioso desenmascarar cada una de las contradicciones. Solamente voy a centrarme en un detalle que a nadie se le ha pasado por alto pero que, no sé por qué, a jueces, medios, etc.., sí. En una incongruencia lamentable a la todavía no encuentro sentido ni justificación. ¿Por qué una vez ejecutada una hipoteca no queda la deuda saldada? Se "entrega" el bien, por lo tanto se "entrega" el valor. Con mucha insistencia se aduce que sí, se entrega el bien pero disminuido de valor, y se olvida que es el banco el que tasó, el que puso el valor y que, por ende, igual que en él repercute una posible revalorización debe, en la misma y justa medida, repercutir la depreciación. No es lógico que el hipotecado se quede sin nada y el banco reciba el bien y el dinero íntegros. Sobre todo porque si el hipotecado consigue ir pagando sus cuotas, entonces se le debería devolver el bien.
En España llevamos siglos sufriendo la usura descarnada y descarada con el beneplácito de políticos y jueces que nada hacen por crear un sistema equilibrado. Ortega y Gasset ya denunciaba el pasado siglo la lamentable práctica bancaria y la complacencia de los estamentos de poder consciente de que Spain is different.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Malas pécoras

No doy por zanjada la crisis; pero, sí hemos perdido una oportunidad de oro para cambiar todo lo que nos ha metido de buces en ella. No sólo no hemos modificado el sistema y su estructura sino que, además, los hemos reforzado. Deberíamos haber aprovechado la situación (la coyuntura) para remover un esquema nocivo para la sociedad. En lugar de eso, nos hemos limitado a protestar con sordina, a quejarnos sovoz, y a seguir alimentando al Leviatán. Lejos de impulsar cambios, hemos claudicado y nos hemos empeñado en restañar las heridas de aquello que, a nosotros, nos ha procurado la angustia, la amargura, la ruina. La configuración de los entramados políticos, siendo contrarios a los intereses democráticos, siguen intactos; la organización bancaria, su poder, su exagerado poder, sigue incólume; el entramado laboral, la relación obrero-empresario se ha reforzado en favor del "patrón"...
Nos han engañado, nos hemos dejado engañar, manipular una vez más por grandilocuencias infestadas de miasmas falaces. "Hay que arrimar el hombro"; "hay que estrecharse el cinturón"; "es hora de sacrificarse por tu país"...
Frases hueras que no hemos querido analizar ni ajustar en su verdadero valor; frases horras con cuya aplicación sólo se beneficia, una vez más, el poderoso.
Mientras el ciudadano ve cómo la "ley" le quita su casa mientras los banqueros siguen viviendo en sus mansiones exageradas, con sus criados, con sus privilegios. El ciudadano, mientras rebusca en un contenedor algo para comer ve cómo el político -el mismo que le pide el esfuerzo- mantiene sus prerrogativas y, más aún, hace un uso infame de la potestad que se le ha confiado prevaricando, robando impunemente, despreocupándose de quienes le concedieron la custodia de una de las cosas más sagradas de la sociedad: su gobierno.
Todos han defraudado la confianza y ninguno ha pagado por ello. El patrón también es pescador en este río revuelto. Consciente del estado en que están las cosas, sabe que sus condiciones son las que pesan.
Podríamos habernos rebelado, haber dado un puñetazo en la mesa y haber limpiado la casa que se nos hunde. Hemos preferido, empero, agazaparnos lloriqueando en un rincón oscuro y esperar a que todo pase, a que un milagro resuelva una realidad que nos empecinamos en creer falsa, en pensarla como un espejismo que con un poco de tiempo se diluirá en el paisaje.
Me ha decepcionado la sociedad. Yo mismo me he decepcionado. Debería haber cogido mi bandera y haberla ondeado hasta la extenuación sin esperar a que otro posará sus manos en el mástil y me ayudara a agitarla. Somos cobardes. Tenemos miedo a enfrentarnos a quienes se sustentan en posiciones y escaños de poder porque nosotros así lo decidimos; tenemos miedo a encararnos con quienes imparten "justicia" porque nos parecen dioses cuando ni siquiera son ídolos; tenemos miedo a plantarnos frente a quienes nos han exprimido con su usura, nos han expoliado cruelmente, porque la guerra sería demasiado larga y costosa y eso, claro, es demasiado para espíritus tan laxos como los nuestros.
No obstante, lo peor de todo es nuestra reticencia a fraguar una unión, a forjar una alianza de ciudadanos libres que no se sometan al yugo gregario de la ignorancia.


Lo siento; pero, no. Vivo en un país absurdo, patético y sórdido. Vivo en un país de personajes coronados por el esperpento. Me doy asco y me da asco una ciudadanía traicionera y cobarde, conformista e hipócrita. Yo, al menos, tengo algo a mi favor: nadie me podrá negar que aunque lo he perdido todo, he luchado cada milímetro, cada segundo, hasta que ya no pude más. Ahora, vuelvo al rebaño a mirar y a sonreír estúpidamente mientras los lobos hincan sus colmillos en mi cuello. A mi alrededor, otras ovejas balarán histriónicamente gritando "¡el lobo, es el lobo!"; pero, ninguna dará un paso al frente y correrá en mi auxilio ni en ayuda de ninguna otra oveja. Cuando le llegue el turno, es posible que alguna pécora le oiga quejarse de que la han dejado sola.

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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