miércoles, 19 de enero de 2011

El don de lenguas

Recuerdo, vagamente, el esfuerzo del padre Tenaguillo ("no os llamaréis padre en la tierra, que uno sólo es vuestro Padre que está en los cielos") por hacernos comprender el milagro por el cual un grupo de elegidos accede a la facultad políglota. Nos ponía las filminas y en la pantalla aparecía la elite apostólica tocada con unas llamitas, las lenguas ígneas simbólicas de su nueva capacidad.
En la ignorancia de aquel tiempo remoto en el vetusto Colegio Diocesano, nos parecía maravilloso. Ahora, desvelado el truco, el "milagro" adquiere tintes mucho más prosaicos y decepcionantes: esas lenguas no son más que simples pinganillos sublimados por el fervor devoto; tras ellos, los trujamanes mercenarios convirtiendo Babel en la misma Babel pero un poco más entendible.
Hay, sin embargo, matices destacables. Los apóstoles necesitaban difundir su fe entre seres hablantes de otras lenguas que ellos desconocían y de ahí la necesidad de los traductores. Doy por cierto que entre ellos la comunicación se hacía en la lengua vernácula común no ya por ahorro de moscardones zumbando en la oreja, sino por simple, pura y llana COMODIDAD. Eso sin contar con las dudas que me asaltan: ¿Quedarán todas las traducciones iguales, con el mismo sentido? Cuando hable un senador catalán en catalán a los senadores vascongados, ¿se lo traducirán al castellano o al éuscaro?

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