sábado, 16 de abril de 2011

Los que ya no esperan nada

A veces la vida sale mal.
He conocido a muchos hombres que han luchado hasta la extenuación; hombres honestos que bracearon sin rendirse en la tormenta, sin resignarse a morir engullidos por las turbias aguas de la tempestad.
He conocido a muchos hombres que sólo han conocido de la vida su cara amarga.
Fueron -algunos aún lo son- hombres cansados. Fueron -algunos todavía lo son- hombres hundidos que en el fondo de una botella esperan el milagro redentor mientras aprietan sus puños y claman en silencio, mientras maldicen sus suertes, mientras blasfeman contra un Dios que los abandonó en las cunetas heridos de muerte.
He conocido hombres en quienes la injusticia se cebó hasta romperles el pecho y el alma.
No recuerdo sus nombres. Quizá nunca tuvieron uno. Tampoco recuerdo sus caras, sus miradas difamadas por el dolor. Nadie los recuerda. Pasarán por la vida en silencio, regados por la pena y el olvido.
Pero, yo los conozco. Sí, yo los reconocería en cualquier parte como se reconocen los espíritus afines, los iguales arrasados por la miseria y la derrota. Los reconocería porque yo, no lo sé, soy uno de ellos.

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