sábado, 30 de abril de 2011

El buen salvaje

Recuerdo -vagamente- aquello del mito del buen salvaje con que Rousseau, a través de Emilio, propone su contundente aforismo: "El hombre es bueno por naturaleza; es la sociedad quien lo corrompe".
Puede que así sea; que una sociedad perturbada, obscena, viciada y corrupta influya de manera determinante y empuje al vicio y la corrupción. Pero, aunque no fuera así y el ser humano destilara perversión y malicia de natural suyo (que se dice), lo cierto es que las circunstancias, siempre, o bien acompañan o bien espolean hacia un comportamiento ruin, a la vesania atroz.
Es inevitable que el hombre, en este peculiar redil que es el mundo, sostenga conflictos con sus congéneres y que en tales enfrentamientos trate, cada individuo, de imponer sus demandas; es lógico que cada uno defienda lo que cree suyo o se defienda de lo que cree le perjudica.
Lo que quizá no sea tan razonable es el ataque, la ofensiva. Cuando ésta se produce, pocas opciones quedan al "agredido". Puede intentar sustraerse a las circunstancias que elementos externos le imponen. No obstante, antes o después, las circunstancias son más poderosas y arrastran no sólo al perjuicio de los actores, sino al daño por proximidad de otros seres ajenos a la disputa.




Yo no sé si el ser humano es esencialmente bueno o malo (el maniqueísmo no es una doctrina que me quite el sueño); lo que sí sé es que todo tiene un punto de inflexión, de no retorno. Todo tiene un momento concreto en el que la razón se nubla y deja paso al instinto de supervivencia, al rencor, al odio, a la maldad. A una maldad que la ley humana castiga y que está, por otro lado, plenamente justificada. Y todo eso viene provocado por agentes externos que proyectan lo que recibieron concatenando una actitud que se remonta al origen de los tiempos, perpetuando una maldad a la que muy pocos eslabones pueden escapar. Sí, las circunstancias procuradas o favorecidas por otros hombres nos ponen frente a lances extremos y, más tarde o más temprano, nos obligan a reaccionar. Sobre todo cuando ya estamos plagados de heridas y cuando ya no tenemos nada que perder. Entonces embestimos con las fuerzas robadas a la flaqueza y arrasamos todo lo que podemos mientras otros, quienes lo provocaron, se llevan sorprendidos las manos a la cabeza.

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