miércoles, 11 de mayo de 2011

Mi pequeño homenaje

Podría intentar unas palabras, evocar algún recuerdo, contar alguna de las anécdotas que presencié y disfruté. Sin embargo, creo que el mejor homenaje que puedo hacer a la abuela Elisa es dejar aquí, en mi mediocre blog, la letra de uno de sus nietos.


Cien años de la abuela Elisa (I)

No sólo va sumando años a la vida, sino que tiene particular empeño (perdonen la frase manida pero cierta) en sumar vida a los años.

Cuando crees que ya la conoces bien, inevitablemente te acaba sorprendiendo. Lo asombroso no es la fecha de nacimiento que pone en su D.N.I. (17 de abril de 1911) sino otras muchas cosas: su desenvoltura y resolución ante las situaciones, su particular forma de cuidarse, su conexión con el mundo que la rodea, su afán por informarse de lo que pasa en la sociedad, sus ganas de seguir aprendiendo todos los días, su disposición a adaptarse a los cambios, sus conversaciones, su sabiduría sencilla, sus sentidos (incluido el sexto) siempre atentos a cómo le va a la gente que quiere, su capacidad de disfrutar de las cosas que de verdad le importan en la vida…

Tú no le has contado un problema para no preocuparla y, el día menos pensado, te suelta una frase cómplice y lapidaria. No sólo se ha percatado de todo, a la chita callando, sino que además, como el que no quiere la cosa, te deja caer su diagnóstico y su consejo, tantas veces certero.

Cuando sus hijas estaban todavía intentando enterarse, ella (con noventa años entonces) ya había aprendido a administrar su pensión y comprar en euros, o a ir a recargar la tarjeta de su teléfono (“anda, claro que tengo móvil, de los primeros que salieron”, presume aún hoy).

Hasta no hace muchos años, iba a comprar, hacía gestiones en el banco… Con cien años vive sola en un piso, aunque al lado del de una de sus hijas. Sigue cocinando y, si te pasas a verla, como poco te prepara un café pero, si es la hora, te quedas a comer o a cenar, que ella ya improvisa en un momentito. Escucha la radio (“me gusta más que la televisión, que siempre está con las mismas tontunas” dice, refiriéndose a los programas del corazón, aunque las telenovelas sí le gusta seguirlas). Le dijeron alguna vez que era “la mujer más rica del mundo” porque ha gozado toda su vida de buena salud: asegura que no sabe lo que es un dolor de cabeza. Hace unos años tuvo rotura de cadera, pero le colocaron prótesis y hala, a seguir caminando, con zapatos altos si es preciso. No se descuida físicamente. Pasea por la calle a diario, salvo que el suelo esté helado (el frío le da igual, es abulense). Y no se descuida mentalmente. Le gusta mantenerse activa y estar al día, disfruta de la lectura y de la conversación. Pero sin malos rollos, eso sí: no aguanta que le dé el tostón la gente negativa que siempre se está quejando de todo. Es animosa: sabe afrontar las penas que trae la vida y sabe paladear las alegrías.

Que tu abuela cumpla 100 años y seguir disfrutando de ella es un privilegio. Pero tener una abuela como Elisa, con independencia de su edad, es en sí mismo un privilegio.

 Carlos Javier Galán.

Cada dolor

Sostengo que, así como el dolor individual siempre es el mayor dolor posible -por tanto incomparable y respetable-, un solo segundo puede contener todo el dolor del universo, el dolor más intenso e insoportable.
Por lo mismo opino que el sufrimiento es independiente de su causa ya que el mismo origen no tiene por que manifestar idéntico grado de tormento en personas diferentes.
La pérdida de un hijo, de un amor, de un trabajo, de un objeto valioso, por ejemplo, no se sufre ni se soporta de igual modo por cada ser. Unos lo llevarán con estoicismo y resignación; otros, en cambio, se sumergerán en la amargura más devastadora y optarán por una solución radical y definitiva; estos aplicarán todo el cinismo posible, y aquellos lo tomarán como algo sin importancia.
El hecho será el mismo; la reacción, no.
Desde afuera es muy fácil criticar el comportamiento de los demás, reducirlo a nuestra visión parcial y sesgada desde la que determinamos una ausencia de valor, de inteligencia, de resistencia, etcétera, sin ponernos en su piel, en la tortura que los otros están padeciendo.
Como mucho, a veces y estúpidamente, colamos aquello de "pues, no es para tanto: a mi me pasó algo similar y mírame, salí adelante" cayendo, de nuevo, en el error de base: no es un dolor análogo.
Lo absurdo de toda esta extraña urdimbre vital es que la mayor parte de los dolores serían evitables. Sí. Bastaría con que los humanos nos condujéramos con unos mínimos de ética, de sentido común, de generosidad y altruísmo, de comprensión elemental. Pero, nos puede el egoísmo, nuestra búsqueda permanente de una felicidad capciosa que nunca, por mucho que nos empeñemos, será plena si no es compartida. Compartida porque, lo queramos o no, necesitamos que otro ser la confirme, nos corrobore como seres dichosos y difunda esa utopía.
Sé que es discutible. Que hay quienes piensan que la vida no es más que ensayo y error y que sin esos impulsos que facultan conflictos, la vida perdería esencia y sentido cayendo en la monotonía y el absurdo. Esto, en sí mismo, es una contradicción porque sí la felicidad precisa ausencia absoluta de problemas, ¿por qué todos, incluso quienes la denostan, la buscamos tan fervorosamente?
Hoy dos amigos míos, a causa de un dolor infligido de una forma "irregular" (no sé si consciente o inconscientemente), han roto definitivamente su vínculo. No sé cuál de los dos tiene razón, puede que los dos; acaso ninguno. Sólo sé que el perjudicado, tiene dolor y ése dolor es legítimo en la medida en que sufre y más allá de que su visión del problema sea certera o esté distorsionada: eso no importa.
Ya no hay solución y todo viene por esa costumbre humana de no ponernos en la situación del prójimo o por tratar de analizarla trayéndola previamente a nuestro terreno en donde siempre somos los reyes y siempre, claro, tenemos razón.
Es lamentable (es mi conclusión) el afán de los hombres por lastimarse unos a otros. Nos llamamos, en falso, sociedad y alardeamos de los logros, de lo que conseguimos siendo colectividad. Nada más lejos de la realidad: buscamos a los otros para conseguir nuestras metas, para cumplir nuestros anhelos ruines y mezquinos: nos pisoteamos en cuanto surge la más leve oportunidad. Y alguien lo paga, o muchos álguienes. No nos importa. Nuestro egocentrismo pesa más, nuestra ambición es más poderosa, nuestra ficticia felicidad resulta más importante.
Eso por no hablar de que vivimos sumidos en la cultura del dolor: "el dolor es positivo" que dijo Schopenhauer para luego quedarse tan pancho. O esos médicos, muchos aún, demasiados, que en vez de paliar los humanos padecimientos, como a ellos no les duele, te descerrajan ese "esto no duele" o "te quejas de vicio".
Erradicar el dolor, todos los dolores, debería ser un objetivo común y apremiante. Y estaría bien empezar por no provocar algunos tan arbitraria como insensiblemente.
Hoy me he dado cuenta de que lo peor de tener amigos es que puedes perderlos... Pero, la vida (mediocre, miserable, patética) sigue y el que venga detrás, que arree; y al que le pique...

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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