domingo, 6 de noviembre de 2011

Patricia y los caracoles.

Patricia era un mico de cinco o seis años, creo recordar. Y creo recordar que ya, en ese momento, tuvo la osadía de ir ella sola desde su casa hasta la de los abuelos. Recuerdo que era tarde de toros y que estalló una breve tormenta que amainó los calores veraniegos. Lo recuerdo porque hace unos días, quemando viejos y cansados textos de mi "ampulosa" juventud, apareció uno que creí perdido y cuya desaparición me causó una notable tristeza por lo que contenía de afectividad. La casualidad, el destino, lo que sea, lo ha traído de nuevo a mis manos y a mis ojos. Como todos mis escritos es inmediato e impaciente; a éste, sin embargo -junto a otra docena escasa-, le tengo un aprecio especial a pesar de sus imperfecciones apabullantes. Quizá porque me refresca una escena llena de ternura y los ojos chispeantes de Patricia llenando de destellos azules la penumbra del salón. De esto hace ya veintitantos años.


Acababa de llover. La tormentilla estival dejó cuatro gotas y una tarde fresca, luminosa, bajo las escasas y esparcidas nubes que, rezagadas, aún colgaban del terso cielo azul. A Patricia líquida, amiga del agua, le faltó tiempo para echarse a la calle a pisotear los escuálidos charcos y los regatos cuyo escaso y tímido ímpetu, liberado ya de las zurrapas obturadoras, corrían laderos a las cintas de las aceras hasta las alcantarillas. El aire se llenó de trinos caóticos y alocados revuelos sin rumbo, y los árboles del cercano convento de las Charitas asperjaban, a grandes bocanadas, un intenso y aséptico aroma. A Patricia, seria, niña, le gustaba curiosear, descubrir los nuevos colores de territorios antes prohibidos, dar vueltas a manzanas aún no exploradas por su vivacidad infantil. La procelilla ha facilitado la siesta. Una manada de chavales, hiriendo con sus graznidos la tarde, corre la calle de cabo a rabo sembrándola de consignas lúdicas. A Patricia inquieta le gusta entrar y salir de casa, y pedir, y buscar, y hacer de repente un silencio y huir a remotos pensamientos escabullidos por una madriguera improvisada. Patricia no juega cuando eso implica renunciar a los descubrimientos, a las sensaciones que, sabe, la esperan en cada recoveco de la aventura. Vuelve a sonar el timbre de la puerta. El abuelo se ha quedado dormido, con su cansancio ceñido, frente al televisor, frente a una corrida de toros que hoy es aburrida, nada excepcional. El ruido no le molesta ni le sobresalta; conoce los pasos de su nieta, se recrea en ellos jugando, quizá, en la ensoñación y sonriendo levemente como cuando la niña, sentada en sus rodillas le encaró por primera vez la palabra "belo" babeando, con su boca mínima encarnada y llena. Patricia, algo pecosa, no desiste, jamás renuncia. Entra de nuevo como un torbellino desatado, arrasando hasta el patio, pidiendo sin resuello una caja de cartón. La abuela, condescendiente, le pregunta para qué y Patricia, ilusionada y pletórica, abre sus manitas regordetas y sonriente, clavando sus ojazos azules en los ojos acariñados de la abuela, sólo dice "para mis caracoles".

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