sábado, 27 de octubre de 2012

El género de la violencia

Dicen que no hay peor ciego que el que se niega a ver.
Basta con cruzar y analizar algunos datos para darse cuenta de que hay algo que no cuadra. La conclusión es inevitable por elemental: un elevado porcentaje de la violencia ejercida en el ámbito doméstico (probablemente en ambos sentidos) es fruto de la arbitrariedad y la prevaricación impune de nuestros jueces. Ellos, y no otros, son los auténticos responsables. Con sus sentencias sesgadas y demasiado subjetivas fomentan el cansancio, la desesperanza en los implicados y la desconfianza de estos en la justicia y eso, sin duda, lleva a colmar la paciencia de muchos ciudadanos que no viendo otra salida para resolver el conflicto optan por zanjar definitivamente la cuestión.
No sólo es la ley, una ley ofensiva en tanto que es desequilibrada y deja en una indefensión absoluta a una de las partes afectadas. Son también los criterios de hiperprotección que permiten delinquir a una de aquellas partes sin que después se resuelva contra ellas (es el caso de la infinidad de denuncias falsas, por ejemplo). La ceguera deriva de la ignorancia y de la comodidad; deriva de una hipocresía lamentable en la que con frecuencia los hijos -sin ir más lejos- es lo que menos importa a los sentenciadores.
Los grupos de presión feministas son poderosos. Gritan mucho y sacuden hasta la extenuación los extremos convenientes a sus propósitos mercenarios; pero, olvidan adrede hablar de aquellos aspectos desfavorables a sus objetivos, entre ellos el Síndrome de Alienación Parental.
Cada desemparejamiento es un mundo y por eso mismo no vale juzgar con criterios generalistas. En toda ruptura hay dos partes, y permitir la prevalencia de una versión sobre la otra, ya es en sí mismo una injusticia abominable. Hay dos opiniones, dos visiones, y dar por válida una por el hecho de "proceder de" constituye un atropello de las garantías procesales y de los derechos cívicos.
No hace mucho, poco más allá de una semana, asistí a una conversación estremecedora. Sentadas cómodamente al velador de un café dos mujeres charlaban animadamente conscientes del volumen de voz con que debían enfatizar sus palabras para que fueran del suficiente dominio público aunque no nos interesara lo más mínimo al resto de parroquianos. Entre orgullosa y desanimada, una amiga le comentaba a la otra (sin apearse de una cierta sonrisa sardónica) lo difícil y duro que era pero lo satisfecha que estaba de estar criando a su hijo sola, sin ayuda de nadie; lo satisfecha que estaba (insuficientemente pagada de si misma) de estar sacándole adelante a pesar de cómo estaban las cosas. Se alabó sus esfuerzos y su abnegación. Por desgracia yo conozco a esa mujer, a la amiga y a los antiguos maridos de ambas. De ésta que hablo, en concreto, puedo decir que su esfuerzo es loable, muy noble su diligencia y dedicación, muy digno su sacrificio. Tanto que no me atrevo a dar algunos datos verificables y ciertos. No me atrevo a decir que el chalet donde vive fue pagado íntegramente por su "ex" (porque ella no trabajó nunca y carecía de ingresos) y cedido por éste sin oponer la menor resistencia. Tampoco me atrevo a decir que la dama en cuestión es auxiliada en las hazanas domésticas por una buena señora americana que paga religiosamente quien fue su esposo de aquella (puedo dar el nombre de la fámula y ella, además, no me dejará mentir). Todo ello aderezado con el detalle obviado intencionadamente de que ese esfuerzo que dice, todo ese sacrifico en la crianza del vástago, está avalado por una pensión que por la buena posición y disposición de quien fue marido sobrepasa, con creces, la nada desdeñable cantidad de los mil euros. Aun así, por supuesto, es mucho mejor (¿dónde va a parar?), que el niño quede en manos de la madre y el papá de marras sostenga a su exmujer y al señor de marrón que apareció en el pasillo...

domingo, 2 de septiembre de 2012

Un buen día

Y, entonces, de repente, un buen día, uno se levanta y se da cuenta de que no tiene nada qué decir; de que el mundo ha progresado pero no cambiado, que sigue habitado por seres miserables y egoístas y que no tiene solución. De repente, uno se da cuenta de que no ha sabido resolver su vida, de que ha malversado su tiempo de una forma inconsciente e irreparable. Entonces, uno se da cuenta de que con casi medio siglo de vida sobre la chepa sólo ha azacaneado inútilmente penas y sufrimientos, que tiene las manos y el alma vacíos y que está en esa edad turbia e imprecisa en la que ni se puede concluir ni se puede empezar de nuevo. El vigor y la cabeza se baten en retirada lentamente; el corazón -o lo que sea- ya no alberga esperanzas ni anhela imposibles; los ojos van errando sus miradas; las manos notan el temblor incipiente de los años; las piernas flaquean y una certidumbre aplastante se hace carne. Lo que no se consiguió antes, ya no se conseguirá. La consciencia de la irrealidad de los milagros se expande frente a la retirada de una fe torpe que nutrió, horra, cientos de días insolventes heridos por una espera absurda.
Se hace balance y el resultado se solapa bajo capas de lamentos mientras su fogonazo persiste devorando el centro de un universo vacuo. Ni se aplacó la sed ni se satisfizo el hambre.
La luz va extinguiéndose sobre un horizonte turbulento y en ese crepúsculo inevitable va dejando alfileres, agudos, severos, que desangran las últimas horas.
Entonces, uno, de repente, un buen día, se da cuenta de que nada tiene ni sentido ni solución y de que hace mucho tiempo, mucho tiempo atrás, que debería haberse bajado en aquella estación recóndita donde la soledad dolorosa se reconfortaba con las simples sombras de la libertad y el silencio.

sábado, 21 de julio de 2012

Los faraones

Sí. Porque nuestros políticos se han comportado como auténticos faraones. No sólo esclavizando a los ciudadanos a través de una sutil tiranía legal y un entramado incomprensible, corrupto y con frecuencia contradictorio de las administraciones; también lo han hecho a través de sus obras colosales soportadas a expensas del sudor recaudado de los trabajadores.
Amparados en una estructura oscura, en la que no conocemos siquiera el número exacto de políticos y puestos designados por éstos, se han consolidado de forma que no puedan ser removidos de sus poltronas. Los políticos españoles han hecho y deshecho a voluntad sin imperativo alguno que les obligara a rendir cuentas gracias a la pasividad e indolencia de un pueblo ignorante o fanático y de un poder judicial connivente, cómplice.
 
 
Malversando los caudales públicos han erigido monumentales mamotretos inservibles, sin uso. Memorias de hormigón y diseños caros y disparatados, recuerdos de la incapacidad gestora y de lo que es peor: de la dilapidación espeluznante y megalómana de unos seres completamente ausentes de la realidad a pie de calle y por la que somos nosotros quienes hemos de responder, no ellos.
Nuestros políticos creen estar por encima del bien y del mal. Bajo sus pieles mugrientas de hipocresía y codicia fluye el caudal pérfido de unos tipejos miserables cuya única voluntad es la de medrar a costa de lo que sea.
Frente a su resistencia a abandonar un poder que no les pertenece, está la legítima defensa de la ciudadanía. Tenemos, todos los que nos sentimos libres, la obligación moral de luchar contra estos estafadores. Tenemos el derecho levantisco de los oprimidos. Tenemos el deber de izarnos por encima de ellos y de sus esfuerzos represores y coercitivos y asaltar sus plácidas fortalezas. Debemos hacerlos bajar, ponerlos sobre la miseria que ellos han creado junto a sus amos bancarios y que sientan el dolor y la impotencia, la angustia y la amargura de todos aquellos a los que han desahuciado. Si no lo hacemos ahora, merecemos los grilletes que nos descarnan.

viernes, 22 de junio de 2012

Jueces y partes

Podremos facultar a los hombres para ser juzgadores; investirles de autoridad  para dirimir los pleitos, Pero, no podemos, por mucha que sea nuestra soberanía y nuestra voluntad, dotarles ni de razón ni de sentido común. Ningún juez, por el hecho elemental de vestir una toga, es infalible. Y si algún juez cree tener esa potestad y esa gracia divina, más vale que vayamos poniéndole a buen recaudo.
En esa falsa asunción basan nuestros jueces su arrogancia. En eso, y en el hecho siempre consumado a priori de que son invulnerables, de que sus decisiones jamás les acarrearán consecuencias salvo en casos extremos y en los que la acción mediática de la comunicación sobresalta los goznes de las puertas.
Cuando un juez falsea el sentido común y la razón, falsea la justicia y se convierte en cómplice de la injusticia por pasividad o por permisividad. Esa complicidad, en sí misma, no sólo debería desautorizarlo como juzgador sino que, además, debería repercutir en forma de sanción penal.
Pondré un ejemplo que son miles.
Cuando una madre impide a un padre ver o hablar con sus hijos y un juez, sin que haya una medida previa y consolidada que lo ampare legalmente y lo justifique, determina y dicta -por su criterio exclusivo- que con independencia de la relación entre excónyuges la mujer (que no tiene ese derecho) puede hacerlo, dicho juez -a la madre la echamos de comer aparte- está incurriendo en varias abominaciones. La primera es que está sustentando y alentando una conducta lesiva para el padre conculcando, por omisión o por indolencia, el derecho fundamental de éste a ver y estar con sus vástagos. La segunda es que está propiciando una conducta irregular que suele desembocar en lo que ya se llama y está convenientemente reflejado en diversos estudios "síndrome de alienación parental". La tercera es que con su actitud está amparando una forma muy sutil de maltrato, de violencia psicológica infantil pues niega a los hijos su más que razonable derecho a estar con su progenitor. Además de manifestar un talante corrompido, el juez está vulnerando injustificadamente derechos básicos de varias personas y, por ende, es cómplice de aquellas tres abominaciones. Es cómplice y no vale el manido argumento de "es la ley". No vale porque son los propios jueces quienes reconocen que esa "ley" (como todas las demás) unas veces la aplican y otras la interpretan. Y, sinceramente, en asuntos tan delicados, o todos moros o todos cristianos.
Estas conducta, práctica y aplicación, se mire como se mire, son una forma más de delincuencia. Ejercida por un juez y, quizá, legalizada o permitida; pero, delincuencia con mayúsculas. Es algo que debería estar penalizado y que evitaría no sólo que los jueces procedieran desde su inviolabilidad seguros de ser impunes y, por lo mismo, procurarían poner más cuidado en sus resoluciones y fallos; también evitaría una buena porción de eso denominado (mal denominado por políticos ignorantes y cafres) "violencia de género". Podemos cerrar los ojos y taparnos los oídos; pero, lo cierto, es que muchos de los casos de violencia doméstica que nos estremecen a diario son fruto del agotamiento de un padre harto de chocar contra un muro inexpugnable y a quien, una vez destrozados los nervios y vaciada la cartera, no le dejan otra opción que tirar por la deplorable calle del medio.

lunes, 14 de mayo de 2012

Reacción en cadena

Es de ilusos pretender consecuencias inmediatas de los actos de rebeldía social masiva. Todo levantamiento, toda insurrección, tiene sus fases. Primero se fecunda la idea; luego, germina y tras un proceso más o menos largo de maduración, se asienta en la sociedad e inicia su contagio, su despliegue. Muchos son los factores determinantes del éxito o del fracaso; sin embargo, ese fracaso nunca es completo porque todas las ideas quedan enquistadas, en un estado latente del cual, en cualquier momento, pueden despertar.
Básicamente, todo depende del número de implicados, de afectados. La masa, indolente, tiende a ser condescendiente con la estructura establecida. El conformismo está en la sangre y en el espíritu humanos hasta que el problema, el mal, nos lacera y con el escozor de la herida nos lleva al límite de lo soportable.
Estos avances, lentos, casi imperceptibles, pueden parecer efímeros y destinados en su esencia a su propia extinción. Eso es lo que desearían quienes dominan el sistema; nada más lejos de la realidad.
Un año después, el 15M no sólo sigue vivo: está activo. Su espíritu -a pesar de los escollos y las diferencias- sigue incólume y aunando voluntades. Un año después, no han podido con él, con ellos; con los ciudadanos que se niegan a humillar su testuz ante los poderosos. De ahí el miedo de éstos magnates, de sus emporios, de los políticos, de todas las jerarquías asentadas en los privilegios injustos: saben que una mota de polvo empujada por un viento huracanado puede derribar el andamio más sólido. De ahí su interés por anularlo. Pero, no hay impuesto sobre el té, Bastilla, Palacio de Invierno, Crisis del 29, lo que sea, capaz de frenar el ímpetu de una ciudadanía sedienta de justicia. Todo cae. Si no por su propio y excesivo peso, sí por el empuje irrefrenable de la ventolera social. Y esta tiranía "global", también caerá. Hoy, la empujarán dos; mañana, doscientos; pasado mañana dos mil y traspasado mañana será innumerable el grueso de personas que avance asolando con sus pies descalzos las torres de la opulencia egoísta.
Si una mariposa batiendo sus alas en Japón hace que nieve en Nueva York, ¿cuál no será el poder de cientos de ellas aleteando a la vez? Y sucederá. Ya lo creo que sucederá...

jueves, 10 de mayo de 2012

(A)Paga y vámonos

A uno le dan ganas de apagar e irse; al otro barrio, al otro mundo o adonde sea. Pero, lejos, muy lejos de aquí, donde no le rocen los sentimientos. En otro lugar (que no sea el otro barrio ni el otro mundo), las miserias y las facturas también dolerán aunque lo harán de otra manera, más resignada, más asumida por eso de estar en tierra extraña y tener -por imperativo no sé qué- que acatar las normas allí establecidas y tomar donde las dan y a callar que es bueno.
Ahora, porque estamos como estamos. Mañana será por otra cosa. Vivir en España es llorar. Ha sido así siempre, siglo tras siglo. Podremos achacar nuestros males, como de costumbre, a causas externas perversas conjuradas contra nosotros. Así nos sentimos mejor, culpando a los demás nos aliviamos del peso del remordimiento y nos consideramos víctimas de la injusticia, de la infamia y de la perfidia de los otros. Cualquier excusa antes que reconocer que, en gran medida, somos nosotros propios los responsables de nuestros problemas por pasividad. Los españoles nunca hemos sobresalido por otra cosa que no sea la picaresca y la corrupción. Nunca esta desalmada patria ha dado un estadista de altura y el único prestigio que aún pudiéramos conservar se lo debemos a un puñado (exiguo) de intelectuales y científicos. Siempre gobernados por jerarquías mediocres y corruptas, dignas descendientes de Nepote y Gestas,  alardeamos de haber expulsado a los invasores en desigual liza en pos de nuestra sacrosanta libertad, pero asumimos con dócil complacencia y conformismo que esa misma libertad sea cercenada por los caciques internos.
Nuestro enemigo no está afuera, agazapado, acechante. Nuestro enemigo está dentro, enquistado como una larga tenia que nos consume lentamente sin que intentemos siquiera extirparla. Nos quejamos del ladrón que entra a robarnos y nos esquilma la casa y no del portero que le franqueó la puerta con una amable sonrisa y una palmadita en la espalda y a quien, además, mantenemos en su puesto dándole -en reconocimiento a su labor- una jugosa propina.
La estructura de este país está podrida y no se repara con un calafate que unte las grietas con pegotes de viscosa brea. Apuntalar el edificio no es resolver su ruina: sólo es posponer temporalmente su derrumbe. De poco nos sirve cambiar los retratos de lugar en el salón cuando lo que hay que cambiar es de salón y de retratos.
Nos dejamos embaucar con una facilidad pasmosa. Nos gusta sentir en la cerviz el peso riguroso del yugo y vivir castrados, conformes con una porción de paja seca que rumiar. No nos importa recibir trallazos siempre que sean de nuestro "amo".
Somos un pueblo ignorante, sin otro criterio que aquel que alojan en nosotros los cuatro pelanas de turno desde sus púlpitos y tribunas, desde sus obscenas emisoras y rotativas, desde sus ruines y falaces atriles, desde sus siglas.
Y así nos luce el pelo. Nosotros, sufriendo en la cucaña pero felices de ver cómo los sinvergüenzas de rigor se ríen y divierten, desde sus balcones, de nuestros esfuerzos inútiles por un premio miserable.
Aquí, ya se sabe: sarna con gusto...

domingo, 6 de mayo de 2012

DERECHO A MENTIR

Hace unos días me lo confirmó un abogado entrevistado por televisión. Mucho tiempo antes ya me lo habían dicho un par de amigos letrados: mentir ante un tribunal es un derecho.
Todo sistema judicial debe garantizar un proceso limpio y justo, Un "derecho" de dudosa legalidad y ninguna ética no puede prevalecer ni entrar en conflicto con el resto de derechos destinados a obtener una justicia efectiva y equilibrada, ecuánime. El procesado, el denunciado, el reo, tiene derecho a la mejor defensa posible. Sin embargo, la frontera del exceso es peligrosa. Usar de todos los recursos dables para obtener esa defensa no debe ser interpretado -arbitrariamente- como "todos los recursos sean cuales sean".
Amparar y admitir la mentira como se hace significa que el sistema judicial está viciado y corrompido desde sus cimientos. Sí, porque sentenciar en base a una mentira implica una sentencia manipulada, falseada, y por lo tanto errónea. Lo juzgado en función de una mentira asumida con complacencia por un juez es un engaño a la justicia, una trampa y, sobre todo, un fraude de ley que los tribunales se saltan a la torera gracias a la impunidad de sus acciones y a no tener que responder de ellas: carecen de responsabilidad legal y esa inmunidad, junto al corporativismo, deriva en una estructura corrupta ante la que el ciudadano está indefenso.
La mentira consentida no sólo soslaya la verdadera justicia; también perjudica a segundas y terceras personas involucradas en los procedimientos procurándolos, así, un absoluto desamparo legal y judicial.
Sin embargo, ni siquiera estas aberraciones fomentadas por la mentira son lo más grueso del problema planteado. Ya he comentado que una sentencia fundada en la mentira es errónea; pero, ese error en el fallo tiene un nombre: prevaricación. Y eso convierte a quien la practica en delincuente. Podrá un juez justificarse e intentar su propia exoneración arguyendo que él no puede determinar quien miente y quien no, Si un juzgador no es capaz de dirimir -con todos los mecanismos que tiene a su alcance- dónde hay una mentira, entonces no es buen juez y lo mejor que puede hacer es renunciar a su cargo/puesto antes de perjudicar a la parte "inocente", de castigarla, de condenarla de la manera más ruin e infame que imaginarse pueda.
No pasa día sin que nos llevemos la blasfemia indignada a la punta de la lengua viendo cómo nuestros fiscales y magistrados se mofan, descaradamente, de la ley (y por ende de la justicia) y cómo sólo su impertinencia es mayor que su arrogancia al saberse intocables. Sobre éso, podríamos ser muchos los caídos en la equivocación si no fuera porque son algunos miembros de la propia judicatura quienes, en una actitud que les honra, lo denuncian. Ellos y un amplio colectivo de abogados hartos de ver impúdicamente magreada la ley y vejada la justicia. De los ciudadanos, no digamos: ahí está la propia memoria elaborada por el ministerio.
Pero, pedir honradez en este país es como pedir peras al olmo.

viernes, 4 de mayo de 2012

Desobedientes

La sociedad es cobarde y conformista porque el individuo (en general) es cobarde y conformista. La sociedad, la masa, el pueblo, sólo tiene poder cuando sus individuos se unen para afrontar un objetivo común. Lo que acabo de decir puede parecer una perogrullada; pero, no, no es una evidencia superflua: conviene recordarlo. Sobre todo porque entre los muchos conceptos falsos que nos hacen tragar con las grageas demagógicas, uno de los más abyectos es el referido a la legitimidad de las decisiones políticas. Según la grey política, sus resoluciones están respaldadas porque un tiempo antes "se les dio la confianza" en las urnas. Argumento-argucia que, dicho sea de paso, es más falso que un euro de cartón.
Los males que sufre la sociedad derivan de su estructura, de un sistema donde los individuos encargados de gestionar los centros de poder se perpetúan hasta la fosilización otorgándose a sí mismos, y por encima de la más elemental ética democrática, prerrogativas que les benefician y que, simultáneamente, merman la capacidad de reacción y defensa de la ciudadanía eliminando cualquier recurso o mecanismo con que ésta pudiera poner en peligro dichas prerrogativas.
¿La solución, entonces, para enfrentarse a los políticos? Yo creo que utilizando sus mismas armas. Armas que todos tenemos a nuestro alcance y que ellos mismos han puesto ahí sin darse cuenta de que lo hacían.
Durante mucho tiempo nos han recomendado, por ejemplo, que usemos el transporte público. Bien, aprovechando las subidas incomprensibles de combustible, hagámoslo. Usemos masivamente el transporte público para todo. PARA TODO. ¿Qué pasaría? De entrada se bloquearían los servicios y el colapso afectaría a todos los sectores. Llegar a trabajar tarde por culpa del transporte público no es responsabilidad del trabajador, pues éste no tiene obligación alguna de usar su coche para los desplazamientos laborales.
Dejemos de domiciliar recibos. Las colas para los pagos serán inmensas; pero, es otro sacrificio que merecería la pena. Nadie tiene obligación de tener cuenta en un banco. Nos lo han impuesto como nos han impuesto hasta el horario (¡encima!) en el que tenemos que realizar los ingresos (para su mayor comodidad). Si llegada la hora de cierre una sucursal arrastrara una fila que diera la vuelta a la manzana, ¿qué pasaría? Y más, ¿Y si además tuviera que emitir el correspondiente justificante? Porque, lógicamente, el usuario cumple, y la responsabilidad de que su ingreso no se haya realizado -con el consiguiente retraso en la recepción de la pastizarra por la otra parte- no es suya.
Son un par de ejemplos de los muchos que hay. Pequeños movimientos que hechos a gran escala conllevan una fuerza devastadora. Pequeños movimientos que situarían al ciudadano en la posición de poder que legítimamente le corresponde y que los políticos (y otros) le han usurpado descaradamente. Avances firmes desde los que reclamar, imponer y exigir dándose, a la vez, un reconfortante paseo por la libertad.
La desobediencia civil es posible y yo diría que sana y justificada y hace tiempo que, en este país, debería estar gastada por el uso.
El problema para llevar esto a cabo debe estar en que los ciudadanos españoles aún no se han enterado de que los soberanos son ellos y de que la calle es suya.

viernes, 27 de abril de 2012

Las ganas

Hoy he vuelto a oir el afilado reproche: ¿Cómo puede estar cansado si no hace nada?
Hasta hoy, día en el que estoy particularmente susceptible, no me había percatado del punto hasta el que puede llegar la estupidez humana.
Por un momento me he auscultado. Llevo dentro una tensión y una incertidumbre casi paralizantes, tan punzantes para el alma que dejan el cuerpo absolutamente devastado. Con este bagaje me he puesto en el lugar de los otros, de esos que apenas pueden hacer acopio de fuerzas suficientes para levantarse cada mañana; de esos que día tras día sufren la tortura de la desolación, de la angustia, de la amargura, y llego a la conclusión de que el dolor del alma no sólo lacera: mata. Mata a través de una lenta agonía.
Siempre he defendido que cada ser humano es un mundo, distinto y diferente. Hoy, además, empiezo a defender que las pautas generales, los remedios comunes, no sirven, que la sociedad es injusta y que me parece una absoluta falta de respeto juzgar un comportamiento determinado por criterios que no profundizan en la esencia del problema.

martes, 10 de abril de 2012

¡A hacer puñetas!

Se rumorea que el ser humano lleva dándose leyes más de cuatro mil años. En realidad, lo que esto significa no es que el ser humano esté preocupado por la convivencia, sino que a pesar del tiempo transcurrido, aún no ha conseguido resolver el problema.
Anoche leía un "barómetro" según el cual más del setenta por ciento de los profesionales de la abogacía en España están disconformes con el funcionamiento de "nuestra justicia". La irritación de la ciudadanía también es palpable en los distintos sondeos en donde suele destacar una desconfianza estremecedora hacia los jueces y hacia su excesivo volumen de errores.
Y lo peor de todo es que tanto la desconfianza como la irritación están plenamente justificadas si atendemos a los datos arrojados por diversas estadísticas, algunas procedentes del "seno de la bestia", del mismo corazón de la máquina judicial.
Admitir leyes mal elaboradas, atrofia la justicia; pero, admitirlas y además justificarlas a través de sentencias es una aberración humana.
Eso es lo que ocurre en un sistema, como el español, viciado. Un sistema que permite un desamparo absoluto del ciudadano frente a un juez que se considera infalible y todopoderoso consciente de que sus decisiones nunca conllevarán un castigo hacia su persona; consciente de que dicho ciudadano, además, carece de mecanismos y recursos para ir contra ese juez que cobardemente se oculta tras el poder absoluto y la calidad de intocable que le confiere, inexplicable e ilógicamente, la toga. Que jueces y fiscales operen con la confianza de que sus decisiones quedaran impunes y ellos exonerados de responsabilidad, es abominable y, desde luego, contrario al principio más elemental de la justicia.
Las leyes, en principio, se crean para intentar hacer justicia, reparar daños y proteger la concordia social. De ahí que sean modificables en virtud de las necesidades humanas y no puedan ser consideradas axiomas ni dogmas de fe. Las leyes son, sólo, herramientas, normas orientativas que dejan de tener valor cuando no cumplen con la pretensión de hacer justicia. Apelar al cumplimiento de la ley, a su estricta interpretación, es un refugio miserable al que sólo los pusilánimes acomplejados acuden y bajo el que se excusan para lavarse las manos como Poncio... Y lo hacen. Pero, también hay que tener en cuenta la "interpretación", la opinión.



No debemos confundir justicia con ley.
¿Qué pasa cuándo un juez acude al tribunal con estreñimiento? ¿No se mueven también influídos por el aspecto de una persona, por su carisma o por las notas de sus hijos? ¿No tienen sus perversiones y depravaciones particulares, sus filias y fobias, sus maniqueísmos personales o sus fetiches?
El juez no es un ser excepcional ajeno a cada una de las influencias y estímulos a que estamos sometidos el resto de los mortales. Y precisamente por eso, porque comete errores, debe asumirlos: tanto en la interpretación de las leyes como por sus exposiciones o criterios personales a la hora de sentenciar. Ningún juez, ningún fiscal, puede jugar con la vida de un ciudadano con la impunidad con que hasta ahora lo hacen.
La caridad (por mucho que se diga) no empieza por uno mismo; por uno mismo empieza el egoísmo y lo que sí hay que hacer es predicar con el ejemplo. No se puede tener autoridad moral sin moral y lo cierto es que nuestros jueces no son trigo limpio en un buen porcentaje.
Nuestra máquina judicial necesita una limpieza a fondo, una depuración profunda cuya primera medida es eliminar la intocabilidad de sus "sacerdotes". Claro que para llevar esa asepsia a cabo se precisa la voluntad de otra casta, de otros que sin permiso de nadie también se han dado a sí mismos la cualidad de omnipotentes.

jueves, 5 de abril de 2012

Crimen y castigo

Más que pedirlo, lo que apetece es exigirlo. Exigirla: una norma de responsabilidad penal para políticos y, sobre todo, para jueces y fiscales.
No puede ser que estos grupos gocen de impunidad e inmunidad absolutas y que la responsabilidad de sus decisiones recaiga sobre el ciudadano y que éste sufra las consecuencias en tanto que ellos salen indemnes de sus fallos.
Una y otra vez se nos insiste en el imperio de la ley y la necesidad de acatar las decisiones de estos "gremios" sin importar si son justas o no o si se ajustan a derecho o no. Es aquello de "la acato pero no la comparto". Pero, ¡qué me está usted diciendo! ¿Qué una sentencia o una ley hay que acatarla aunque sea clara y absolutamente perversa, por ejemplo? ¿Me está usted diciendo que los jueces, como el Papa santo de Roma, son infalibles, que no se mueven por los mismos estímulos e impulsos que el resto de los mortales? ¿Que no padecen estreñimiento o complejo de inferioridad? ¿Que una ley, por el hecho de haber sido aprobada por unos cuantos señores es buena y es justa?
Hemos conferido (a través de nuestra pasividad) un poder excesivo a jueces y políticos permitiendo que éstos se "blindaran", generando una casta intocable contra la que es imposible pelear. Ni pelear, ni discrepar, ni defenderse. El ciudadano está en absoluto desamparado frente a los abusos judiciales (hay ejemplos a mansalva) y tiene que soportar impotente decisiones arbitrarias que le rompen la vida, que le abren el alma en canal. ¿En virtud de qué potestad dimanada de dónde, quedan siempre exonerados políticos y jueces -sobre todo estos últimos- de sus resoluciones?
Es preciso poner pie en pared. Ya es hora de que esta gente no sólo sea responsable de sus dictámenes sino que, además, sus equivocaciones tengan un castigo acorde al nivel del daño causado porque al no ser ellos responsables de sus errores, al no pagarlos, les da igual todo.
Es hora de que el ciudadano pueda enfrentarse a ellos, expresar libremente su opinión y defenderse sin que esos señores imponiendo "su facultad" le silencien cuando no le silencien y le imputen algún delito más. Es hora de que el corporativismo sea delito y que un hombre pueda decir libremente a un juez, cara a cara, que es un prevaricador sin que éste se ampare en su toga y en sus privilegios y haga valer un dudoso valor.
Es hora de que esta gente deje de estar por encima del bien y del mal; es hora de que esta gente deje de manipular arbitrariamente la justicia alegando que es la ley y ellos sus sumos sacerdotes.
Es hora de que las togas y los escaños dejen de ser un refugio perfecto para cobardes y para acomplejados que encuentran en el poder que aquellas encierran la coartada perfecta para ocultar sus enfermedades mentales y sus perversiones.
Es hora de que esa gente sufra las consecuencias, para bien o para mal. Nadie impune porque nadie por encima de la justicia: la ley es otra historia...

sábado, 24 de marzo de 2012

La bella, la bestia.

Voy a suponer, excesivamente, que todo el mundo conoce el cuento de La bella y la bestia.
Sin duda es una extensa metáfora de "la belleza está en el interior", "el amor -como la fe- salva", "lo importante no es el aspecto físico sino la personalidad, la bondad"... Todo eso está muy bien pero, al final, no deja de ser una absoluta memez sólo dable en el mundo de la fantasía, una baratija moral tan encomiable como carente de valor en el mundo real.


Hay alrededor de este asunto una vastísima colección de cuentos y narraciones de todas las culturas y épocas (desde la mitología hasta nuestros días) dedicados a ponderar, con mayor o menor suerte y acierto, la sensatez de elegir con el corazón y no con los ojos. Vasta, como digo, e inútil.
Las apariencias engañan; pero, las apariencias nos atraen y nos fascinan y seguimos prefiriendo al machito chocolatero del calendario o a la rubia tonta (que ya cada uno sabrá defenderse) que al tontorrón altruísta o a la gafotas y con coletas empollona de la clase.
Nos dejamos deslumbrar por el envoltorio; luego, si hay suerte y nos ha tocado el bombón relleno, mejor que mejor...
¿Cuántos se han enamorado de una persona fea y han sufrido desamor, angustia, amargura por ella? ¿Cuántos se han enamorado de una persona veinte años mayor y no de otros intereses aledaños que vinieran de serie?
Seamos serios, sinceros y realistas: nadie. Porque el amor tampoco es ciego y sí tiene edad; entre otras cosas.
No voy a indagar en quiénes son más ladinos en estos menesteres, si hombres o mujeres, aunque todos tenemos la respuesta en la cabeza.
Lo único alentador, estimulante, en todo este complejo entramado es que el azar es caprichoso y con alguna frecuencia vengativa sucede lo imprevisto: la bestia, cansada de cortejar a la bella y de sus desdenes, harta de ser generosa y romántica y atenta, se aleja en silencio y es entonces cuando la bella, contrariada, se siente irrefrenablemente atraída procurándose un raro final infeliz.
Yo conozco un caso en el que, lo que es la vida, se dan todos los ingredientes que no debe tener el cuento de hadas. Un ejemplo a horcajadas entre Cyrano y el pobre y jorobado campanero y en el que ahora la Roxana/Esmeralda de turno es la que sufre "en viendo" lo que perdió. Patético, sí; ¡y reconfortante! No es malicia gratuita. ¿Verdad Efe?
La inteligencia, el ingenio, la bondad y todo eso pueden seducir, sí... Pero, sólo para tomar café y pasar un buen rato tapando los agujeros del alma. Los otros agujeros se tapan con otro barro según posibles... O no se tapan, que es otra opción.

jueves, 22 de marzo de 2012

El duro camino hacia la miseria

No creo en los axiomas, en la solidez y contundencia de esas verdades que después el tiempo se encarga de poner en otro sitio. Ninguna idea es irremplazable; la veleidad humana puede sin pudor ni remordimiento sustituirla según la voluntad del momento y según la conveniencia del grupo dominante. Sí, porque en el seno de una idea imperante y establecida en la sociedad puede haber severas discrepancias; pero, serán inútiles en tanto en cuanto la convivencia dentro del sistema de cada una de las opciones no está permitida. La fórmula divergente podrá desplazar al criterio asentado convirtiéndose, así, en lo mismo que defenestró, que "depuró". Si a eso le sumamos que todo sistema establecido es, por naturaleza, reacio a ser cambiado ya tenemos el conflicto servido.
Siempre me ha admirado esa capacidad humana de defender con vehemencia una sola posición eliminando los matices que pudiera tener; tanto como la capacidad de esa misma vehemencia para negar la posible parte de verdad contenida en las posiciones opuestas olvidando que ninguna verdad es absoluta. Sin perder de vista, claro, que todas las posiciones pueden estar completamente equivocadas.

Estos últimos meses (quizá algo más) se está ponderando en exceso la "cultura del esfuerzo" como vía para salir de la crisis y conseguir el éxito personal. "Hay que fomentar el esfuerzo", dicen; "hay que impulsar el sacrificio", dicen; "las cosas sólo se consiguen con denuedo, con dedicación, trabajando mucho", dicen, creando un espejismo tan falso como el beso amistoso de Judas o la honradez de un banquero o la honestidad de un político.
Es, evidentemente, un sofisma interesado. Sobre todo por la pestilencia que emana siendo la proposición favorita de, casualmente, los mismos que dominan empresas y finanzas, los mismos que se inventaron la sociedad del confort a plazos y la obsolescencia, el "american way" y el falso credo de "Dios premia a quienes se afanan". El esfuerzo del trabajador por cuenta ajena repercute en el beneficio de su contratador: no es el obrero quien se enriquece, quien recibe el premio de su trabajo, quien recoge el fruto de su sudor. Si así fuera... Eso, se mire como se mire, cae por su propio y elemental peso.
Pero, lo que más me conmueve de toda esa "parafernalia" lenguaraz, de esa charlatanería vacía no es su locuacidad convincente, sino su estremecedora falsedad. Y me estremece porque cada vez que alguien recomienda unas veces, conmina otras, a seguir con fe inquebrantable ese modelo como remedio para salir de la miseria me vienen a la cabeza una miríada de ejemplos válidos para desmontarlo.
Cada día veo cómo personas que nunca han tenido más que trampas y deudas se esfuerzan por salir adelante en vano. Cada día veo seres (niños, muchos) explotados con total impunidad y sin más beneficio que el poder llevar un mendrugo de pan a sus casas. ¿Es que quienes se hacen ricos se han esforzado más? No lo creo. ¿Es que quienes son incapaces de salir a flote y generar una suculenta cuenta corriente son unos holgazanes? No lo creo. Hablarle de esfuerzo a quienes llegan derrengados a casa con una soldada que apenas cubre sus necesidades -no digamos ya la de aquellos que no cubren ni el estómago o de aquellos hartos de buscar empleo en vano- es un insulto; hablarles de superación y compromiso, de solidaridad, de las virtudes de la dedicación al enriquecimiento de otros, es una insolencia y una absoluta falta de respeto. Tanta como la del político, empresario o banquero que insinúa haraganería; tanta como la del político, o empresario o banquero que alecciona jugando con las cartas marcadas y un par de ases ocultos en la manga y que establece comparaciones odiosas por falsas, por manipuladas; tanta como la del político, empresario o banquero cuyo esfuerzo "fraternal" se limita a "tomar medidas" contra los trabajadores mientras él no cede un ápice, un sólo euro, de su renta o uno solo de sus privilegios. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido contradecir el viciado argumento de un sistema corrompido y arbitrario y desequilibrado, el argumento del "esfuerzo" viendo, además, cómo comprobamos a diario que el dinero llama a dinero, que Nepote está más vivo que nunca y que la suerte está echada, sí; pero, siempre cae del lado de los mismos.

martes, 7 de febrero de 2012

Complejos y complejidades

La verdad es que no sé cómo empezar. Sé lo que quiero decir; pero, lo cierto es que por muchas ideas que pasen por la cabeza, la boca tiende a expresar con apremio la condensación contundente de todas ellas y que suele resumirse en dos iniciales entre crípticas y cursis cuya coletilla, aunque evidente y manida, siempre conviene expresar para evitar confusiones más allá de lo razonable: "aunque sus madres sean unas santas".
Reconozco que lo más fácil y útil es sintetizar. Elaborar un esquema básico, elemental, sin ni siquiera llegar a desarrollarlo. Pero, ¿qué sé yo?
España es un país de fanáticos. Eso ya lo sabemos los que navegamos en el oleaje de la soltería ideológica pretendiendo independencia e imparcialidad. España, además, es un país de difícil convivencia y en donde junto a seres "normales" -que somos bastantes- y pánfilos, moran también entes deficientes en estado de tontuna creciente nutrida por el sectarismo. España es, pues, un lugar donde proliferan los imbéciles contumaces, los impertinentes redomados, los incoherentes, los subdesarrollados mentales. Y tengo yo para mi que a todos se nos distingue perfectamente.
La especie de bípedo implume (muy cacareador, por cierto) más identificable en nuestro país es la del "pseudoprogresistus meapilus". Se le reconoce perfectamente y de inmediato porque: a) es un ejemplar que siempre va en piaras y sólo amparado en ellas -arropado por otros de la misma especie- tiene el valor suficiente para escupir su ponzoña irritante; b) en solitario -sobre todo cuando se acoda en la barra de un bar- no sólo repliega su agresividad sino que, además, suele mimetizarse (cuando no parasitar) con otras especies de natural bien diferente; y c) cuando se le contradice y su escasez argumental en debates y polémicas toca fondo (lo que ocurre rápida y frecuentemente), siempre, indefectiblemente, lanza su estólida acusación: fascista, retrógrado, etc...
La última en mi palmarés (que en esto de las discrepancias va siendo ya extenso) ha venido rodada. Cuestionar actos suele disparar indignación; pero, cuestionar intenciones y además tildarlas de perversas por lo que en realidad entrañan de engaño, de fraude, dispara cólera. Aunque en mi caso, ayer, ni siquiera llegué a insinuarlo.
La cosa de encontrar los restos mortales de ciertos antepasados, rescatarlos de las fosas comunes y devolverlos a tierra santa está trayendo cola. Sí; sobre todo por la confusión de intenciones que, adrede, algunos se encargan de poner sobre el tapete. Si lo que se pretende es dar sepultura, ¿a qué el argumento de "víctima de la Guerra Civil? Basta con que hayan detectado la fosa, se extraiga lo que allí quede y se pase a otra tierra más "digna". Ahora, si lo que se pretende es la revancha... Entonces, sí: vamos por el buen camino. Y me da a mi que es más lo segundo que lo primero; me da a mi más en la nariz que lo que se pretende no es recuperar a un familiar que estoy seguro en la mayor parte de los casos se la trae floja a sus deudos, sino vindicar la propia progresía, el "qué combativos somos contra el franquismo no sé cuantos años después".
Sé que lo que afirmo es duro. Y quizá en algunos casos injusto; pero, estoy plenamente convencido de que estoy en lo cierto.
Ni corregirlo me apetece...

domingo, 5 de febrero de 2012

Indicios y evidencias

Hace poco oía a la fiscal (creo que era tal) en uno de los procesos contra Garzón afirmando con énfasis defensivo que se puede no ver al niño comer la tableta de chocolate; pero que, si se ve el envoltorio arrugado en la encimera de la cocina, berretes marrones en las comisuras de los pueriles labios y los dedos pringosos de pastiche de ese mismo marrón, se podía deducir con cierto viso de certeza que el niño en cuestión se había zampado el nutritivo dulce. De este modo, venía a decir que por los indicios podíamos determinar una conclusión sin necesidad de evidencias tangibles. También Borges, siguiendo una línea filosófico-físico-matemática, nos dejó aquello de la naranja y su descuelgue de la rama: "no se la ve cayendo". Se la ve caer, se la ve caída... En fin, la evidencia es que la naranja termina en el suelo donde la encontramos y de ahí suponemos que ha caído del naranjo que la sombrea. Es cierto que puede no proceder del árbol: alguien la puede haber olvidado allí aunque la probabilidad y la posibilidad indiquen lo contrario y apunten hacia lo más seguro. De la misma manera, toparse con alguien cuyo aliento asperja aromas de tabaco, que tiene índice y corazón (los dedos) amarillentos y que guarda en el bolsillo de la camisa una cajita que en la semitransparencia de la tela permite leer Ducados, nos asegura que estamos ante un fumador aunque en ese momento no le veamos con un pitillo en la boca, humeando y descargando ceniza.
Tengo bastantes amigos licenciados en Derecho. Algunos son abogados y otros (los menos) leguleyos. Los hay de los dos géneros (femenino y masculino) y todos coinciden -coincidimos, pues- en algo importante: en ciertos casos se exige demasiada prueba y esa exigencia a quienes perjudica es a los más débiles de la historia: los niños. Demostrar manipulación, maltrato infantil psicológico y alienación parental es en extremo complejo por dos razones. La primera es que las leyes limitan la acción del padre; la segunda es que los jueces limitan la acción del padre. Luego, cuando se reconocen, ya suele ser tarde y los responsables quedan exonerados de su culpa unos y de su dolo los otros. Todos, ellos y yo -seguramente mucha más gente- coincidimos en que la ley está mal hecha, que sobreprotege a la madre y desampara al padre desequilibrando el principio de igualdad. He de decir que quienes más colmillo muestran frente a la ley son, quizá paradójicamente, las mujeres.
Los jueces, como un triste colofón a sus actos, suelen esconderse tras ese facultativo: "nosotros no hacemos la ley: sólo la interpretamos y la aplicamos". Esto no es más que una posición cómoda y cobarde indicativa en grado sumo de la voluntad que gobierna los espíritus judiciales: privilegios, sí; compromiso, no. Con todo, y aceptando que aquel razonamiento fuera cierto y quedara fuera de su alcance otra cosa que no fuera la rigurosa ponderación de la ley, queda la incógnita por despejar de "¿quién es el responsable de los actos de un juez?" Al parecer, nadie. Voy un poco más allá. Las leyes no las hacen otros más que los políticos. Eso tampoco debe ser una patente de corso que aleje a estos de su responsabilidad PENAL. Elaborar una ley (como grande parte de las que "gozamos" en la actualidad) descaradamente injusta y escorada debe tener repercusión en el legislador. Esa repercusión es la de procesar a dicho legislador por PREVARICACIÓN.
¿Dónde estriba el problema fundamental? Pues en que tanto los jueces y fiscales como la clase política (todo en general) son estamentos corruptos que disfrutan de un poder extremo, casi absoluto y viven ajenos, voluntariamente, a la realidad del ras de suelo: son intocables y juntos forman una casta que está por encima del bien y del mal y puede que sea el momento de cambiar todo eso y de decirles "hasta aquí hemos llegado".

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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