martes, 7 de febrero de 2012

Complejos y complejidades

La verdad es que no sé cómo empezar. Sé lo que quiero decir; pero, lo cierto es que por muchas ideas que pasen por la cabeza, la boca tiende a expresar con apremio la condensación contundente de todas ellas y que suele resumirse en dos iniciales entre crípticas y cursis cuya coletilla, aunque evidente y manida, siempre conviene expresar para evitar confusiones más allá de lo razonable: "aunque sus madres sean unas santas".
Reconozco que lo más fácil y útil es sintetizar. Elaborar un esquema básico, elemental, sin ni siquiera llegar a desarrollarlo. Pero, ¿qué sé yo?
España es un país de fanáticos. Eso ya lo sabemos los que navegamos en el oleaje de la soltería ideológica pretendiendo independencia e imparcialidad. España, además, es un país de difícil convivencia y en donde junto a seres "normales" -que somos bastantes- y pánfilos, moran también entes deficientes en estado de tontuna creciente nutrida por el sectarismo. España es, pues, un lugar donde proliferan los imbéciles contumaces, los impertinentes redomados, los incoherentes, los subdesarrollados mentales. Y tengo yo para mi que a todos se nos distingue perfectamente.
La especie de bípedo implume (muy cacareador, por cierto) más identificable en nuestro país es la del "pseudoprogresistus meapilus". Se le reconoce perfectamente y de inmediato porque: a) es un ejemplar que siempre va en piaras y sólo amparado en ellas -arropado por otros de la misma especie- tiene el valor suficiente para escupir su ponzoña irritante; b) en solitario -sobre todo cuando se acoda en la barra de un bar- no sólo repliega su agresividad sino que, además, suele mimetizarse (cuando no parasitar) con otras especies de natural bien diferente; y c) cuando se le contradice y su escasez argumental en debates y polémicas toca fondo (lo que ocurre rápida y frecuentemente), siempre, indefectiblemente, lanza su estólida acusación: fascista, retrógrado, etc...
La última en mi palmarés (que en esto de las discrepancias va siendo ya extenso) ha venido rodada. Cuestionar actos suele disparar indignación; pero, cuestionar intenciones y además tildarlas de perversas por lo que en realidad entrañan de engaño, de fraude, dispara cólera. Aunque en mi caso, ayer, ni siquiera llegué a insinuarlo.
La cosa de encontrar los restos mortales de ciertos antepasados, rescatarlos de las fosas comunes y devolverlos a tierra santa está trayendo cola. Sí; sobre todo por la confusión de intenciones que, adrede, algunos se encargan de poner sobre el tapete. Si lo que se pretende es dar sepultura, ¿a qué el argumento de "víctima de la Guerra Civil? Basta con que hayan detectado la fosa, se extraiga lo que allí quede y se pase a otra tierra más "digna". Ahora, si lo que se pretende es la revancha... Entonces, sí: vamos por el buen camino. Y me da a mi que es más lo segundo que lo primero; me da a mi más en la nariz que lo que se pretende no es recuperar a un familiar que estoy seguro en la mayor parte de los casos se la trae floja a sus deudos, sino vindicar la propia progresía, el "qué combativos somos contra el franquismo no sé cuantos años después".
Sé que lo que afirmo es duro. Y quizá en algunos casos injusto; pero, estoy plenamente convencido de que estoy en lo cierto.
Ni corregirlo me apetece...

domingo, 5 de febrero de 2012

Indicios y evidencias

Hace poco oía a la fiscal (creo que era tal) en uno de los procesos contra Garzón afirmando con énfasis defensivo que se puede no ver al niño comer la tableta de chocolate; pero que, si se ve el envoltorio arrugado en la encimera de la cocina, berretes marrones en las comisuras de los pueriles labios y los dedos pringosos de pastiche de ese mismo marrón, se podía deducir con cierto viso de certeza que el niño en cuestión se había zampado el nutritivo dulce. De este modo, venía a decir que por los indicios podíamos determinar una conclusión sin necesidad de evidencias tangibles. También Borges, siguiendo una línea filosófico-físico-matemática, nos dejó aquello de la naranja y su descuelgue de la rama: "no se la ve cayendo". Se la ve caer, se la ve caída... En fin, la evidencia es que la naranja termina en el suelo donde la encontramos y de ahí suponemos que ha caído del naranjo que la sombrea. Es cierto que puede no proceder del árbol: alguien la puede haber olvidado allí aunque la probabilidad y la posibilidad indiquen lo contrario y apunten hacia lo más seguro. De la misma manera, toparse con alguien cuyo aliento asperja aromas de tabaco, que tiene índice y corazón (los dedos) amarillentos y que guarda en el bolsillo de la camisa una cajita que en la semitransparencia de la tela permite leer Ducados, nos asegura que estamos ante un fumador aunque en ese momento no le veamos con un pitillo en la boca, humeando y descargando ceniza.
Tengo bastantes amigos licenciados en Derecho. Algunos son abogados y otros (los menos) leguleyos. Los hay de los dos géneros (femenino y masculino) y todos coinciden -coincidimos, pues- en algo importante: en ciertos casos se exige demasiada prueba y esa exigencia a quienes perjudica es a los más débiles de la historia: los niños. Demostrar manipulación, maltrato infantil psicológico y alienación parental es en extremo complejo por dos razones. La primera es que las leyes limitan la acción del padre; la segunda es que los jueces limitan la acción del padre. Luego, cuando se reconocen, ya suele ser tarde y los responsables quedan exonerados de su culpa unos y de su dolo los otros. Todos, ellos y yo -seguramente mucha más gente- coincidimos en que la ley está mal hecha, que sobreprotege a la madre y desampara al padre desequilibrando el principio de igualdad. He de decir que quienes más colmillo muestran frente a la ley son, quizá paradójicamente, las mujeres.
Los jueces, como un triste colofón a sus actos, suelen esconderse tras ese facultativo: "nosotros no hacemos la ley: sólo la interpretamos y la aplicamos". Esto no es más que una posición cómoda y cobarde indicativa en grado sumo de la voluntad que gobierna los espíritus judiciales: privilegios, sí; compromiso, no. Con todo, y aceptando que aquel razonamiento fuera cierto y quedara fuera de su alcance otra cosa que no fuera la rigurosa ponderación de la ley, queda la incógnita por despejar de "¿quién es el responsable de los actos de un juez?" Al parecer, nadie. Voy un poco más allá. Las leyes no las hacen otros más que los políticos. Eso tampoco debe ser una patente de corso que aleje a estos de su responsabilidad PENAL. Elaborar una ley (como grande parte de las que "gozamos" en la actualidad) descaradamente injusta y escorada debe tener repercusión en el legislador. Esa repercusión es la de procesar a dicho legislador por PREVARICACIÓN.
¿Dónde estriba el problema fundamental? Pues en que tanto los jueces y fiscales como la clase política (todo en general) son estamentos corruptos que disfrutan de un poder extremo, casi absoluto y viven ajenos, voluntariamente, a la realidad del ras de suelo: son intocables y juntos forman una casta que está por encima del bien y del mal y puede que sea el momento de cambiar todo eso y de decirles "hasta aquí hemos llegado".

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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