jueves, 15 de septiembre de 2016

DE TRIUMPHO STULTITIAE

ELOGIO DE LA ESTULTICIA

Capítulo LV

     Pero dejemos ya en buena hora a estos histriones; son tan ingratos disimulando los beneficios que de mí reciben como deshonestos al fingir devoción.

     Hace ya rato que deseaba deciros algunas palabras sobre los reyes y los príncipes que me rinden sincero culto, y voy a exponeros este asunto con la libertad de toda persona libre. Si alguno de éstos tuviera sólo media onza de sentido común, ¿habría existencia más triste y más merecedora de ser rehuida que la suya? En verdad que no creerían que valiese la pena de adquirir el poder por una traición o un parricidio, ya que es una carga inmensa la que se echa sobre los hombros quien quiere proceder como verdadero rey. El que toma las riendas del gobierno no debe ocuparse en sus asuntos propios, sino en los públicos; debe únicamente interesarse por el interés general, no apartarse ni lo ancho de un dedo de las leyes que él ha promulgado y de las que es ejecutor, y responder de la integridad de todos los funcionarios y magistrados. Expuesto a las miradas del pueblo, puede ser como un astro benéfico que procura la máxima dicha de sus súbditos, o como maléfica estrella que acumula los mayores descalabros. Los vicios de los demás ni se advierten ni se divulgan tan vastamente, pero él está en posición tal, que si en algo se aparta de la honestidad, ello se extiende a muchedumbre de personas como funesta peste. Los reyes están, además, tan expuestos por su sino a encontrar al paso mil cosas que les suelen desviar de la rectitud, como son placeres, independencia, adulación y lujo, que han de agravar la vigilancia y redoblar el esfuerzo para mantenerse al margen de ellos y no dejar, engañados, de cumplir con el deber. En suma, para no hablar de asechanzas, odio y otros peligros y temores, sobre sus cabezas hay otro Rey verdadero que les pide estrecha cuenta de sus más pequeñas acciones con tanto mayor severidad cuanto más grande haya sido su poderío.

     Si reflexionase sobre estas cosas, y muchas más del mismo orden, y reflexionaría, si fuese sensato, no tendría sueño ni banquete deleitable. Pero con mi ayuda dejan en manos de los dioses todos esos cuidados, no se ocupan sino en vivir muellemente y sólo dejan llegar a sus oídos a quienes saben hablar de cosas divertidas para que no sea turbado por un momento su ánimo. Se imaginan que cumplen intachablemente el deber real con cazar constantemente, tener hermosos caballos, vender en beneficio propio los cargos y las magistraturas y aplicarse a encontrar medios nuevos de apoderarse del dinero de los vasallos y llevarlo a su tesoro. Así, para cubrir con la máscara de la justicia sus iniquidades, resucitan viejos títulos y de cuando en cuando añaden algún halago al pueblo para tenerlo en su favor.

     Imaginaos un hombre como son a veces los reyes, desconocedor de las leyes, enemigo, o poco menos, del bien público, atento a su provecho, dado a los placeres, hostil al saber, a la libertad y a la verdad; desinteresado por completo del bienestar de su Estado y que lo mide todo a tenor de sus caprichos y liviandades. Si se le coloca collar de oro, emblema de la coherencia de todas las virtudes; enjoyada corona, que represente que debe sobrepasar a todo el mundo por el brillo de sus acciones; el cetro, símbolo de justicia y de rectitud de ánimo, y, en fin, el manto de púrpura, insignia de vivo amor a su pueblo y el monarca confronta lo que representan estas insignias y su verdadera conducta, yo os digo que habrían de abochornarle tales atributos y viviría en el temor de que algún malicioso hiciese burla y risa de todo ese aparato teatral.

Erasmo de Rotterdam



"¡Qué mala suerrrrte!", exclamaba, arrastrando la erre antes de rematar con una carcajada, Alfonso Arús parapetado tras unas antiparras enormes disfrazado -acaso no mucho- del histrión Pepe Gáfez. Ese sencillo gag, tan inocente, tan soso, tan inofensivo, condensa toda la trascendencia que el espíritu español da a su fatalismo: "¡Qué le vamos a hacer!", "Es lo que hay", "Así son las cosas", "Virgencita -condecorada o no-, virgencita: que me quede como estoy" (o sea: tonto; tontolculo; gilipás), "Y si no son estos son los otros"... Y así, amalgamando resignación, hipocresía, cobardía y necedad vamos tirando.
No es sólo el remolino desatado estos días por la cuestión de Rita Barberá, quien hace honor a su nombre (el escaño que se me da, no se me quita), y que nos ha hecho olvidar -al menos parcialmente- que los dos grandes partidos nacionales y algunos partidos nacionalistas siguen siendo nidos de corrupción, de chanchullos y mamandurrías, y que siguen ahí, gobernando (o no; pero, pudiendo mucho aún, en todo caso): ¿Dónde quedan los mamoneos de la Cospe, de la Aguirre, de Susanita Díaz, de Álvarez Cascos, de Pepe Blanco, de..? ¿Se han esfumado? ¿Se han diluído en el profundo y grato río del olvido? Con cada mentira que nos embaulamos voluntariamente sabiendo que es mentira, con cada faena que nos hacen y que soportamos estoica y estúpidamente, hacemos un chiste y ya está todo resuelto.
Permitimos que un Presidente de Gobierno -o cualquier otro- no sólo salga ileso de una rueda de prensa; le permitimos incluso que no responda a las preguntas (ni directa ni plasmáticamente); permitimos eso y más: la lista es infinita. Medio millón de periodistas (alguno casi casi de verdad) y a ninguno de ellos se le ocurre exigir lo elemental: "le exijo, porque es su obligación, porque es una servidumbre del cargo en el que me representa y desde el que en mi nombre gestiona, que responda, señor político: ¡quién cojones se ha creído que es usted, imbécil?" Esa, de entrada; porque el no sacarle los colores a quien corresponda ahí mismo cuando engaña y falsea, también debería tener su sitio. Lo de echarles...
Pero, aquí no. En España, no. 
¿La explicación para esa indolencia atávica? Sólo puede ser una: estamos poseídos por el alma de la ignorancia. Poseídos y "tanagustito" con la posesión. Y los que somos minoría no podemos hacer nada: los idiotas ya no nos dejan ni protestar: es antipatriótico. El triunfo absoluto de la estulticia hay que asumirlo. Llegados a este punto en el que sólo cabe renunciar a casi todo menos al desánimo y a los paisajes en solitud, lo único que algunos esperamos es que al menos los estultos tengan la decencia, la deferencia,  de sacar un listado completo y cumplido de quiénes son para poder identificarlos sin tener la necesidad de esperar a que abran la boca para descubrirlo.

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