martes, 1 de diciembre de 2009

Miré los muros de la Patria mía

Para unos su patria es la lengua que malhablan; para otros, su segunda piel. Para estos el terruño inmediato; para aquellos... el 0'7 %, el escaño, la esquina de la facunda Chelito o el Café de doña Rosa y su perspectiva. Cada quisque tiene su patria (apátridas incluídos) y cada patria su aquel. La mía, la que yo tomo o entiendo como patria, es un compendio de todo lo anterior, un revoltijo descabellado en el que campa la sordidez de un viejo fumadero clandestino.
La mía es una patria invariable; una patria que los siglos han sido incapaces de cambiar, de remover hacia la dignidad que debe comportar el concepto "patria". La mía es una patria contradictoria y seca; esperpéntica y atroz.
La mía es una patria que les importa solamente a unos pocos demasiado pocos para poder cambiar el régimen perpetuo asentado en la idiotez, en la complacencia, en el nepotismo y el "¡qué le vamos a hacer!"
La mía es una patria desgastada, cansada, aburrida. Es una patria declinante que vive de recuerdos e ínfulas ajadas. Una patria de hombres enterrados hasta las rodillas blandiendo cachiporras. Es una patria triste de ande yo caliente y ande la Marimorena. ¡Qué pena! ¡Ay, pena!
Nadie se subleva, se levanta: como en los tiempos de la cólera y el miedo. Es la patria de siempre; la de mi pan, mi hembra y la fiesta en paz. Mal vivir, mal llegar; tal vez soñar como lo hacían los pobres de García Berlanga esperando al señor Marshall, la explicación del alcalde-paradigma o como lo hacía, un poco más allá, Segismundo. Soñar. Soñar y dormir mientras se espera: después de cada noche siempre, de nuevo, amanece... que no es poco.

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