11/11/2011

¡Qué malo soy!

Nunca dejará de soprenderme la estupidez humana. Yo me incluyo. Me incluyo más por un prurito solidario que por pertenecer a un grupo en donde, si bien no debo en buena ley incluir a toda la humanidad -sería injusto y excesivo- si debo generalizar por la cantidad abrumadora de seres pertenecientes a ese conjunto.
Todo esto viene por la costumbre, fea, de las personas de catalogar como malos (de ahí para arriba) a todos aquellos que no nos permiten salirnos con la nuestra, a todos aquellos que nos hacen frente y se defienden de nuestros abusos: lo normal siempre es que cada uno imponga su santa voluntad y el resto lo asuma en silencio porque si no...
Aunque me he incluido en la generalización, pertenezco a este segundo grupo; al que hace frente y se defiende -como gato panza arriba- de los atropellos a que estoy sometido a diario. Y me defiendo como puedo porque es muy difícil no desmoralizarse y mantenerse en la liza cuando aquella misma estupidez tiene poder, un poder excesivo e intocable, y lo detenta (no sustenta ni ostenta, detenta) de manera irracional y fuera de cualquiera margen de la lógica y del sentido común.
Habría mucho qué decir del juego y la importancia, del papel, que la opinión social (pública) tiene en todo este entramado de consecuencias descabelladas y mucho qué decir, también, de cómo grupos interesados manipulan hasta la saciedad tergiversando y fraguando hasta consolidar ideas perversas tan alejadas de la realidad auténtica como próximas a la abyección.
Es, por dejarlo reflejado de una forma gráfica y sencilla, el ladrón ( iba a escribir "político", pero me he arrepentido porque ladrón engloba, también, a exesposas; por ejemplo) que se queja amargamente de que no le dejan robar a gusto. A buen entendedor...
Si esto lo trasladamos a otros aspectos de la vida cotidiana ( a los mentirosos que se les reprocha sus mentiras, a la divorciada que usa a los hijos como salvoconducto y arma arrojadiza, al etarra que quiere irse de rositas pasando por la casilla de salida...) tendremos que quienes más tratan de condicionar son, precisamente, todos aquellos que en su esencia más íntima son unos sinvergüenzas de tomo y lomo.
Aquellas asociaciones, por ejemplo, de señoras divorciadas y alarmantes que han extendido la especie (difícil de depurar), y que tanto ha calado, que la propia legislación y la interpretación les favorece hasta cuando comenten los mayores abusos; la especie, digo, de que ellas son las buenas por ser las mamás y que todo lo que sea padre es malo; que han cimentado el falso concepto de que los hijos están mejor con ellas que con los padres, etcétera. Aquellos políticos, por ejemplo, que se llenan la boca de dignidad pero se niegan a abandonar la política porque tienen en ella un chollo morrocotudo. Y así, sucesivamente...
Años estuvo el hermano de un amigo (Juanjo), denunciando la precariedad a que estaban sometidos sus hijos por una madre desnaturalizada -que las hay y más de las que suponemos- y solicitando lo que la ley y los jueces le negaban sistemáticamente una y otra vez. Los de Asuntos Sociales emitían informes favorables de la madre y del trato recibido por los hijos (cohibidos) porque, claro, llamaban una semana antes para concertar la cita. No, no se presentaban de improviso, no: concertaban la visita. Algo así como si la policía telefoneara al atracador para decirle que en una hora y media, aproximadamente, pasarían por el banco a detenerle. Unos años más tarde, cuando los niños ya estaban tocados y su recuperación afectiva, familiar y social era compleja, el hermano de mi amigo recibe una llamada en la que le preguntan si quería hacerse cargo de los pequeños. ¡Después de años denunciándolo! Pero, ahora sí; ahora le apremiaban a quedarse con ellos porque, por fin, en el colegio habían detectado algo anómalo en las conductas de los infantes. Ahora se los cedían, después de tensos años de lucha y fracasos, con la advertencia o la recomendación de que a la mayor brevedad posible se apoyara en psicólogos porque devolver la "normaildad" a esos niños iba a ser una ardua y difícil tarea. Así estamos. Ningún daño es suficiente hasta que no tiene remedio. Cuando ya no tiene solución el mal infligido a quienes fueron seres indefensos, aquellos que fueron los responsables y causantes de dicho mal se lavan las manos, transfieren la responsabilidad a otro y aquí no ha pasado nada... Aquí nunca pasa nada.