miércoles, 22 de diciembre de 2010

Descarga sin de

Abatida la "ley Sinde" -momentáneamente-, el foco de atención sigue centrado en la necesidad de regular las descargas, dar a la red una configuración legal y crear una estructura en donde los autores vean protegidos sus derechos, los internautas los suyos y los amiguetes de la S.G.A.E. puedan continuar poniendo mafiosamente el cazo y recaudar en plan Sheriff de Nottingham dineros hasta debajo de las cantarinas aguas o de las bucólicas piedras del camino (rodar y rodar).
Más allá de la polémica, en la que tanto autores/creadores como interneteros tienen, probablemente, su parcela de razón y sin entrar en algunas incoherencias ideológicas de inciertos personajetes polarizados, me gustaría que nos fijáramos en el cascabel que, cuidadosamente asordinado, no suena: igual que esta ley, los políticos podrían haber impedido la aprobación y aplicación de otras normas de mayor envergadura y trascendencia social.
¿Por qué no lo han hecho cuando queda demostrado que se podían frenar los desmanes de un gobierno errático e inconsistente, impositor y antisocial? ¿Por qué han permitido que la mala gestión campara por sus fueros y engordara plácidamente a la sombra de la corrupción y el autoritarismo palurdo?
La respuesta es clara: intereses y complicidad. Desde Rajoy hasta el diputado más silencioso y domesticado, y exceptuando a aquellos que sin miedo disparaban sus espinas conscientes de que los pétalos con estos tipos no funcionan, todos han sido cómplices y pábulo de nuestra decadencia, de nuestro ocaso.
Pensémoslo. Yo, entre tanto, voy a descargarme un manual de cultivo de rosas... Mientras se pueda.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Hasta aquí... habéis llegado

a quinta acepción del Diccionario de la R.A.E. define "noble" como "honroso, estimable, como contrapuesto a deshonrado y vil".
Todos sabemos, siquiera intuitivamente, qué es noble (una persona noble, un proceder noble, etc...) y todos, de alguna manera, sabemos que un comportamiento noble implica un riesgo, varios riesgos: recibir leña desde cada punto cardinal, infravaloración, que le tomen a uno por tonto o débil... Pero, dichos riesgos, sin duda, son conocidos y asumidos por el ser noble para quien lo más importante es aquello de "nobleza obliga".
Yo, en honor a la verdad, siempre he procurado que en el difícil equilibrio entre el bien y el mal -mi bien y mi mal- la oscilación natural se decantara por el lado del bien. Esto ha supuesto que algunas actitudes frente a los males recibidos fueran de una laxitud casi candorosa por eso de que la propia defensa llevaba implícita una forma de daño. Fruto de ese extraño pudor, de esos escrúpulos desmedidos, es el que no aplicar la ley del Talión haya sido una rémora perjudicial que, por inexistente, ha permitido que el mal causado cayera siempre de este lado y quedara sin castigo, sin ni siquiera oposición.
Lo cierto es que toda esa "filosofía" de la inacción, del perdón universal y absoluto, no sirve. Si te sientas en el umbral de tu puerta a ver pasar el cadáver de tu enemigo cabe la posibilidad de que mueras antes; si tras recibir un golpe pones la otra mejilla es muy posible que pases el resto de tu vida poniendo alternativamente la cara y siendo sacudido a modo.
Eva siempre me habla del efecto bumerán, de esa justicia ultramundana, esencial, cósmica, por la que el resultado de una acción se vuelve contra su autor. Como esperanza está muy bien; como realidad no hay más que oir o mirar en derredor o leer Historia para percatarse de que tan bonito efecto es pura ficción.
Ahora, como una nueva y reveladora perspectiva, me doy cuenta de que todo se ha debido a una mala interpretación mía. Me he dado cuenta de que tratar de evitar el daño no es malo; que defenderse de él, mucho menos y que a veces, cuando se cree que nuestra causa es justa, luchar y atacar primero es lo mismo que vacunarse, es la prevención del futuro mal por eliminación.
A los miserables cobardes que se escudan tras inocentes para dañar, no hay que darles tregua. Hay que empujarlos hasta que el abismo los engulla y toda venganza será justa porque no será revancha sino castigo merecido que no debe quedar olvidado, ni prescrito ni impune.
Con frecuencia, recuerdo la novela "El conde de Montecristo" y pienso: "¡Ojalá el destino me deparara una posibilidad como esa para poner las cosas en su sitio, para devolver tempestades a quienes sembraron vientos!"
Soy consciente de que no todas las causas justas se ganan; pero, si no se luchan, siempre se pierden. Bajo esta premisa lo recomendable, por descabellado que parezca, es el cálculo de probabilidades... E impedir que los sinvergüenzas, los mezquinos, los que carecen de escrúpulos y demás mala ralea y baja canalla, se salgan siempre con suya por aquello de devolver bien por mal.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Feliz Navidad... O algo

No. Esta vez no acusaré; no señalaré culpables: sea esa mi generosa aportación navideña. Me limitaré a aceptarlo con el alma desencajada, con muda resignación. De poco sirve anunciar la decepción o la cólera que siento. Estamos en ese tiempo en que el falso perdón se dilapida con la misma liberalidad con que se miente sobre los buenos propósitos y las enmiendas. No. No hablaré de la hipocresía, de la miseria, de la ruindad, de la soledad, de... De los hombres. Me limitaré a dejar aquí lo que escribió otro hombre: H. C. Andersen.
¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.


En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.


Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.


Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos... y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.


«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho: -Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

- ¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Apresuróse a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.


Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente... Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo.

«¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

Y si hay por ahí alguien a quien este cuento le parece cursi... ¡Me cago en su puto alma!

martes, 7 de diciembre de 2010

Callados como putas, escondidos como cobardes

Recortes. La Unión Europea, temerosa por el derrotero que toma la economía española con estos zascandiles, exige más recortes. Sin embargo, en España siempre hemos tenido un severo problema de interpretación de las palabras... Y aun de lo que vemos.
Europa pide, con criterio ante el despilfarro y el enriquecimiento ilícito de algunos "gobernantes" y administraciones, "recortes", sisas; nadie le habló a este sanedrín de sinvergüenzas de "SUPRESIONES". No, al menos, en aquellas parcelas que afectaran a los desfavorecidos por la mala gestión político-bancaria.
Pensé en un primer momento titular esta entrada "Avestruces". Recuerdo -porque en realidad ignoro si lo hacen- que en los dibujos animados hay dos actitudes sorprendentes y llamativas en estos plumíferos corredores: o te picotean la coronilla hasta dejarla como la bandera nipona o meten toda la cabeza en el primer hoyo que ven.
La asociación de ideas con la actitud de "nuestros" sindicalistas y "oposición" política es inmediata y elemental. Ahora, que es cuando todos deberían estar arrimando sus teas a la hoguera, desaparecen. Sin duda esperan; ¿a qué? Unos a que pase de largo el vendaval sin que se acuerde de ellos y los otros a que el naufragio absoluto se consume para vender a los ahogados -ya muertos irremediablemente- salvavidas inútiles. A burro muerto, la cebada al rabo. Antes de que la debacle tome carta de naturaleza propia y atroz, deberían alentar la revuelta, la insumisión, provocar la hégira en pleno de este desconcertante, abusivo y fascista gobierno.
Los sindicalistas ya deberían estar poniendo barricadas frente al Palacio de la Moncloa y Rajoy-Rajuá "intrigando" con el resto de "opositores" para anular una decisión cuya envergadura parece se nos escapa y, desde luego, ellos no alcanzan a vislumbrar.
No voy a entrar en los datos que, por contundentes, niegan la necesidad de eliminar esa ayuda y deponen su trascendencia ante partidas de rango mayor en la preferencia eliminable. Es de todos sabido que algo no funciona cuando la clase política quita a los súbditos mientras deja inalterado su sueldo. Pero, tampoco voy a abundar en eso.
Lo dramático es que con la supresión de esa ayuda no se incentiva la búsqueda de trabajo porque quien recibe esa ayuda insuficiente YA ESTÁ BUSCANDO INTENSIVAMENTE TRABAJO; no obstante, sí se alimenta una desgracia mayor. Esa "ayuda" no sólo permite sobrevivir a muchas familias. Permite, además, en medio de la asfixia, ir pagando "malamente" muchas de las deudas adquiridas por esas familias, soportar las desorbitadas facturas con que nos regalan los poderosos tenientes de las fuentes de consumo básico y necesario, etc...
Eso, traducido, significa que aumentarán los desahucios y los embargos, los procesos legales y -por ende- el colapso de que tanto se quejan; aumentarán los impagos y (causa-efecto) las quiebras y así sucesivamente. Si no lo ven, ya se lo cuento yo.
Pero, además, está ese incomprensible mutismo sindical y político, esa inmovilidad devastadora que permite por omisión. Busco un razonamiento, siquiera, aproximado para entender dicha actitud.
Doy con algo estremecedor: la revancha.
Sólo consigo explicarme la pasividad de Menditoxo como resultado de la venganza, de la represalia mezquina por no tener el respaldo social que ellos pretendían y que (aquí es donde la pescadilla se muerde la cola) es fruto del desencanto y, precisamente, de su sometimiento y connivencia con un gobierno salaz por excesivo en la represión y en la incongruencia (subvenciones innecesarias a grupos innecesarios). Y este ruin proceder, este desquite absurdo, puede que ahora les satisfaga y les infle a modo su arrogancia perversa; pero, el tiempo, que es implacable, tomará justa venganza porque si cuando más los necesita la sociedad (y cuando tienen una oportunidad de oro para demostrar con quienes están, de qué lado) la abandonan, el castigo será, a buen seguro, demoledor.
Lo de Rajoy-Rajuá y el Pepé, es otro cantar. Cualquier partido en cualquier democracia del mundo que se enorgulleciera de tal, se estaría batiendo el cobre con vehemencia desmesurada, sin contención, sin miedo, sin la sangre fría del cálculo electoral y el futuro gobernable. Medios para impedir o revocar el desmán, haylos por mucho que digan que nada pueden hacer. Sí, sí pueden. Un parlamento democrático (en eso se basa la democracia) puede aprobar leyes a pesar de la resistencia de su gobierno. Un parlamento democrático puede, a pesar de los intentos de obstrucción, anular los ímpetus dictatoriales e infames de un gobierno. Otra cosa es que Rajoy-Rajuá quiera porque, a lo que parece, está más cómodo instalado en el "laissez faire, laissez passer" que en la brega noble del bien de los ciudadanos; parece que quiere llegar a la presidencia por agotamiento del rival y eso, además de cobarde, es revelador: si ahora se comporta así, que hará cuando llegue al gobierno.
En este país nos indignamos mucho y hacemos poco. Sólo salimos a la calle para "protestar" y tirar piedras contra las sedes de los partidos, para calumniar o para quejarnos... Pero, actuar, lo que se dice tomar la iniciativa y descolocar y remover, nada. Somos un pueblo con maniota y orejeras y contento de que sean siempre otros quienes inciten, quienes propongan, quienes activen y convoquen. También somos un pueblo avezado a la queja a posteriori: somos patéticos, esperpénticos. Lloramos Granadas perdidas sin haberlas defendido...
-¡A los parados los vamos a dejar sin nada!
En fin, por mi, que nos jodan (en castellano de España) bien a todos y luego a reclamar al maestro armero o al Sursum Corda (que significa, ironías de la vida, "arriba los corazones").

lunes, 6 de diciembre de 2010

De encuestas y de intenciones

Seamos, siquiera por una vez, amigo Sancho, realistas. Alguien afirmó que cuando lo posible quedaba descartado, lo que quedaba era la verdad por improbable que pudiera parecer. El ruido de facas que se oye desde hace algunos meses en el P.S.O.E. es evidente. Tanto como la diferencia, cada día mayor, de intención de voto entre el primer partido de la oposición y aquél.
Rodríguez Zapatero es consciente, más de lo que nos parece, y su jugada está clara toda vez que no hay solución de continuidad. En su soberbia destructiva está dispuesto a llevarse todo cuanto se le ponga por delante y dejar el solar patrio y cuanto contiene completamente arrasado.
Sabe que su carrera política está acabada. Por eso, antes de irse, quemará toda la tierra posible a fin de que su sucesor -que no desconoce será de otro partido- lo tenga más que complicado para levantar de nuevo los muros arruinados. Lo mismo hará en su partido donde, también, sabe que está "caput" aunque ahí, gracias a sus fieles acólitos, lo tiene un poco más fácil pues mientras él esté, ellos sacan un notable provecho de una situación cuya oportunidad no dejarán escapar fácilmente por los pingües beneficios que les está reportando. Eso, y los codazos que vendrán después, le protege y le permitirá una retirada más o menos silenciosa, una maniobra de distracción que haga desviarse todas las atenciones a otros lugares en los que él no estará, no será el objetivo.
A los seres carentes de escrúpulos no se les puede pedir un ápice de ética o de moral, ni una pizca de noble comportamiento. Y sobre esa premisa hay que analizar la cuestión.
Además hay que conceder que sin ser inteligente ni un tipo preparado, es astuto. Lo que le confiere una peligrosidad añadida.
Por eso se permite humillar aún más a los perjudicados y mantener un aparente control que, en realidad, tienen los bancos a quienes lejos de ofender, apoya solapadamente para que ellos, a su vez, le permitan cometer las atrocidades que perpetra y que tan buena cuenta les trae después de sus gestiones salvajes, ilegales y usureras.
R. Zapatero está, posiblemente, preparando su salida y su destierro voluntario. Y si no se le paran antes los pies...

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El universo cuántico

Demasiados secretos

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