domingo, 19 de diciembre de 2010

Hasta aquí... habéis llegado

a quinta acepción del Diccionario de la R.A.E. define "noble" como "honroso, estimable, como contrapuesto a deshonrado y vil".
Todos sabemos, siquiera intuitivamente, qué es noble (una persona noble, un proceder noble, etc...) y todos, de alguna manera, sabemos que un comportamiento noble implica un riesgo, varios riesgos: recibir leña desde cada punto cardinal, infravaloración, que le tomen a uno por tonto o débil... Pero, dichos riesgos, sin duda, son conocidos y asumidos por el ser noble para quien lo más importante es aquello de "nobleza obliga".
Yo, en honor a la verdad, siempre he procurado que en el difícil equilibrio entre el bien y el mal -mi bien y mi mal- la oscilación natural se decantara por el lado del bien. Esto ha supuesto que algunas actitudes frente a los males recibidos fueran de una laxitud casi candorosa por eso de que la propia defensa llevaba implícita una forma de daño. Fruto de ese extraño pudor, de esos escrúpulos desmedidos, es el que no aplicar la ley del Talión haya sido una rémora perjudicial que, por inexistente, ha permitido que el mal causado cayera siempre de este lado y quedara sin castigo, sin ni siquiera oposición.
Lo cierto es que toda esa "filosofía" de la inacción, del perdón universal y absoluto, no sirve. Si te sientas en el umbral de tu puerta a ver pasar el cadáver de tu enemigo cabe la posibilidad de que mueras antes; si tras recibir un golpe pones la otra mejilla es muy posible que pases el resto de tu vida poniendo alternativamente la cara y siendo sacudido a modo.
Eva siempre me habla del efecto bumerán, de esa justicia ultramundana, esencial, cósmica, por la que el resultado de una acción se vuelve contra su autor. Como esperanza está muy bien; como realidad no hay más que oir o mirar en derredor o leer Historia para percatarse de que tan bonito efecto es pura ficción.
Ahora, como una nueva y reveladora perspectiva, me doy cuenta de que todo se ha debido a una mala interpretación mía. Me he dado cuenta de que tratar de evitar el daño no es malo; que defenderse de él, mucho menos y que a veces, cuando se cree que nuestra causa es justa, luchar y atacar primero es lo mismo que vacunarse, es la prevención del futuro mal por eliminación.
A los miserables cobardes que se escudan tras inocentes para dañar, no hay que darles tregua. Hay que empujarlos hasta que el abismo los engulla y toda venganza será justa porque no será revancha sino castigo merecido que no debe quedar olvidado, ni prescrito ni impune.
Con frecuencia, recuerdo la novela "El conde de Montecristo" y pienso: "¡Ojalá el destino me deparara una posibilidad como esa para poner las cosas en su sitio, para devolver tempestades a quienes sembraron vientos!"
Soy consciente de que no todas las causas justas se ganan; pero, si no se luchan, siempre se pierden. Bajo esta premisa lo recomendable, por descabellado que parezca, es el cálculo de probabilidades... E impedir que los sinvergüenzas, los mezquinos, los que carecen de escrúpulos y demás mala ralea y baja canalla, se salgan siempre con suya por aquello de devolver bien por mal.

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