miércoles, 19 de enero de 2011

El don de lenguas

Recuerdo, vagamente, el esfuerzo del padre Tenaguillo ("no os llamaréis padre en la tierra, que uno sólo es vuestro Padre que está en los cielos") por hacernos comprender el milagro por el cual un grupo de elegidos accede a la facultad políglota. Nos ponía las filminas y en la pantalla aparecía la elite apostólica tocada con unas llamitas, las lenguas ígneas simbólicas de su nueva capacidad.
En la ignorancia de aquel tiempo remoto en el vetusto Colegio Diocesano, nos parecía maravilloso. Ahora, desvelado el truco, el "milagro" adquiere tintes mucho más prosaicos y decepcionantes: esas lenguas no son más que simples pinganillos sublimados por el fervor devoto; tras ellos, los trujamanes mercenarios convirtiendo Babel en la misma Babel pero un poco más entendible.
Hay, sin embargo, matices destacables. Los apóstoles necesitaban difundir su fe entre seres hablantes de otras lenguas que ellos desconocían y de ahí la necesidad de los traductores. Doy por cierto que entre ellos la comunicación se hacía en la lengua vernácula común no ya por ahorro de moscardones zumbando en la oreja, sino por simple, pura y llana COMODIDAD. Eso sin contar con las dudas que me asaltan: ¿Quedarán todas las traducciones iguales, con el mismo sentido? Cuando hable un senador catalán en catalán a los senadores vascongados, ¿se lo traducirán al castellano o al éuscaro?

martes, 11 de enero de 2011

El mandato y la mamandurria

Recurrir, como lo ha hecho esta noche ese tipejo que nos "preside", a que tienen un mandato y que ese mandato lo van a cumplir me suena más a "como alcalde vuestro que soy os debo una explicación...", a coña marinera, a volver a llamarnos bobos, que a razonamiento derivado de la responsabilidad.
Ese mandato del que habla éste algárabo se lo ha pasado durante seis o siete años por el forro incumpliendo las promesas hechas a quienes le dieron dicho mandato; lo ha incumplido malgobernando y mintiendo (y arruinando) a quienes le dieron dicho mandato y, sobre todo, lo incumple desoyendo el nuevo mandato clamoroso que ahora mismo, desde los cuatro cardinales, el pueblo soberano le está dando: que convoque ya elecciones y la ciudadanía, la que da pero no puede quitar "mandatos", decida de nuevo su destino.
¡Pero cómo se puede tener tanto cuajo! Sin duda éste está convencido de que somos idiotas.
Saben (él y sus secuaces) que saldrán indemnes de este drama e impunes de esta función, Saben que nadie, ahora, les pedirá cuentas y que luego, después, quienes lleguen tampoco se las pedirán.
Este cenutrio no va a quedarse para cumplir el mandato sino para seguir con su mamandurria, para arramplar con todo lo que pueda, para esquilmar todo lo que pueda, para dañar todo lo que pueda.
Nos llama tontos y no pasa nada; nos miente y no pasa nada; nos roba y no pasa nada. Nos da igual. La rebeldía, la insumisión, la desobediencia civil son recursos de otros tiempos y de otras gentes.
No ha cumplido ningún mandato y quiere cumplir con éste, hay que joderse...

viernes, 7 de enero de 2011

Hecha la ley, aplicada la trampa

La alegoría de la Justicia se representa, por lo común, portando tres elementos que son tres atributos fundamentales de su condición: la venda, la balanza y la espada.
La espada para partir/impartir y -de alguna manera- velar por el cumplimiento de la resolución que se supone justa.
La balanza para subrayar su equilibrio, su ecuanimidad y/o determinar los pesos de las pruebas.
La venda para oír imparcialmente sin dejarse influir por otras circunstancias.
La alegoría es muy bonita y queda muy bien; la realidad desmiente dichos atributos y confirma, día a día, una verdad inapelable: la "justicia", que no es otra cosa que la aplicación de las leyes tal y como está concebido el sistema judicial español (sin entrar en otros), la imparten hombres y los hombres se equivocan, se corrompen o, simplemente, se desentienden. No todos, claro; pero, hay que generalizar.
La venda se ha convertido en un axioma falso pero útil. La justicia no necesita una venda; al contrario. La justicia debe tener una extraordinaria capacidad de visión para determinar, para seleccionar, para no dejarse engañar por zalamerías. Debe ver para poder buscar, para zambullirse en el empeño de encontrar la verdad y no dejarla pasar invisible delante de unos ojos inútiles por cegados.
¿Cómo es posible que un juez dictamine sin oír a las dos partes en litigio, sin recabar pruebas, sin indagar en las causas que han llevado a los litigantes a ese extremo?
¿Cómo es posible que un juez coopere en la comisión de un delito de esa forma tan descarada?
Los jueces tienen demasiado poder y ninguna responsabilidad y eso no es justo, no es de JUSTICIA.
¿Cómo es posible que un juez permita la comisión de un delito y lo deje impune por sentenciar tras una operación de "hechos consumados" que entienda irreversible y en virtud a esa "irreversabilidad" decida que el delito no es tal?
Ejemplos hay, como en todo, a millares y nuestra indefensión prodigiosa.
El entramado legal es complejo y desolador. Han creado una máquina cuasi perfecta en la que el más débil es, contradictoriamente, quien tiene las de perder. Algunos amigos letrados me reconocen este punto a la vez que admiten que es, para ellos, una fuente de ingresos nada desdeñable: el sistema les permite y los mantiene. Alguno de ellos, incluso, se atreve en privado a ir un poco más allá: "si las cosas fueran como deberían ser, la mitad de los abogados nos moríamos de hambre".
Quizá por eso cuando, de tiempo en tiempo, sale un juez díscolo o un abogado de encomiable tesón justiciero, nos admiramos y pensamos, íntimamente, en el valor de esas personas que no conseguirán cambiar nada. Y si ni ellos consiguen cambiar ese tinglado, nosotros, que tenemos las de perder...

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!

Es muy posible que una buena parte de lo que queremos decir (aportar) ya lo haya dicho (escrito) alguien y mucho mejor de lo que la mayoría de nosotros es capaz de hacerlo. Hay ideas que nos rondan la cabeza pero que no conseguimos dar forma; entonces es bueno -creo yo- acudir a las fuentes de la sabiduría y rescatar esos fragmentos irrepetibles. Son pedazos que nos conmueven, que recordamos toda la vida. Trozos inapelables que se hacen imprescindibles. Yo recuerdo varios y de entre ellos, con demasiada frecuencia, algunos como aquellos estremecedores versos de Don Juan Tenorio: "Llamé al cielo y no me oyó / y pues sus puertas me cierra / de mis pasos en la tierra / responda el cielo, no yo". Llega un momento en que pasan a formar parte imprescindible de nuestro bagaje, de nuestro acervo.
Aquí os dejo otro de los textos más gloriosos de la literatura universal:

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevida y crüel
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas, bajel de escamas,
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?

En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

La vida es sueño.
P. Calderón.

miércoles, 5 de enero de 2011

Así las cosas

Tiene razón Santiago López (magnífico escultor, por cierto) cuando afirma, poco menos, que bien podría ser yo, con mi "antioptimismo" -que no pesimismo tal cual- el tercero de los hermanos Malasombra. Tiene razón en que este blog asume cierta saturación de "negativismo" que resulta proverbial y que su lectura viene a ser algo así como un diafragma que refleja, únicamente, malas vibraciones.
Todo tiene su explicación, tanto por su parte (o la del incauto lector) como por la mía.
Comprendo que la gente, harta de soportar una realidad demoledora, necesite espacios y medios de evasión, de distracción que permitan eludir siquiera momentáneamente la miseria cotidiana. Comprendo que recalcar opiniones que no son sino ramas de una misma idea condensada en el recio tronco de la decepción, no sólo no ayuda, además puede empalagar. Comprendo que recordar casi permanentemente el yugo a que estamos uncidos es lo mismo que recordar que grande parte de los males que nos acucian provienen de nuestra pasividad y eso, claro, no le gusta a nadie. A mi tampoco.
En esta otra orilla la explicación, aunque la hay, carece de importancia y aventarla sería aventurar una excusa infame que, por ahora, no necesito. Son mis opiniones y ellas se justifican a sí mismas.
Soy consciente de que mezclando churras con merinas, dando una de cal y otra de arena, este blog resultaría más ameno (si se me permite la inmodesta perspectiva). Aunque, desde luego, si me atengo a los datos facilitados por el globo terráqueo insertado en el faldón de la página y analizo los factores que pueden influir en que la gente visite mi publicacioncilla, las dos opciones más relevantes son: o por lo que escribo o por lo que vinculo (quizá ambas cosas). Y, en todo caso, el resultado es satisfactorio para mi. No argumentaré el evidente porqué.
No obstante, como me he convencido de que Santi tiene razón, voy a hacer propósito de enmienda y tras el preceptivo acto de contrición intentaré acrisolar el contenido futuro, depurarle de las impurezas predominantes y amalgamar asuntos sin sopesarlos en función de su relevancia o de mi interés y sí de mis gustos, aficiones, anécdotas... Lo que se tercie. Y digo "procuraré": otra cosa es que lo consiga.
A lo que no pienso renunciar es al ceño fruncido y torvo. No porque la euforia y el optimismo, sean enfermedades contagiosas y por ende susceptibles de ser maniobradas a la cuarentena. No. Seguiré obcecado en mi forma adusta y demarrada; persistiré en mi no claudicación a la felicidad bobalicona que se consigue a través de la ignorancia de los acontecimientos. Soy desabrido, ¿qué le voy a hacer? Más cuando mi temperamento y mi religión me prohiben ser de otra manera. Pero, como escribo, sí procuraré volver al espíritu inicial de este blog, el espíritu con el que tímidamente debuté.
Tal día como hoy hace la friolera de setenta y cinco años (septuagésimo quinto aniversario, por si hay algún ministro, periodista, copresentadora o alumno de la L.O.G.S.E. enfrascado en la leyenda -también se puede decir "lectura"-) murió don Ramón José Valle Peña.
Como doy por sentado que los citados en el paréntesis-digresión no sabrán de quién hablo, les daré una pista a ver si consiguen descifrar el enigma: se le conoce como Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro.
No loaré -me parece innecesario (superfluo, para los parentesianos)- ni glosaré su genio ni su figura; ni una palabra daré al pábulo del paisaje apaisanado. Sólo diré, para quien no lo sepa, que además de dramaturgo, poeta y novelista excepcional, fue el hombre que consiguió poner nombre y concepto al carácter español, a nuestra forma de ser, de pensar, de actuar: esperpento.
Creo, o quiero, recordar que en alguna de mis primeras incursiones en este blog ya interpolé un fragmento de Luces de bohemia.
Ahora, no deshonraré su memoria dejando un rastro en blanco, un recuerdo sin palabras, sin sus palabras. Aquí os dejo, con la recomendación encarecida de que leáis a don Ramón, otro pasaje de su pluma.


El miedo

Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor...
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel
Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:
-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:
-Ahora veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no lo es, seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:
-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro...!
El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey...!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!
Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
-Señor Granadero del Rey, no hay absolución ...¡Yo no absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!
FIN

martes, 4 de enero de 2011

davides y GOLIATES

Cuando un medio de comunicación nos informa del triunfo de un tesonero mindundi sobre uno de esos colosos de poder casi omnímodo, nos regocijamos íntimamente pletóricos de esperanza, satisfechos de constatar que -en efecto- el débil puede vencer al fuerte. No solemos caer en la cuenta de que nuestra efímera plenitud es un espejismo y que si el lance ha saltado a luz pública es por su carácter extraordinario, precisamente.
Un david puede vencer a un GOLIAT; pero, lo sólito, lo resignadamente normal, es que el monstruo devore al incauto que osa hacerle frente.
El consumidor, el ciudadano en general, no tiene recursos ni resortes eficaces para lidiar contra uno de esos emporios que dominan conscientes de su implacable poderío. La "justicia" es cara, lenta y tortuosa cuando no servil y aquellos elementos sociales que deberían velar por el interés general, el de todos, son con frecuencia brazos de aquellos poderes casi absolutos cuando no sus mercenarios.
Hablo de empresas que no sólo se permiten el lujo (arrogancia) de vulnerar deliberada e impunemente la legislación -ambigua, por lo común, lo que les favorece con interpretaciones beneficiosas para ellas, las empresas-, sino que se inventan sus propias leyes arbitrarias y las imponen descaradamente ante el silencio, connivencia y pasividad de quienes tienen la potestad de evitarlo.
Hablo de los distribuidores de combustible y sus estaciones de servicio y más que sospechosa tabla de precios que aplican. De sus subidas (nunca bajadas) bien planeadas y todos a la vez.
Hablo de los bancos y sus comisiones; de sus extrañas maneras recaudatorias variando a su antojo fechas, también muy bien estudiadas para que les produzcan beneficios extraordinarios; de la imposición  (de la exigencia) de abonar recibos -porque lo dicen ellos para su comodidad- martes y jueves de nueve a diez. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo ingresar el importe del recibo de la luz un miércoles a las dos de la tarde que es cuando puedo acudir a la sucursal?
Hablo de los operadores de telefonía que además de obligarme a domiciliar el recibo con lo que eso conlleva (si se equivocan ellos puedo esperar sentado la reparación; si me equivoco yo...), que me putean con atenciones al cliente que son, intencionadamente, desesperantes aplicando con ese juego deplorable el primer filtro, la primera selección. Y más cosas.
Hablo de las Aseguradoras y sus malas artes y prácticas, sus maniobras envolventes, disuasorias o evasivas.
"Ad infinitum".
Todos tenemos mil ejemplos. Todos menos los que tienen la obligación de conocer esos miles de ejemplos y poner coto a los desmanes.
Habrá quien afirme que las asociaciones de consumidores y usuarios no tienen la obligación de actuar más que por sus afiliados o por aquellos que, previo pago, acudan a ellos.
Mi respuesta es simple: la defensa del ciudadano, con independencia de otras acciones "privadas", debe corresponder al Estado. Luego, si además de que éste procure armas defensivas se ve asistido por entidades particulares, mejor que mejor.

domingo, 2 de enero de 2011

Año nuevo, ¿para qué?

Es una terapia paliatoria; un recurso destinado a suplir la incomprensión, la ignorancia, el desconcierto y la náusea de un mundo impuesto que ha resultado atroz y hostil. Imagino con frecuencia una hoja en blanco o un muro, largo (muy largo) y alto (bastante alto), recién encalado. Desde uno de sus ángulos inferiores empiezo a puntuarlo todo con minúsculas motas de tinta hasta rellenar toda la superficie. Luego, tras multiplicar infinitamente el resultado, a una de esas pizcas le atribuyo la abominable cópula: ES nuestro planeta. Entonces, siguiendo el proceso imaginativo, pienso a qué terrible máquina pertenece ese pequeño resorte, ese fragmento ínfimo que tiene otras máquinas, leyes, conflictos, edificios, libros, fregonas, políticos, trompetas... Y, claro, pienso en "¿dónde está Dios?". Si yo no presto atención a ninguno de los invisibles elementos que me conmueven y me componen, como lo va a hacer una máquina en la que nosotros no llegamos, siquiera, al rango e importancia de un quark. No tenemos ninguna trascendencia. Estamos confinados en esta cruel esfera con la única misión/función de generar un ápice de energía a través de nuestras pasiones y turbulencias y aportar así a la gran máquina la cuota para la que hemos sido desarrollados: una mariposa bate sus alas en Japón y a cien megapársec de distancia una espora de nueve brazos mece a un hermoso babilacentonio de ojos transparentes y lánguidos tentáculos de pelo de atanormecilio de vientre raso.
No le encuentro sentido a esta tortura innecesaria e irreversible. No veo qué fatal estructura haya de precisar de nuestro dolor para vivir.
Estamos reducidos a este espacio miserable, limitados por los cuatro costados y destinados a consumirnos y desaparecer engullidos por un voraz ámbito y sólo nos preocupa ver los patéticos programas de Telecinco. Algunos, pasamos horas inmersos en la duda, en el debate interior sobre cómo actuar, cómo reaccionar, luchando por que prevalezca la conjetura del bien o del mal cuando el premio o el castigo no son sino inventos que nos debilitan una conciencia maltrecha y manipulada; cuando todo lo que nos rodea no es más que el fruto aciago, amargo, de una terrible impostura.
Nunca seremos dioses. Eso es lo lamentable. Se nos impone un destino y se nos obliga a aceptarlo por la Autoridad más incompetente de la Creación. Tal vez a Dios, a los Dioses les molesta eso, que simples y mortales posos se les encaren y les digan una verdad palmaria: que abusan de su poder, que no tienen el valor de apearse de su "omnipotencia" y dar la cara.
En todo este tinglado, al que nos aferramos con uñas y dientes, nuestra estancia no dura más que un fugacísimo instante. ¿Qué se puede hacer en tan poco tiempo? Cada uno tiene su respuesta en virtud de sus creencias o de sus objetivos, de sus circunstancias. Yo, por mi parte, estoy cada día más convencido de que la vida, o Dios, o los Dioses, ayudan y protegen a los infames y a los sinvergüenzas sin escrúpulos y que para sobrevivir frente a esos seres hay que carecer de conciencia; de lo contrario no habrá paridad de armas y seguirán perdiendo los de siempre.

ZEITGEIST: MOVING FORWARD

El universo cuántico

Demasiados secretos

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