martes, 21 de junio de 2011

Con la misma bala...

s voy a contar una historia. No: la voy a resumir.
Hace muchos, pero que muchos años, un hombre fue detenido. Se le acusaba de blasfemo y de no cumplir con la legalidad vigente. Pedía un nuevo orden, una nueva estructura, unas nuevas leyes. Fundó un movimiento ilegal que durante mucho tiempo hubo de desenvolverse en la clandestinidad porque tanto la pertenencia a dicho grupo como sus manifestaciones públicas y acampadas estaban prohibidas. Se les persiguió por revolucionarios, por pretender la implantación de una nueva sociedad que creían más justa y fraternal. Chocaron, sin embargo, con las leyes imperantes y con el argumento "sólido" de "la ley está para cumplirse". Desobedecieron convirtiéndose, pues, en delincuentes. Poco a poco ocuparon las calles; salieron a manifestar sus convicciones a sabiendas de que serían sometidos a procesos penales. ¡Pero, eran "ilegales"!
Una secta del judaísmo, subversiva, se convirtió en una religión universal a pesar de la intransigencia y transgrediendo la norma establecida.
Esa secta religiosa es la que ahora, en España, agita la grímpola del maniqueísmo barato y acusa de "ilegales" a quienes buscan la palabra y la justicia. ¿Qué poco conocen su historia? ¿Qué poco recuerdan sus orígenes delictivos? Porque su mismo argumento es el que me sirve para disparar el mío: con su misma bala.
De las catacumbas han pasado a las cadenas de televisión y a las emisoras de radio. Se han convertido -al parecer- en el sanedrín corrupto y severo que les acusó, en los fariseos hipócritas que pedían el cumplimiento inexcusable de la ley. Tendrán que volver, aplicando su criterio, al redil judaico y disolver el cristianismo: es lo lógico; es lo justo.
Al parecer, todos somos ilegales... ¡Qué grata sorpresa!

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