jueves, 6 de febrero de 2014

EL NEGOCIO DEL ESTADO

No solo estamos fichados desde que nos nacen, sino que el control se extiende a todas nuestras actividades y posesiones de tal manera que es imposible, prácticamente, hacer nada a espaldas del gran ojo de la administración.
Paulatinamente, nuestros políticos -alentados por la pasividad y la indolencia ciudadanas- han reducido nuestra libertad, nuestros derechos y nuestra capacidad de maniobra privada. Determinan cuando quieren y como quieren qué impuestos y pagos hemos de soportar para satisfacer sus veleidades; imponen qué es legal y qué no lo es, y cuándo y cómo, únicamente en función de sus intereses (el cambio temporal, por ejemplo, de los límites de velocidad); o deciden cuándo podemos hacer o deshacer.
Hasta tal punto hemos pignorado nuestra libertad y nuestros derechos que hemos perdido toda posibilidad de recuperarlos, mientras ellos -los políticos-, en busca de una permanente y pantagruélica recaudación innecesaria, nos han llevado a extremos de una sordidez y un patetismo pintorescos: no puedo vender mi casa a otro sin pagar a la administración; no puedo regalar mi coche sin pagar a la administración; no puedo organizar en el patio de mi casa, que es particular, un mercadillo vecinal para desprenderme de aquellas cosas que ya no quiero... Y así sucesivamente.
La injerencia de los políticos en nuestras vidas ha llegado a un punto que a mi me parece indecente, injustificable e incomprensible. Un punto que no deberíamos haber permitido y mucho menos cuando se supone, así nos lo venden, estamos en un sistema de economía "liberal". Pero, dicen, así es el sistema y es bueno. Y ya lo creo que es bueno. Bueno para ellos, para los acemileros que arrean a la reata ciudadana; ¿o quizá no es recua, sino piara; o mansa manada, simplemente, y no ciudadanía?

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