viernes, 15 de octubre de 2010

¡TRABAJAD MÁS, MÁS, MÁS..!

Yo no sé de dónde saca Díaz Ferrán el aplomo (sea jeta en romance llano) para exigir que se trabaje más  y se gane menos -aún- porque, según él y su piara de afines, se trabaja poco y se gana mucho. A él no le costará demasiado esfuerzo (trabajo) sentarse doce o catorce horas diarias tras su mesa a arruinar empresas y quedarse tan pancho.
Desde hace (al menos) un par de años, y gracias a la pésima gestión de este hatajo de "fistros" socialistas -por decir algo- y la anuencia tácita de los peperos, una parte del inmenso debate en el que estamos sumidos se ha centrado en la edad de jubilación y en la productividad, en el rendimiento de los trabajadores españoles que nunca es suficiente. No voy a redundar (léase la entrada antigua correspondiente) en las dudosas cualidades interpretativas de quienes manejan, interesados, las estadísticas. Me voy a limitar a apuntar un par de cosas (o tres) sobre la jubilación y sobre el trabajo-trabajadores.
Es falso, cuando se pretende aumentar el techo jubilar, que establecida la comparación con el resto de países europeos, España goce del privilegio de ser el lugar dónde antes se cesa en el trabajo. La edad en toda la "unión" es uniforme con algunas tendencias a la baja: la edad más común son los sesenta y cinco años, salvo Francia, Suecia y algunos más donde es inferior.
Con esto han tratado de trasladar la responsabilidad del derroche y el naufragio a los trabajadores. ¿No se trabajaba lo mismo en época de Aznar y los resultados fueron bonanza económica, crédito internacional y desarrollo? Luego, el razonamiento de gobierno y aledaños, en sí mismo, ya es una excusa tramposa. Más si tenemos en cuenta que este gobierno, estadísticamente, lo tenía todo a favor. Recordemos que España es el único país de Europa donde la peculiaridad de la crisis -ahondada por este gobierno giróvago- consiste en culpar a los demás y financiar a aquellos a quienes se acusa de causarla.
Sobre la productividad comparada también hay mucho qué decir. Sobre todo cuando en el análisis hay factores y variables que se ocultan ladinamente con el fin exclusivo de engañar y que todo trabajador (y el empresario, por supuesto) conoce: aquí una persona hace lo que en otros países, en el mismo, idéntico sistema, cadena, etc.., hacen tres. Y eso es demostrable. Si alongamos la cuestión a "eficiencias", gestiones y horarios laborales, rentas por trabajo, etc.., entonces nos encontraremos con datos estremecedores y en los que salimos, con diferencia, perdiendo. En España el trabajador trabaja y el empresario -perdón por la generalización- se enriquece y echa al trabajador a la puta calle en connivencia vergonzosa y abominable con los sindicatos y sus gerifaltes.
Que Díaz Ferrán venga a dar lecciones de no sé qué, no se si es para reír o para pedir, directamente y sin pasar por la casilla de salida, el pasaporte siciliano: total, mafia allí, mafia aquí; pero, por lo menos, te queda claro.
Es difícil esquematizar, sintetizar en pocas frases la gran mentira a la que nos tienen subyugados. Claro que, a buen entendedor...

...

"Cuando te rompas -le dijo-, y te romperás, no habrá nadie a tu lado para recoger las esquirlas. Entonces cada segundo del resto de tu vida contendrá todo el dolor del mundo. Sin paliativos, sin expiación posible, quizás comprendas..."
La mirada de odio, en otro tiempo, hubiera podido horadarle. Ahora resbalaba por aquella nueva superficie impermeable al rencor.
Cogió a sus pasajeros y sin más demora, sin mirar siquiera de reojo a la arrogante figura posada como un impasible centinela bajo el soportal, partió.
En su cabeza, en su corazón, quizás en su estómago, revoloteaba una intuición imprecisa, sin forma definida. Nada inquietante. Era como si del rescoldo de aquel augurio algo cobrara entidad para hacer cumplir un designio inexorable. No pudo identificar las imágenes residuales que cruzaron rasantes su cabeza.
Pocas veces, anteriormente, había sido capaz de inmiscuirse en el hermético entramado de las profecías. Era cierto, sin embargo, que en las contadas ocasiones en que lo hizo, sus palabras se cumplieron con estremecedora exactitud. Peor era cuando sólo lo pensaba. Súbitamente aparecía la imagen de una persona y la frase. Luego, al poco tiempo, veía cómo aquel pensamiento se materializaba.
Miró por el espejo retrovisor. Los dos pasajeros disputaban por qué sería lo primero que harían en cuanto llegaran a su destino. Sonrió e impuso la paz ofreciendo una alternativa suculenta.
Aquella misma tarde recibió la primera llamada. Nadie respondía al otro lado del teléfono. Sólo se oía el rumor apagado, asmático, de alguien intentando hablar a través de las lágrimas. Esperó unos segundos, lo que dura ese instante de desconcierto, de incertidumbre, y colgó. Volvió a sus juegos, a degustar las presencias unánimes.
Sólo cuando el silencio de la noche fue rotundo se atrevió a susurrar: "Se ha roto". Dió media vuelta y se quedó dormido.

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Demasiados secretos

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