23/11/2011

¿Y Dios?

Para quienes nos pasamos buena parte de la vida intentando aprender algo y comprender un poco este mundo, el concepto "Dios" resulta de lo más desconcertante.
Creer en Él o no creer es, al final, una cuestión de fe, de la misma fe dogmática presentada en sus dos polos opuestos. Es así porque si bien no tenemos pruebas tangibles y verificables de la existencia de Dios, no es menos cierto que tampoco tenemos forma de demostrar lo contrario: creer en la existencia de los biripichos gamusefos alípodos no significa que sean, que existan, ni el no haberlos visto significa que no estén ahí, agazapados en alguna parte del cosmos.
Lo razonable (y lógico) en un universo infinito es pensar que todo se da, todo está, y además infinitamente e infinitas veces y en todos los momentos. Incluso aquello que el hombre aún no ha podido conceptuar o definir, ni siquiera sospechar.
Sorprende que tanto los defensores de la existencia divina como sus detractores aportan las mismas pruebas para sostener sus teorías. Nuestro menino mundo (este planeta llamado Tierra) es menos que una mota de polvo en el todo de ahí afuera. De hecho, cualquiera mota de polvo de las que cubran nuestros anaqueles es extraordinariamente más grande y consistente -en la proporción, claro- de lo que es este terruño en la inmensidad cósmica. Infinitamente más grande.
Para apoyar cada creencia, surgen preguntas que, supuestamente, contienen la respuesta en sí mismas. Preguntas que alimentan el debate hasta que desembocan en la pregunta crucial, en la pregunta madre: ¿Quién hizo a Dios?
Con la aseidad hemos dado. Aquí el desconcierto puede proclamarse como inquietud porque dependiendo de la argumentación se entra en bucle eterno, en un eterno retorno enloquecedor. Si Dios se hizo a sí mismo, ¿qué le impide al hombre haber evolucionado hasta aquí gracias al simple empuje natural? Si Dios necesitó otro Dios...
En el embrollo no dejarán de mediar e intervenir conceptos como "inteligencia", "lenguaje", "alma", etcétera, que lo único que hacen es enredar más la madeja.
Al final todos nos movemos por sospechas sin confirmar o por el deseo vehemente de que en la creencia -una u otra- esté la explicación a nuestra visión de las cosas y de cada por qué incomprensible.
Yo no sé si existe Dios o no. Pero, sí tengo cada día que pasa más clara una cosa: a medida que se hacen descubrimientos, que avanza la ciencia, que el hombre desarrolla nuevos proyectos tecnológicos (véase la informática, por ejemplo), estoy más convencido de que el hombre no lo ha hecho solo.
A veces (sé que es descabellado, pero lo he pensado seriamente y no como argumento de un relato de ciencia ficción), me he planteado si el hombre no es más que un ordenador "sofisticado" dominado por un programador que le reprograma, pasa el antivirus, modifica, usa, instala o desinstala a voluntad... Y puede que en mi insensata y disparatada idea, no vaya muy desatinado... Sobre todo porque, quizá, lo que falla no es la existencia o inexistencia de Dios, sino nuestra mediocridad al conceptuar y definir algunas cosas...

21/11/2011

De este árbol caído...

... Yo sí creo que hay que hacer leña. Y mucha. No sólo porque este impostor nos haya hurtado la dignidad además de los fondos, sino porque el precedente que sienta es demasiado peligroso para dejarlo en la más completa impunidad. José Luis Rodríguez Zapatero merece algo más contundente que la negación del saludo cuando pasee por la calle o el certero y vengativo escupitajo de un camarero en el café de los ochenta aproximadamente. Este sinvergüenza merece un procesamiento en regla y que caiga sobre él todo el peso de las tablas de la ley (deseo, claro, que extiendo a sus apóstoles). No merece él un escarmiento ejemplar, no: nosotros, la ciudadanía, merecemos el acto de justicia que supone verlo enrejado y hundida su familia en la misma idéntica miseria en la que él ha dejado a millones de familias mientras regalaba un dinero precioso a la Asociación de amigos de Al-Qaeda o para el Estudio de la viabilidad de la cría del salmonete en las dunas del Sáhara. Éste cobarde mentiroso se va a ir con la misma arrogancia con la que llegó y convencido, en su megalomanía, de que los demás seguimos equivocados; se va a ir con la misma sonrisa estúpida con la que millones de incautos se dejaron camelar.
Ahí empezaría la verdadera reforma y la verdadera regeneración democrática. No dejarlo en un linchamiento moral y en una reseña histórica deplorable.
Pero, evidentemente, Rajoy no alentará nada parecido a la justicia en el asunto Zetapé por si acaso, por si algún día le toca a él mismo.

20/11/2011

Mi cambio, mi lucha.

Supongo que son etapas, fases -como las lunares-, que todos sufrimos y superamos, inevitables y necesarias. El caso es que, de repente, en un momento tan determinado en el tiempo como impreciso para nosotros, algo se nos rompe por dentro a modo de parto inverso y nos cambia. Quizá esa metamorfosis haya sido progresiva y por eso sólo la percibamos en el momento justo en que ha terminado de fraguarse y cuando la mutación ya es irreversible. Quizá llevemos instalado, ignorantes de ello, un mecanismo de defensa para evitar modificar ese cambio imprescindible para nuestra propia evolución. Sea como fuere, hoy la confluencia de circunstancias me ha revelado uno de esos cambios indoloros que experimentamos y que he recibido con agrado. Sí, con agrado. Puede que porque en el fondo ya lo llevara enquistado desde tiempo atrás (¿desde siempre?) o porque lo anhelara con la vehemencia con que se desea lo inalcanzable.
Se hace el cambio como se hizo la luz y los corsés -algunos, al menos- se rompen y dejan de constreñir y asfixiar. Se opera la transformación y cambia la perspectiva de todo cuanto nos rodea y nos influye. La sangre sigue ardiendo, el ímpetu sigue irreductible; pero, el valor es más sereno, más predispuesto a no desperdiciarse en una salva, y el dolor... El dolor pasa a ser una simple cuestión de oportunidad y tiempo; se asume, se anula hasta donde es posible y se soporta bajo la certeza de que el cansancio es un espejismo, que no importan las derrotas pues lo importante es combatir porque no son las heridas las que matan, sino la rendición.
Vuelven, entonces, viejas y desvaídas consignas despreciadas y se comprende su utilidad. Vuelven, para adherirse al pecho como coseletes invulnerables, antiguos alientos y antiguas armas que creí orinadas e inútiles. Vuelven para ayudarme a sobrevivir en el mundo que acabo de descubrir; un mundo que, ahora lo sé, puedo perder sin remordimiento por innecesario; un mundo en el que ganar o perder carece de importancia. Vuelven para diluir cualquier residuo de miedo que quedara.
He cambiado yo, ha cambiado todo.

11/11/2011

¡Qué malo soy!

Nunca dejará de soprenderme la estupidez humana. Yo me incluyo. Me incluyo más por un prurito solidario que por pertenecer a un grupo en donde, si bien no debo en buena ley incluir a toda la humanidad -sería injusto y excesivo- si debo generalizar por la cantidad abrumadora de seres pertenecientes a ese conjunto.
Todo esto viene por la costumbre, fea, de las personas de catalogar como malos (de ahí para arriba) a todos aquellos que no nos permiten salirnos con la nuestra, a todos aquellos que nos hacen frente y se defienden de nuestros abusos: lo normal siempre es que cada uno imponga su santa voluntad y el resto lo asuma en silencio porque si no...
Aunque me he incluido en la generalización, pertenezco a este segundo grupo; al que hace frente y se defiende -como gato panza arriba- de los atropellos a que estoy sometido a diario. Y me defiendo como puedo porque es muy difícil no desmoralizarse y mantenerse en la liza cuando aquella misma estupidez tiene poder, un poder excesivo e intocable, y lo detenta (no sustenta ni ostenta, detenta) de manera irracional y fuera de cualquiera margen de la lógica y del sentido común.
Habría mucho qué decir del juego y la importancia, del papel, que la opinión social (pública) tiene en todo este entramado de consecuencias descabelladas y mucho qué decir, también, de cómo grupos interesados manipulan hasta la saciedad tergiversando y fraguando hasta consolidar ideas perversas tan alejadas de la realidad auténtica como próximas a la abyección.
Es, por dejarlo reflejado de una forma gráfica y sencilla, el ladrón ( iba a escribir "político", pero me he arrepentido porque ladrón engloba, también, a exesposas; por ejemplo) que se queja amargamente de que no le dejan robar a gusto. A buen entendedor...
Si esto lo trasladamos a otros aspectos de la vida cotidiana ( a los mentirosos que se les reprocha sus mentiras, a la divorciada que usa a los hijos como salvoconducto y arma arrojadiza, al etarra que quiere irse de rositas pasando por la casilla de salida...) tendremos que quienes más tratan de condicionar son, precisamente, todos aquellos que en su esencia más íntima son unos sinvergüenzas de tomo y lomo.
Aquellas asociaciones, por ejemplo, de señoras divorciadas y alarmantes que han extendido la especie (difícil de depurar), y que tanto ha calado, que la propia legislación y la interpretación les favorece hasta cuando comenten los mayores abusos; la especie, digo, de que ellas son las buenas por ser las mamás y que todo lo que sea padre es malo; que han cimentado el falso concepto de que los hijos están mejor con ellas que con los padres, etcétera. Aquellos políticos, por ejemplo, que se llenan la boca de dignidad pero se niegan a abandonar la política porque tienen en ella un chollo morrocotudo. Y así, sucesivamente...
Años estuvo el hermano de un amigo (Juanjo), denunciando la precariedad a que estaban sometidos sus hijos por una madre desnaturalizada -que las hay y más de las que suponemos- y solicitando lo que la ley y los jueces le negaban sistemáticamente una y otra vez. Los de Asuntos Sociales emitían informes favorables de la madre y del trato recibido por los hijos (cohibidos) porque, claro, llamaban una semana antes para concertar la cita. No, no se presentaban de improviso, no: concertaban la visita. Algo así como si la policía telefoneara al atracador para decirle que en una hora y media, aproximadamente, pasarían por el banco a detenerle. Unos años más tarde, cuando los niños ya estaban tocados y su recuperación afectiva, familiar y social era compleja, el hermano de mi amigo recibe una llamada en la que le preguntan si quería hacerse cargo de los pequeños. ¡Después de años denunciándolo! Pero, ahora sí; ahora le apremiaban a quedarse con ellos porque, por fin, en el colegio habían detectado algo anómalo en las conductas de los infantes. Ahora se los cedían, después de tensos años de lucha y fracasos, con la advertencia o la recomendación de que a la mayor brevedad posible se apoyara en psicólogos porque devolver la "normaildad" a esos niños iba a ser una ardua y difícil tarea. Así estamos. Ningún daño es suficiente hasta que no tiene remedio. Cuando ya no tiene solución el mal infligido a quienes fueron seres indefensos, aquellos que fueron los responsables y causantes de dicho mal se lavan las manos, transfieren la responsabilidad a otro y aquí no ha pasado nada... Aquí nunca pasa nada.

06/11/2011

Patricia y los caracoles.

Patricia era un mico de cinco o seis años, creo recordar. Y creo recordar que ya, en ese momento, tuvo la osadía de ir ella sola desde su casa hasta la de los abuelos. Recuerdo que era tarde de toros y que estalló una breve tormenta que amainó los calores veraniegos. Lo recuerdo porque hace unos días, quemando viejos y cansados textos de mi "ampulosa" juventud, apareció uno que creí perdido y cuya desaparición me causó una notable tristeza por lo que contenía de afectividad. La casualidad, el destino, lo que sea, lo ha traído de nuevo a mis manos y a mis ojos. Como todos mis escritos es inmediato e impaciente; a éste, sin embargo -junto a otra docena escasa-, le tengo un aprecio especial a pesar de sus imperfecciones apabullantes. Quizá porque me refresca una escena llena de ternura y los ojos chispeantes de Patricia llenando de destellos azules la penumbra del salón. De esto hace ya veintitantos años.


Acababa de llover. La tormentilla estival dejó cuatro gotas y una tarde fresca, luminosa, bajo las escasas y esparcidas nubes que, rezagadas, aún colgaban del terso cielo azul. A Patricia líquida, amiga del agua, le faltó tiempo para echarse a la calle a pisotear los escuálidos charcos y los regatos cuyo escaso y tímido ímpetu, liberado ya de las zurrapas obturadoras, corrían laderos a las cintas de las aceras hasta las alcantarillas. El aire se llenó de trinos caóticos y alocados revuelos sin rumbo, y los árboles del cercano convento de las Charitas asperjaban, a grandes bocanadas, un intenso y aséptico aroma. A Patricia, seria, niña, le gustaba curiosear, descubrir los nuevos colores de territorios antes prohibidos, dar vueltas a manzanas aún no exploradas por su vivacidad infantil. La procelilla ha facilitado la siesta. Una manada de chavales, hiriendo con sus graznidos la tarde, corre la calle de cabo a rabo sembrándola de consignas lúdicas. A Patricia inquieta le gusta entrar y salir de casa, y pedir, y buscar, y hacer de repente un silencio y huir a remotos pensamientos escabullidos por una madriguera improvisada. Patricia no juega cuando eso implica renunciar a los descubrimientos, a las sensaciones que, sabe, la esperan en cada recoveco de la aventura. Vuelve a sonar el timbre de la puerta. El abuelo se ha quedado dormido, con su cansancio ceñido, frente al televisor, frente a una corrida de toros que hoy es aburrida, nada excepcional. El ruido no le molesta ni le sobresalta; conoce los pasos de su nieta, se recrea en ellos jugando, quizá, en la ensoñación y sonriendo levemente como cuando la niña, sentada en sus rodillas le encaró por primera vez la palabra "belo" babeando, con su boca mínima encarnada y llena. Patricia, algo pecosa, no desiste, jamás renuncia. Entra de nuevo como un torbellino desatado, arrasando hasta el patio, pidiendo sin resuello una caja de cartón. La abuela, condescendiente, le pregunta para qué y Patricia, ilusionada y pletórica, abre sus manitas regordetas y sonriente, clavando sus ojazos azules en los ojos acariñados de la abuela, sólo dice "para mis caracoles".

26/10/2011

Servicios Públicos... De empleo.

El error conceptual es una característica muy calada en los españoles. Tanto que, a veces, no es preciso desarrollar o establecer un concepto para asumir el funcionamiento, por ejemplo, de una organización o de un sistema. Basta con que alguien derive una responsabilidad, endilgue a otro una parte de sus funciones, para que automáticamente quede exonerado de dicha función y pase a ser trabajo o responsabilidad de la otra persona de manera indefinida. En la administración española eso está a la orden del día: el peso del papeleo siempre recae en el administrado porque los administradores se lo traspasan caprichosamente y, una vez aceptado, ya no hay vuelta atrás.
Anoche en un debate (los debates, o tertulias, es lo que tienen) me dí cuenta hasta qué punto nadie es capaz de razonar más allá del ámbito en que quiere que prevalezcan sus opiniones.
Saltó al ring la especie polémica surgida entre P.P. y P.S.O.E. sobre las prestaciones por desempleo. Rajoy las va a eliminar o modificar, según Pérez; eso no es cierto; de todas formas... En fin, todo eso: unos acusando de lo que aún no ha pasado y otros defendiéndose de lo que aún no han hecho.
Sin embargo, como siempre, en un momento determinado a alguien se le enciende la bombilla de la "genialidad" y decide que con su idea -muy extendida, por cierto, entre la derecha española- queda puesta la pica en Flandes y el dedo en la llaga: el problema es que hay mucho caradura que además de recibir la prestación tiene otro trabajo que no declara y hay mucho sinvergüenza que ni se menea con el ahí me las den todas.
"Claro -el moderador entra al trapo sugiriendo otra genialidad de cosecha propia-, es que lo lógico sería dar la prestación sólo a aquellos que demuestren que están buscando activamente empleo". Y, entonces, se opera el milagro y todos asienten unánimemente.
No hace falta decir que no todo el mundo tiene la misma capacidad ni los mismos recursos para buscar empleo, ni siquiera la misma facilidad ni las mismas oportunidades y que en cada persona concurren circunstancias que le hacen distinto y diferente a otro también en ese aspecto.
Sin embargo, lo más llamativo es "a quien demuestre que está buscando activamente empleo". Ahí está el error conceptual. La administración, para su mayor gloria y comodidad, ha extendido la idea de que es el desempleado quien tiene la responsabilidad de buscar denodadamente trabajo y así lo digerimos sin descerrajar un solo pero.
No. El parado busca empleo porque lo necesita y, sobre todo, porque la administración es INEFICIENTE, nula, PASIVA. La administración ha derivado, deslizándolo muy sutilmente, la obligación de buscar trabajo en los desempleados y nadie ha puesto el grito en el cielo. Porque lo suyo es gritar hasta desgañitarse. Los servicios públicos de empleo, a los que se les PAGA para eso, están precisamente para buscar y gestionar el empleo, NO PARA PONER UN SELLO CADA MES EN UNA ESQUELITA. Los servicios públicos de empleo NO ESTÁN para vivir del cuento y ceder una parcela regada con el dinero de todos a las agencias privadas que son ya las únicas medio eficientes a la luz de los datos arrojados por el propio Ministerio. Cada servicio público de empleo ESTÁ PARA BUSCARLE TRABAJO AL DESEMPLEADO, no para que el desempleado haga el trabajo de los funcionarios de los servicios públicos de empleo: si no están para eso, para buscar y gestionar y administrar las ofertas, ¿para qué están? SI EL PARADO TIENE QUE BUSCARSE SU EMPLEO HACIENDO LO QUE SE SUPONE ES, PRECISAMENTE, LABOR DEL I.N.E.M. Y TODOS LOS DEMÁS, ¿QUÉ SENTIDO TIENEN LOS SERVICIOS PÚBLICOS? ¿POR QUÉ SE PAGA A TODA ESA GENTE? Porque para sellar tarjetitas no hacen falta unas máquinas administrativas tan monstruosas e inoperantes. Eso sí que es percibir todos los meses un goloso y suculento subsidio: por no trabajar en el paro.
No. Definitivamente, no. El servicio público de empleo está para buscar trabajo a los desempleados y no para que estos lo busquen. Si esa, la de buscar trabajo a los parados, no es su función, elimínese; empiécense por ahí los recortes.

25/10/2011

Somos tres

La albada invernal es lenta y tardía.
Los dos se levantan cuando la primera luz entra por las últimas rendijas francas de la persiana. Entonces se izan enérgicamente y vienen.
Se tumban junto a mi, uno a cada flanco. Susurran y ríen, sin estrépito.
-Vamos a despertarle.
Se acomodan, buscan la mejor posición para descargar sus besos y para recorrer mi espalda con sus dedos tiernos. Finjo seguir dormido mientras les observo con los párpados entornados. Dejo escapar un gruñido y vuelven a reír tapándose la boca para no sobresaltarme con el ruido. Luego, una oreja, la boca, otros besos. Me remuevo súbitamente y respingan. Ya no amortiguan la risa.
Hago con que me despierto sorprendido y dejo que se abalancen sobre mi en una guerra abierta de cosquillas y de besos.
Siento su cariño dentro, muy hondo, casi doliéndome...

24/10/2011

...Del cristal con que se mire.

Debería apreciar, y valorar en su justo precio, estos días insulsos que pasan sin pena ni gloria, que pasan por delante bajo el empuje de su propia inercia. Son días insensibles, sin emoción, y ahí radica su importancia: no anidarán en el recuerdo ni por lo bueno ni por lo malo.
No había caído hasta ahora; sin embargo, sí, debo estar agradecido por tener días como estos donde lo único reseñable ha sido la lluvia, una visita estimulada por el aburrimiento atroz, una lectura intensiva y una película vista por tercera o cuarta vez.
Frente a quienes necesitan rellenar su vida con una frenética actividad que les permita tener la ficticia sensación de estar vivos, reconociendo así su frustración, he preferido aceptar que lo importante no es saltar inútilmente tratando de coger una felicidad imposible, un espejismo, sino evitar el dolor y la amargura que conlleva la existencia.
Y disfrutar -aunque parezca excesivo- del breve instante de silencio que el mundo, tarado, me ha permitido.

13/08/2011

¿Positivismo?

No sé lo que pasa en el mundo. Desde hace unos días (desde que llegaron mis hijos) apenas me entero de lo que pasa en este lamentable planeta. Por desgracia, la consciencia de que hay cosas que no cambian, que no se eliminan, que no se superan, que no se reparan, está ahí.
Sin embargo, esas informaciones crispantes del entorno inmediato de repente han desaparecido. No se han esfumado por arte de birlibirloque sino porque el interés, mi interés, ha cedido a una prioridad más suculenta y gratificante.
Hay, es cierto, salpicaduras que permiten mantener un delicado vínculo con aquella realidad, mantener el equilibrio de correspondencia social cuya ausencia nos convertiría en anacoretas funcionales. Pero, sólo son eso, salpicaduras: una imagen fugaz con palabras ininteligibles del candidato Pérez; una estremecedora, aterradora aparición del candidato Rajoy; las medusas playeras; un violento día londinense... De no ser por esas minúsculas motas, estaría desprendido de ese mundo.
Lo más sorprendente es que no lo hecho de menos. No hago nada por mantenerme informado, actualizado; no hago nada por enterarme de las cosas importantes que pasan en mi entorno porque las cosas importantes, más importantes, ahora ocupan toda mi atención y me acaparan hasta el éxtasis y la extenuación.
Digamos que no soy feliz pero lo parezco...

12/08/2011

Hojas caducas

La idea de Dios, su existencia, nunca me ha atormentado. Al menos no lo suficiente como para desvelarme. No ha sido nunca una obsesión dramática; sí, sin embargo, una constante persecutoria relativamente testaruda.
He sido incapaz de concebir (y comprender) al Dios asediado por las religiones; a un Dios presentado desde razonamientos defectuosos y que cargaba contra el hombre incomprensiblemente. Así continúo.
La duda me hizo pensar y quizá, como a Larry -el espléndido protagonista de El filo de la navaja-, buscar entre todo este desbarajuste una luz, un atisbo de sentido en el caos ciego del que nos nutrimos. He indagado lo suficiente para saber que no hay que indagar, que el alcance de nuestras miserias no se resuelve con un falso convencimiento por mucho que ayude a soportar el tránsito obligado. Al final, todo se reduce a un sencillo "no sé" o a una íntima persuasión que en ese ámbito debe quedar porque su validez se ciñe a lo personal y a lo imperfecto.
De todo, la única conclusión que he conseguido extraer sin dolor, sin rencor, es que SOMOS DEMASIADO PEQUEÑOS COMO PARA QUE NO HAYA ALGO MUCHO MÁS GRANDE. Sea lo que sea. Somos motas de polvo, microbios dentro de otro microbio que vive dentro de otro microbio... Esta certeza me infunde un cierto valor (o me extirpa el miedo) para afrontar un destino inamovible, inexorable. Sigo sin saber de dónde vengo, qué hago aquí ni adónde voy. En ese entretanto de hojas caducas, cuidado: nadie tiene nada -en realidad- que perder... Y yo menos.