15/07/2009



Con la excusa de proponer un libro -que recomiendo encarecidamente- fuera de su "sección", rescato un artículo del filósofo Javier Sádaba. Con dicho artículo se podrá estar de acuerdo o en completo desacuerdo; pero, a nadie -y de eso estoy absolutamente seguro- le dejará el regusto de la indiferencia. Además, sin que necesariamente se compartan todos los aspectos de su criterio ni todos sus argumentos, me parece un escrito inteligente y bastante acertado.




VOTAR. NO VOTAR.

Javier Sádaba


Yo no invitaría a votar a nadie; mejor sería quedarse en casa el día de la votación y que el resto del tiempo nos dediquemos a cambiar cotidianamente el barrio o la ciudad. Ocasiones no faltan. De ahí lo deseable de un compromiso más propio de animales políticos y no una pseudogestión política vacía y sometida; y llena de mala esgrima. Es curioso, y son ejemplos cercanos, cómo se puede vivir de criticar, destrozar o minimizar al contrario; naturalmente a bajo costo y sin gran esfuerzo intelectual. Es el caso de los que agotan sus energías metiéndose, como si del único problema se tratara, con el PP. Al grito de que viene la derecha, todo vale. Habría que defender a la izquierda, nos dicen, por muchos que fueran sus defectos. Por cierto, me imagino que cuando hablan de izquierda lo harán de broma. Y más por cierto aún, los que se ponen la medalla izquierdista rara vez les encuentra uno allí en donde quema el ser de izquierdas de verdad y no de etiqueta. Serán monárquicos por ser republicanos, defenderán la autodeterminación del país más lejano, pero no se mojarán una uña por lo que pidan, es otro ejemplo, en Euskadi. Gritarán a favor de la escuela pública, pero mandarán a sus hijos a la privada. Estarán dispuestos a condenar, cosa que me parece muy bien, a Aznar por habernos engañado con el truco de las armas de destrucción masiva, pero no se fijarán en Solana o en tantos más de la misma banda. Y ni una palabra, claro está, sobre la barbarie de Afganistán. Los casos son tantos que da pereza seguir con ellos. Los argumentos, además, los convierten en chantaje. Y es que no se debería votar a X porque viene el lobo si antes no nos aseguramos de que X es otra especie de lobo o que, a la larga, el lobo que venga será más feroz. Y, encima, sus argumentos son falaces. Como nos enseñó un renombrado filósofo, aunque el razonamiento es de sentido común, yo no soy bueno porque el otro es malo. Se trata de una forma mezquina de ser bueno. Al final, en este juego en el que cada uno sirve a su tribu, lo que desaparece es el intento por embarcarse en la noria que deja todo igual, mientras los partidos se reparten el poder. La visión alternativa, crítica y autocrítica, que ponga patas arriba el engaño que proviene de un mundo dominado por el rostro del dinero, se desvanece. Un último pseudoargumento suele ser que siempre hay diferencias entre los grupos políticos o que la equidistancia es un error, si no un pecado. A lo primero, habría que responder, independientemente de que todos los partidos se encuadren en textos legales, llenos de agujeros y que no son la mano de Dios, que los que así opinan deben tener un microscopio excelente para detectar tantas diferencias cuando todos beben del mismo sistema. Las diferencias son mínimas y en modo alguno suficientes como para trazar una línea tajante entre los contendientes. Por otra parte, los errores de la llamada izquierda pueden ser más perniciosos puesto que ahogan las reivindicaciones realmente alternativas. Y la equidistancia que tendríamos que evitar es la que pueda darse entre la verdad y la falsedad, la justicia y la injusticia, la mentira y la sinceridad, o la inteligencia y la necedad.

Las votaciones, lo he sugerido, se han convertido en ritos que perpetúan el poder, dan un cheque en blanco, no favorecen la participación en la vida común y, al final, hacen que siga la noria dando vueltas sin que nada realmente cambie. Pero de ahí no se sigue que me puedan quitar mi derecho a votar. Viene esto a cuento por las detenciones que se han dado en Euskadi y los esfuerzos estatales para prohibir que una parte del pueblo vasco acuda a las urnas. A los primeros se dice que se les ha metido en la cárcel porque, según unas supuestas pruebas, obedecerían a Batasuna y, desde ahí, a ETA. Todo está traído por los pelos. Las sospechas respecto a la falta de independencia de la justicia son tan monumentales que se truecan en argumentos. Es lo que cualquiera diría en voz baja aunque sostenga lo contrario en voz alta. No quieren, en suma, que un determinado grupo de personas se presente a las elecciones y se arbitran las medidas más disparatadas para imponer la voluntad del Estado. Bonito ejemplo de democracia. Lo más dramático es que lo que uno oye o lee sobre el tema se reduce a contarnos las diferencias entre la vía penal y la contencioso-administrativa, los desvelos de Garzón o los de Pumpido, la aplicación de la Ley de Partidos y unas cuantas monsergas más. Raro es que se entre en las entrañas del asunto. Al final aparece la fuerza de Humpty-Dumpty: el que puede, puede. Y hace lo que le parece oportuno con las palabras y con las leyes. Curiosamente en estos casos los que suelen acusar a los que ellos llaman equidistantes hacen alardes de una equidistancia deplorable: llamándose demócratas, miran para otro lado cuando la radicalidad democrática exige protestar contra todo lo que la pisotee. Pero la noria sigue dando vueltas, las tribus sacan partido de los partidos y tan contentos. No veo utilidad alguna al voto. Pero que no me lo quiten ni a mí ni a nadie. Lo guardo o lo regalo. Es cosa mía. Y de unos cuantos más.

13/02/2009

...la cebada al rabo.

Todos los días, todos, asistimos a dramas conmovedores que nos hacen contener el aliento antes de retomar, apresuradamente, la comida. Todos y cada uno de nuestros días están jalonados por informaciones que, como arpones irreductibles, parecen hincarse en nuestras carnes devastadas; pero, la mella que hacen, la muesca en las cachas de sus revólveres, es pura ficción. Ninguna tragedia humana en esta divina comedia es suficientemente recia como para que, salvo unas lágrimas en el mejor de los casos, nos haga mantener la conmoción.
La desgracia de una familia -la del niño Rayan- copa todas las primeras planas, columnas y destacados de la prensa desde hace días. Y es terrible, sí; pero, no la única. Los factores y elementos que concurren en estos acontecimientos, infaustamente concatenados, la
convierten en una noticia atractiva para los medios que ven en ella una magnífica oportunidad de llenar espacios y de captar lectores ávidos de morbo y ansiosos por lamentarse y escupir exabruptos contra algo o contra alguien; más cuando del sistema sanitario español se trata.
"Errare humanum est". Este latinajo contiene en su esencia algo más que la verdad evidente "cualquiera se equivoca"; nos indica que desde siempre se han cometido errores y seguirán, indefectiblemente, cometiéndose.
No obstante, es posible que no sea el periodismo (lo
dejo sin apoyo calificativo) el culpable del vértigo social que, en este caso, está provocando un hecho tan luctuoso. Es posible que la hermandad política en su celo por salir indemne del asunto, de este y de todos los demás, y en su proverbial incompetencia (sólo prestan atención al nepotismo -sea en la Junta de Andalucía-, al recibo de sus peculiares diezmos y primicias hechas trajes, o coches, o lo que sea...) sea la responsable genuina del mal.
La portada más señalada de esta jornada de luto es que el hospital -¡qué casualidad!- iba a instalar hoy un dispositivo de alarma para evitar -¡qué casualidad!- fallos como el que ha llevado al pequeño Rayan a reunirse con su madre, víctima también de otra cadena de lamentables equivocaciones o quién sabe si de negligentes incompetencias.


La pregunta cardinal es: ¿por qué, precisamente hoy, iban a instalar el dispositivo de alerta? ¿Por qué no lo tenían "de antes"?
No es, desde luego, la única inquisición crucial. A bote pronto se me ocurren algunas más como, por ejemplo: ¿Por qué no tenían ese sistema "de antes"? ¿Qué procedimiento se sigue y quién verifica que cada proceso se cumpla con rigor? ¿Por qué la pobre desgraciada que inyectó la muerte en el niño no se aseguró de qué tenía entre manos y por dónde lo iba a suministrar? Si era su primer día, ¿por qué nadie la "tutorizaba"? ¿Por qué en otros centros hospitalarios tienen un dispositivo -que el diario El Mundo califica de rudimentario; pero, que al parecer, es eficaz- tan simple como el tener distintos calibres en las sondas para aplicarlos a distintas funciones y este centro no?
En este país, hay profesionales muy buenos, buenos, mediocres y muy malos, como en todas partes y en todos los campos. Los errores los puede cometer, ya lo dice el refrán, el mejor escribano y yo dudo mucho que en la voluntad de la enfermera, o lo que fuese, hubiera ni un ápice de mala intención; dudo mucho que el fatal descuido sea exclusivamente responsabilidad de la enfermera que administra "ad nutum" un medicamento o un nutriente y dudo mucho que los sanitarios que hurtaron de la muerte primera al pequeño sacándolo del vientre materno y mimándolo hasta la extenuación (estoy seguro) haya un mínimo residuo de negligencia.
Me inclino más a culpar a quienes han de dotar de medios y recursos, de vigilar que los trabajadores no tengan que sobreesforzarse por los colapsos que se producen; me inclino más a culpar a quienes gestionan los fondos públicos -mal por lo común- primando estupideces en vez de dar preferencia a instituciones tan necesarias como la sanidad. Y culpo, por supuesto y sin inclinación ni doblez, a quienes se apresuran a expedientar y pedir investigaciones y explicaciones con extraordinaria contundencia a quienes intentan cumplir con su obligación mientras que ellos mismos son incapaces de seguir un código ético elemental ni, desde luego, aprobar por decreto sanciones y expulsiones ejemplares para los que perteneciendo a esa privilegiada calaña se equivocan constantemente y malversan lo que es propiedad de todos los ciudadanos.

12/07/2009

Actividades infantiles.




LA NIÑA CHICA

Me resisto a cerrar la brecha que he abierto.


L
a niña chica era la gloria de Platero. En cuanto la veía venir hacia él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz, llamándolo mimosa: -¡Platero, Platerillo!-, el asnucho quería partir la cuerda, y saltaba igual que un niño y rebuznaba loco.

Ella, en una confianza ciega, pasaba una y otra vez bajo él, y le pegaba pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa, almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre: ¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo! ¡Platerete!



En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo, hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo llamaba triste: ¡Platerillo!... Desde la casa oscura y llena de suspiros se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo. ¡Oh, estío melancólico!

¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Septiembre, rosa y oro, declinaba. Desde el cementerio, ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el ocaso abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los hombres, me fui a la cuadra y me senté a llorar con Platero.



¡Olé!








11/07/2009

Always Look on the Bright Side of Life...

... Turu turutu ru ru ru.
La mayoría de la gente soporta la vida porque no la piensa. ¿Cuántas personas se plantean, siquiera alguna vez en sus mediocres existencias, qué sentido tiene lo que hacen? O para qué sirve...
Cada uno tendrá su propia opinión sobre la trascendencia de nuestros actos, de nuestras "almas", de nuestras relaciones... Cada uno tendrá su propio criterio -está asignación de inteligencia es notablemente generosa-; pero, en realidad, los únicos atributos comunes, detectables, son nuestras angustias, nuestras contradicciones.
Quizás de ahí la necesidad de la esperanza, de recurrir inconscientemente a las insustanciales promesas de otras vidas "mejores". Es ilustrativo eso de "a una vida MEJOR".
Nos limitamos a "ocupar el tiempo". Para no pensar, para embutirnos en la falsa, engañosa, creencia de que así nuestra presencia en la Tierra tiene sentido y hacérnosla creíble, justificarla ante nosotros mismos.
Avanzamos, sí. La humanidad progresa (relativamente: fanatismos envolventes, ideologías absorbentes, teorías manipuladas, ...). La ciencia adelanta que es una barbaridad; pero, seguimos sin comprender el cómo y el por qué. Si pudieramos responder a esas dos cuestiones, desaparaceríamos.

10/07/2009

LAS RATAS

El libro, en su triste encuadernación inglesa, tan pobre, tan insegura, se deshace entre los dedos como un resto de osario. Está desvencijado, por el uso, por el abuso; pero, en su creciente aniquilación mantiene impoluta su esencia, la dignidad textual que le hizo único.
He vuelto a abrirlo, delicadamente, conteniendo el aliento, como si recibiera una frágil e insustituible reliquia. He vuelto a abrirlo sólo para buscar su página ciento cuarenta y ocho y leer de nuevo uno de los pasajes más estremecedores y tiernos, más geniales de la literatura universal. Sólo -quizás la pasión me hará exagerar y plantear una reclamación excesiva- por esos tres párrafos hubiese merecido un galardón que nunca le llegará. No lo espera, quizás nunca lo ha esperado: hay personas que no esperan esas cosas como las hay que no esperan nada de la vida.
Otras sí esperan, sí están esperanzadas, impacientes, inquietas, como las de los párrafos que digo. Miguel, don Miguel, las puso en ese trance demoledor de la incertidumbre y el anhelo. Quizás estuvo allí, lo presenció en un completo y tenso mutismo para luego escribir:

"Todo aconteció de repente. Primero fue un soplo tenue, sutil, que acarició las espigas; después, el viento tomó voz y empezó a descender de los cerros ásperamente, desmelenado, combando las cañas, haciendo ondular como un mar las parcelas de cereales. A poco, fue un bramido racheado el que sacudió los campos con furia y las espigas empezaron a pendulear, aligerándose de escarcha, irguiéndose progresivamente a la dorada luz del amanecer. Los hombres, cara al viento, sonreían imperceptiblemente, como hipnotizados, sin atreverse a mover un solo músculo por temor a contrarrestar los elementos favorables. Fue Rosalino, el Encargado, quien primero recuperó la voz y volviéndose a ellos dijo:
- ¡El viento! ¿Es que no le oís? ¡Es el viento!
Y el viento tomó sus palabras y las arrastró hasta el pueblo, y entonces, como si fuera un eco, la campana de la parroquia empezó a repicar alegremente y, a sus tañidos, el grupo entero pareció despertar y prorrumpió en exclamaciones incoherentes y Mamés, el Mudo, babeaba e iba de un lado a otro sonriendo y decía: ''Je, je''. Y el Antoliano y el Virgilio izaron al Nini por encima de sus cabezas y voceaban:
- ¡Él lo dijo! ¡El Nini lo dijo!
Y el Pruden, con la Sabina sollozando a su cuello, se arrodilló en el sembrado y se frotó una y otra vez la cara con las espigas, que se desgranaban entre sus dedos, sin cesar de reír alocadamente."


Las ratas. Miguel Delibes. Capítulo 15 - final.

La belleza... interior


El ser humano, también llamado "persona humana", es un conglomerado de incoherencias y un foco sorprendente de contradicciones.
En la "persona humana" -que puede ser macho o macha, hembra o hembro y, en algunos casos "epicena"- uno de los rasgos inherentes a su esencia más profunda es la admirable laxitud mental de que, con frecuencia, alardea. Está científicamente comprobado que el cociente intelectual de la mayoría de la población está un poco por debajo del de los adoquines; esto se manifiesta sobre todo en verano cuando los cuerpos -o bodys- se ponen estupendos para atraer la atención de otros seres. Forma parte de un ancestral ritual de cortejo y seducción, más intencionado que instintivo, cuyo fin último es que el ser captado se fije en la belleza interior que destila el cuerpo cimbel.
Lo importante, sí, es la belleza interior. No las vísceras y todo eso, no. La belleza interior de verdad, la auténtica, la del alma y precisamente por eso, cuando llega la temporada del destape, el ser humano acude en tropel a los santuarios gimnásticos a bajar panza y tonificar la fofa musculatura que queda tras la hibernación y a los sacros centros cosméticos para eliminar (cuanto más mejor) vellos, depurar grasas, purificar pieles y retocar (ahora se dice tunear) todo lo que sea menester de jeta para abajo.
Y todo ese ímprobo sacrificio no es más que para que los cuerpos -o bodys- sean un fiel reflejo de la belleza interior. No es el esfuerzo para que las potenciales parejas, candidatos y candidatas a retozos eroticoestivales, se fijen en una forma y figura despampanantes; es para que caigan rendidos y prendados de la simpatía, de la bondad y todas esas zarandajas. Evidentemente.
Quien afirma que sentirse bien por fuera es estar bien por dentro...
-Digresión: !Leyre está hipnotizando a Assur! "Tienes mucho sueeeeeño"-
Si eso es así, significa que el bienestar somático va de afuera a adentro. Significa que los gordos son infelices, que los feos están siempre malhumorados, que los tarados no ligan... Bueno, eso, ya lo sé, es una exageración y, además, es mentira porque todos sabemos que en lo primero que nos fijamos las "personas humanas" es en las cualidades de las otras "personas humanas".
Y yo, como todos, llegado el estío, acudo al "gym" porque lo que quiero es que todas las mozas posibles se fijen en mi belleza interior aunque después me vuelva solo a la habitación del hotel a hacer solitarios.

09/07/2009

El traje nuevo del emperador


Uno de los pocos cuentos infantiles que recuerdo, medianamente bien, es éste: el de "El traje nuevo del emperador". Y lo recuerdo no por una cuestión de alarde memorístico, sino porque es difícil olvidar la imagen de un soberano desnudo recorriendo las calles, humillado ante su pueblo por su propia vanidad. Fue un niño quien puso el grito en el cielo -como lo podría haber hecho un borracho o, tal vez, un juez-, el que descubrió el pastel con su inocente sinceridad: "Pero, ¡si está desnudo!" Entonces, el pueblo que estuvo hasta ese momento en su adujado silencio adocenado prorrumpe a gritar lo evidente; o la parte de la evidencia que más le interesaba gritar, la parte que le permitía el desahogo y la mezquina venganza.
Me ayuda a recordarlo con esa cierta precisión el que la edición estuviera ilustrada con unos espléndidos dibujos. En el momento crítico se veía a un rey gordinflón, opulento y arrogante, amparado bajo una sombrilla que portaba uno de sus lacayos, avanzando ventripotente, barbilla alta, chulesca, entre dos flancos abarrotados de súbditos miserables. De uno de ellos sobresalía el niño, brazo en ristre, dedo índice dispuesto a dispararse.
La moraleja del cuentecillo, lógicamente, se centra en la banal soberbia del monarca y en él se ceba para procurar un paradigma eficiente.
Y está bien. Y así debe ser. O debería ser porque, en la actualidad, tal mentalidad sería discutida hasta la extenuación; más si tenemos en cuenta que vivimos en la sociedad de la imagen, en todos los niveles. Proclamar austeridad, humildad, sencillez es inútil porque cada quisque "tiene derecho a optar por lo que más le guste" sin que nadie le juzgue ni le critique por eso.
No obstante, admitamos que es una lección merecida la que recibe el emperador (ojalá todos los reyezuelos y demás coronillas recibieran lo suyo después de tanto expolio secular); admitamos que es justo que alguien como él vea cómo le llega su sanmartín y cómo el ofendido pueblo se saca su espina: se ha hecho justicia.
El cuento, me parece, termina ahí o por ahí. Pero, yo estoy convencido de que sigue y que el autor, por no imagino qué razón, omite el verdadero final, el desenlace definitivo.
Doy por sentado que el rey volvió (avergonzado, sí; pero volvió) a su palacio. No es una conjetura descabellada ni una hipótesis obtusa: el rey, por lógica elemental, hubo de volver.
Doy también por sentado que en su cabeza llevaría una idea pertinaz. Capturar a los estafadores (porque delincuentes eran) y hacer caer sobre ellos el imperio de la ley, de su ley, se habría convertido desde el dedo apuñalador del infante en el objetivo primordial e inmediato de su existencia contrariada.
La comidilla popular, la filatería de comadres y alcahuetas, los rumores de vecindad, tenderían a extender la especie del merecido castigo recibido por su vanidad y, a la par, a exonerar a los pillos que fraguaron el engaño, desvaneciendo en sus fueros una parte fundamental del análisis y la justa visión de los acontecimientos: el rey, independientemente de la legitimidad de su poder, estaba en su derecho de mandarse hacer el traje que le saliera de los compañoñes; mientras que los zánganos canallas son -por muy amigos del Dioni que fueran- delicuentes indiscutibles. Por ello son quienes merecen un castigo ejemplar: por el engaño, por el fraude.
El autor, por lo que sea, omite esta parte. Quizás alentado sólo por la noble intención robinjudesca de hacer justicia y devolver al pueblo sometido parte, siquiera en dignidad, de lo que le han robado los poderosos desde hace centurias, casi milenios sin el casi.
Desde esta perspectiva las cosas cobran un matiz diferente y dan un giro que, probablemente, muy pocos se han planteado. En fin, que el rey es un cenutrio de tomo y lomo está claro; pero que quienes se han aprovechado con mentiras y trampas son los sastres, también. Y quienes deberían ser perseguidos por el Consejo de Jueces del Reino -o lo que judicialmente rija allí-, del reino de ese monarca (bueno, es emperador: que no es lo mismo), son los jetas que le sacan los cuartos por nada.
Cada súbdito seguirá aportando, con mayor o menor tino, su opinión en el asunto del traje que conmovió un imperio; pero, argumento arriba, argumento abajo, lo que es, es... Por definición.


Declaración de un hombre indefenso

Con frecuencia me pregunto qué habrá tras la propuesta de un político, qué aviesa o nepótica intención le empujará. Cuando se anuncia un reforma, de algo -lo que sea-, busco qué interés persigue, a quiénes beneficia.
Por ejemplo, de repente a alguien se le ocurre que hay que señalizar todas las carreteras con un voluminoso y bien visible cartelón que anuncie "Gracias por su conducción responsable". A nadie se le escapa la estupidez; pero, como ha sido aprobado por el Consejo de Ministros y convenientemente publicado pues, nos la envainamos sin darle más a la mollera. En cada materia gris cabal quedará el poso de la innecesaria gratitud y del gasto, oneroso, que supone no para quienes administran el dinero de todos y no el suyo propio que quedará, como siempre, salvaguardado.
Entonces viene la pregunta: ¿no será el tío que fabrica los cartelitos primo -o similar- de alguno de estos mequetrefes?
Y, hombre, porque no nos vamos a poner a buscar una relación parental o amistosa a estas alturas... Pero, huele que apesta.
En fin, todo esto para llegar a una clara conclusión: cada norma, cada ley elaborada por nuestros políticos tiene un trasfondo concreto y bien perfilado desde el que se beneficia a alguien próximo de alguna manera y esto es así porque la realidad de nuestros gobernantes difiere mucho de la que sufrimos a diario el resto de los súbditos mortales de este puto reino.
Y esa sólo es la punta del iceberg...

La edad y la nostalgia

De repente uno siente la necesidad de recordar los nombres que compartieron su infancia y su adolescencia. Nombres que creyó "amigos" y que el tiempo y la distancia -el olvido- han revelado como meros acontecimientos comunes. Surgen rostros antiguos y la imaginación trata de aventurar cómo serán ahora. ¿De aquellos afectos exaltados que queda? Ahora uno piensa que nunca fueron, que existieron porque la percepción del momento obligaba a sentirse arropado por una pequeña farsa sin más sentido que el de sentirse parte de un algo incomprensible. Entonces, uno, se percata del paso inexorable del tiempo y de que la vida es un enorme e intenso vacío que tratamos de llenar de la mejor manera posible para sentirnos vivos. Se hace balance procurando, para evitar la frustración, que sea positivo aunque en el fuero interno, palpitando brutalmente, cabalga la terrible intuición de que nada ha sido como queríamos, de que hemos pasado por aquí sin pena y sin gloria.
Ese debe ser uno de los síntomas, quizás el primero y más devastador, de que nos hacemos mayores, viejos, y de que lamentarse ya no tiene sentido porque la edad nos ha vencido irremediablemente.
Luego viene el buscar fotos, el evocar anécdotas. Se miran con intensa curiosidad mientras se desea que todo sea irreal, un sueño; se rememoran con el anhelo de que no hayan pasado para que vuelvan, mañana, a pasar y recuperar así un tiempo desvanecido.
Lo he hecho esta mañana y he comprendido que todo es absurdo y que el hombre, en la medida de sus posibilidades, se limita a intentar no pensar en ello, en la nada, en el vacío que merodea y al que estamos destinados: acabo de hacerme viejo.